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Chapter 42 of 49

CAPÍTULO XLIV No se deben buscar las cosas exteriores

JESUCRISTO: 1 Hijo, en muchas cosas te conviene ser ignorante y estimarte como muerto sobre la Tierra, y á quien todo el mundo esté crucificado.

Á muchas cosas te conviene también hacerte sor- do, y pensar más lo que conviene para tu paz.

ás útil es apartar los ojos de lo que no te agra- da y dejar á cada uno en su parecer, que ocuparte en porfías.

Si estás bien con Dios y miras su juicio, fácilmen- te te darás por vencido.

EL ALMA: 2.¡Oh Señor;áqué hemos llegado! Llora mos los daños temporales, por una pequeña ganan- cia trabajamos y corremos, y el daño espiritual se pasa en olvido y apenas tarde vuelve á la memoria.

Por lo que poco ó nada vale se mira mucho, y por lo que es muy necesario se pasa con descuido, por- que todo hombre se va á lo exterior, y si presto no vuelve en sí, con gusto se está envuelto en ello

CAPÍTULO XLV Que no se debe creer á todos, y cómo fácilmente se resbala en las palabras

EL ALMA: 1 Señor, ayúdame en la tribulación, por- que es vana la seguridad del hombre.

¿Cuántas veces no hallé fidelidad donde pensé que la habia?

¿Cuántas veces también la hallé donde menos lo esperabas

'or eso es vana la esperanza en los hombres; mas la salud de los justos está en Ti, mi Dios.

Bendito seas, Señor, Dios mío, en todas las cosas que nos sucedan.

Flacos somos y mudables: presto somos engaña- dos, y nos mudamos.

2. '¿Qué hombre hay que pueda guardarse con tanta cautela y discreción en todo que alguna vez no caiga en algún engaño ó perplejidad?

Mas el que te busca á Ti, Señor, y te busca con sencillo corazón, no resbala tan fácilmente.

Y si cayere en alguna tribulación, de cualquier manera que estuviere en ella enlazado, presto será librado por Ti Ó consolado; porque no desamparas para siempre al que en Ti espera,

Raro es el fiel amigo que persevera en todos los trabajos de su amigo. A g

Tú, Señor, sólo Tú eres fidelísimo en todo, y fue- ra de Ti no hay otro semejante,

. ¡Oh; cuán bien lo entendía aquella alma santa que dijo: ¡Mi alma está asegurada y fundada en Je- sucristo! ñ

Si yo estuviera así, no me acongojaría tan presto el temor humano, ni me moverían las palabras inju- riosas.

¿Quién puede preverlo todo? ¿Quién es capaz de precaver los males venideros?

Si lo que hemos previsto con tiempo nos daña mu- chas veces, ¿qué hará lo prevenido sino perjudicar- nos gravemente? a

¿Pues por qué, miserable de mí, no me previne mejor? ¿Por qué creí de ligero á otros?

'ero somos hombres, y hombres flacos y frágiles, aunque por muchos seamos estimados y llamados

'es.: A án o ¿á quién creeré, á quién sino á Eres la Verdad, que no puede engañar ni ser engañada.

El hombre, al contrario, es falaz, flaco y resbala-

dizo, especialmente en palabras; de modo que con

muy gran dificultad se debe creer lo que parece rec- to á la primera vista.

4. ¡Cuán prudentemente nos avisaste que nos Eunrcisemos de los hombres, que los enemigos del

'ombre son los de su casa, y que no diésemos cré- dito al que nos dijese: Á Cristo miralo aquí ó mtra- lo allá!

He escarmentado en mí mismo: ¡ojalá sea para mi mayor cautela, y no para continuar con mi impru- dencia!

¡Cuidado, me dice uno: cuidado; reserva lo que te digo! Y mientras yo lo callo y creo que está oculto, él no pudo callar el secreto que me confió, sino que me descubrió á mí y á sí mismo, y se marchó.

Defiéndeme, Señor, de aquestas ficciones y de hombres tan indiscretos, para que nunca caiga en sus manos ni yo incurra en semejantes cosas.

Pon en mi boca las palabras verdaderas y fieles, y desvía lejos de mí las lenguas astutas,

De lo que no puedo sufrir debo guardarme mucho.

5, ¡Oh; cuán bueno y de cuanta paz es callar de otros, y no creerlo todo facilmente, ni hablarlo des- pués con ligereza, descubrirse á pocos, buscarte siempre á Ti, que miras al corazón, y no moverse por cualquier viento de palabras, sino desear que todas las cosas interiores y exteriores se acaben y perfeccionen según el beneplácito de tu voluntad!

¡Cuán seguro es para conservar la gracia celestial huir la vana apariencia y no codiciar las cosas visi- bles que causen admiración, sino seguir con toda di- ligencia las cosas que dan fervor y enmienda de vida!

¡Á cuántos ha dañado la virtud descubierta y ala- bada antes de tiempo!

¡Cuán provechosa fué siempre la gracia guardada en silencio en esta vida frágil, que toda es malicia y

De la confianza que debemos tener en Dios cuando nos dicen injurias.

To: 1. Hijo, está firme y espera en MÍ. ¿Qué son las palabras, sino palabras? Vuelan por el aire; mas no mellan una piedra.

o no hallas en ti culpa, llévalo con gusto por ios.

Muy poco es el que sufras alguna vez siquiera ma- a, palabras, ya que aún no puedes tolerar grandes golpes.

¿Y por qué tan pequeñas cosas te llegan al cora- zón, sino porque aún eres carnal y miras mucho más á los hombres de lo que conviene?

Porque temes ser despreciado, por eso no quie- res ser reprendido de tus faltas, y buscas la sombra de las excusas.

2. Considérate mejor, y conocerás que aún vive en ti el amor del mundo y el deseo vano de agradar á los hombres.

Porque en huir de ser abatido y confundido por tus defectos se muestra hoy claramente que no eres humilde verdadero, ni estás del todo muerto en el mundo, ni el mundo está á ti crucificado.

Mas oye mis palabras, y no cuidarás de cuantas te dijeren los hombres.

ime: si se diere contra ti todo cuanto maliciosa- mente pudiera fingirse, ¿qué te dañaria si_lo deja- ras pasar y lo despreciases enteramente? Por ven- tura, epoaria arrancarte un Cabello?

3 as el que no está dentro de su corazón ni me tiene á Mi delante de sus ojos, presto se muere por una palabra de menosprecio; pero el que confía en Mi y no desea su propio parecer, vivirá sin temer álos hombres.

Porque Yo soy el Juez, y conozco todos los secre- tos; Yo sé cómo pasan las cosas; Yo conozco muy bien al que hace la injuria, y también al que la sufre.

De Mi sale esta palabra: permitiéndolo Yo acaece esto, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones.

Yo juzgo al culpable y al inocente; pero quise pro- bar primero al uno y al otro con juicio secreto.

4, El testimonio de los hombres muchas veces en- gaña: mi juicio es verdadero, firme, y no se revoca,

Muchas veces está escondido, y pocos lo pene- tran en todo; pero nunca yerra ni puede errar, aun- que á los ojos de los necios no parezca recto.

Á Mi, pues, habéis de recurrir en cualquier juicio, y no confiar en el propio saber,

Porque el justo no se turbará por cosas que Dios envíe sobre él; y si algún juicio fuere dicho contra él injustamente, no se inquietará por ello.

Ni se ensalzará vanamente si otros le defendieren con razón.

Porque sabe que Yo soy quien escudriña los co- razones y los pensamientos, y que no juzgo según el exterior y lá apariencia humana.

Antes muchas veces se halla á mis ojos culpable el que al juicio humano parece digno de alabanza.

L ALMA: 5. Señor Dios, justo juez, fuerte y pa- ciente, que conoces la flaqueza y maldad de los hom- bres; sé Tú mi fortaleza y toda mi confianza, pues no me basta mi conciencia,

Tú sabes lo que yo no sé: por eso debo humillar- me en cualquier represión y llevarla con manse- dumbre.

Perdóname también, Señor piadoso, todas las ve- ces que no lo hice así, y dame gracia de mayor su- frimiento para otra vez. Y

arque mejor me está tu misericordia copiosa para alcanzar perdón, que mi presumida justifica- ción para defender lo oculto de mi conciencia.

Y aunque ella de nada me acuse, no poreso puedo tenerme por justo, porque, quitada tu misericordia, no será justificado en tu acatamiento ningún vi-

Todas las cosas pasadas deben padecerse por la vida eterna.

JESUCRISTO: 1. Hijo, no te quebranten los traba- jos que has tomado por Mi, ni te abatan del todo las tribulaciones; mas mi promesa te esfuerce y consuele en todo lo que viniere.

Yo basto para galardonarte sobre toda manera y medida.

No trabajarás aquí mucho tiempo, ni serás agra- vado siempre de dolores.

Espera un poquito, y verás cuá LaS poq y cuán presto se pasan

Vendrá una hora en que cesará todo trabajo é in- quietud.

Poco y breve es todo lo que pasa con el tiempo.

2. Atiende á tu negocio, trabaja fielmente en mi viña, que yo seré tu galardón.

Escribe, lee, canta, suspira, calla, ora, sufre varo- nilmente lo adverso: la vida eterna digna es de ésta y de otras mayores peleas.

Vendrá la paz un día que el Señor sabe, el cual no se compondrá de día y noche como en esta vida temporal, sino de luz perpetua, claridad infinita, paz firme y descanso seguro,

No dirás entonces: ¿Quién me librará de este cuer- po mortal? Ni clamarás: ¡Ay de ml, que se ha dilatado mi destierro! Porque la muerte estará destruida, y la salud vendrá sin defecto; ninguna congoja habrá

a, sino bienaventurada alegría, compañia dulce y e rmosa,

3. ¡Oh! ¡Si vieses las coronas eternas de los San- tos en el Cielo, y de cuánta gloria gozan ahora los que eran en este mundo despreciados y tenidos por indignos de vivir!

Por cierto, luego te humillarías hasta la tierra, y desearías más estar sujeto á todos que mandar á uno solo,

Y no codiciarías los días placenteros de esta vida, sino antes te alegrarías de ser atribulado por Dios, y tendrías por grandisima ganancia ser tenido por nada entre los hombres.

4. ¡Oh! Si gustases aquestas cosas y las rumiases profundamente en tu corazón, ¿cómo te atreverías

¿No te parece que son de sufrir todas las cosas trabajosas por la vida eterna?

No es cosa de poco momento ganar ó perder el reino de Dios.

Levanta, pues, tu rostro al Cielo; mírame á Mí, y conmigo á todos mis Santos, los cuales tuvieron graves combates en este siglo: ahora se regocijan y están consolados y seguros; ahora descansan en paz, permanecerán conmigo sin fin en el reino de mi

Del dia de la eternidad y de las angustias de esta vida.

EL ALMA: l. ¡Oh bienaventurada mansión de la ciudad soberana! ¡Oh día clarísimo de la eternidad, que no le obscurece la noche, sino que siempre le alumbra la pura verdad; día siempre alegre, siem- pre seguro y siempre sin mudanza!

¡Oh; si ya amaneciese este día y desapareciesen todas estas cosas temporales!

Alumbra, por cierto, á los Santos con una perpetua claridad; mas no así álos que están en esta peregri- nación, sino de lejos y como en figura.

2. Los ciudadanos del Cielo saben cuán alegre sea aquel día; los desterrados hijos de Eva gimen de ver que éste sea tan amargo y lleno de tedio.

Los días de este mundo son pocos y malos, llenos de dolores y angustias, donde el hombre se ve man- chado con muchos pecados, enredado en muchas pasiones, angustiado de muchos temores, ocupado con muchos cuidados, distraído con muchas curio- sidades, complicado en muchas vanidades, envuelto en muchos errores, quebrantado en muchos traba- jos: las tentaciones le acosan, los placeres le afemi- nan, la pobreza le atormenta.

3. ¡Oh; cuándo se acabarán todos estos males! ¡Cuándo me veré libre de la servidumbre de los vicios!

¡Cuándo me acordaré, Señor, de Ti solo! ¡Cuándo me alegraré cumplidamente en Ti!

¡Cuándo estaré sin ningún impedimento, en ver- dadera libertad y sin ninguna molestia de alma y cuerpo!

¡Cuándo tendré firme paz; paz imperturbable y se- gura, paz por dentro y por fuera; paz del todo per- manente!

¡Oh buen Jesús! ¡Cuándo estaré para verte! ¡Cuán- do contemplaré la gloria de tu reino! ¡Cuándo me serás todo en todas las cosas!

¡Cuándo estaré contigo en tu reino, el cual prepa- raste desde la eternidad para tus escogidos!

Me han dejado acá pobre y desterrado en tierra de enemigos, donde hay continuas peleas y grandes calamidades.

4. Consuela mi destierro, mitiga mi dolor, porque á Ti suspira todo mi deseo. Todo el placer del mun- do es para mi pesada carga.

Deréo gozarte íntimamente; mas no puedo conse- guirlo.

Deseo estar unido con las cosas celestiales; pero paca las temporales y las pasiones no mortifi- cadas.

Con el espíritu quiero elevarme sobre todas las co- a pero la carne me violenta á estar debajo de ellas.

Así yo, hombre infeliz, peleo conmigo q soy enfadoso á mí mismo viendo que el espíritu busca lo de arriba, y la carne lo de abajo.

5. ¡Oh señor; cuánto padezco cuando revuelvo en mi pensamiento las cosas celestiales y luego se me ofrece un tropel de cosas del mundo! ¡Dios mío, no te alejes de mí ni te desvíes con ira de tu siervo!

Resplandezca un rayo de tu claridad, y destruya estas tinieblas; envía tus saetas, y contúrbense to- das las asechanzas del enemigo.

Recoge todos mis sentidos en Ti, hazme olvidar todas las cosas mundanas, osorptme desechar y apartar de mí aun las sombras de los vicios.

Socórreme, Verdad eterna, para que no me mueva vanidad alguna.

Ven, suavidad celestial, y huya de tu presencia toda torpeza. PA

6. Perdóname también y mirame con misericor= dia todas cuantas veces pienso en la oración alguna cosa fuera de Ti.

Pues confieso ingenuamente que acostumbro es- tar muy distraído.

De modo que muchas veces no estoy allí donde se halla mi cuerpo en pie ó sentado, sino más bien allá donde me lleva mi pensamiento.

Allí estoy donde está mi pensamiento; allí está mi pensamiento á menudo donde está lo que amo..

Al punto me ocurre lo que naturalmente deleita Ó agrada por la costumbre.

7. Porlo cual, Tú, Verdad eterna, dijiste: Donde está tu tesoro, all! está tu corazón.

Si amo al Cielo, con gusto pienso en las cosas ce- lestiales.

Si amo el mundo, alegróme con sus prosperida- des, y me entristezco con sus adversidades. si amo la carne, muchas veces pienso en las cosas carnales.

Si amo el espíritu, recréome en pensar cosas es- pirituales.

Porque de todas las cosas que amo, hablo y oigo con gusto, y llevo conmigo á mi casa las ideas de ellas.

Pero bienaventurado aquel que por tu amor da re- pudio á todo lo creado, que hace fuerza á su natural y crucifica los apetitos carnales con el fervor del es- piritu, para que, serenada su conciencia, te ofrezca oración pura y sea digno de estar entre los coros angélicos, desechadas dentro y fuera de si todas las

Del deseo de la vida eterna, y cuántos bienes están prometidos d los que pelean.

JESUCRISTO: 1. Hijo, cuando sientes en ti algún de- seo de la eterna bienaventuranza y anhelas salir de la cárcel del cuerpo para poder contemplar mi clari- dad sin sombra de mudanzas, dilata tu corazón y recibe con todo amor esta santa inspiración.

Da muchas gracias á la soberana bondad que así se digna favorecerte, visitarte con clemencia, mo- verte con eficacia, sostenerte con vigor para que no te deslices por tu propio peso á las cosas terrenas.

Porque esto no lo recibes por tu diligencia Ó fuer- zas, sino sólo por el querer de la gracía soberana y del agrado divino, para que aproveches en virtudes Y en aos humildad y te prepares para los comba-

es que han de venirte, y trabajes por llegarte á Mi de todo corazón y servirme con ardiente voluntad.

2. Hijo, muchas veces arde el fuego; pero no sube la llama sín humo,

Así, los deseos de algunos se encienden á las cosas celestiales; mas aún no están libres del amor carnal.

Y por eso no obran sólo por la honra de Dios pura-

mente, aun en lo que con tan gran deseo me piden.

Tal suele ser algunas veces tu deseo, el cual mos- traste con tanta importunidad.

Pues no es puro ni perfecto lo que va inficiona- do de propio interés.

3. Pide, no lo que es para ti deleitable y prove- choso, sino lo que es para Mi aceptable y honroso, porque, si rectamente juzgas, debes seguir y ante- poner mi voluntad á tu deseo y á cualquiera cosa deseada.

Conozco tu deseo, y he oído tus continuos gemidos.

Ya quisieras estar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios: a te deleita la casa eterna, y la patria celestial te llena de gozo; pero aún no es ve- nida esa hora, aún resta otro tiempo: tiempo de guerra, tiempo de trabajo y de prueba.

Deseas gozar del sumo bien; mas no puedes al- canzarlo ahora.

Yo soy; espérame, dice el Señor, hasta que venga el reino de Dios,

. Has de ser probado en la Tierra y ejercitado en muchas cosas.

Algunas veces serás consolado; pero no teserá da- da satisfacción cumplida.

Esfuérzate, pues, y aliéntate así á hacer como á padecer cosas repugnantes á la naturaleza.

Conviene que te vistas de un hombre nuevo y que te vuelvas un varón constante.

Es preciso hacer muchas veces lo que no quieres, y dejar lo que quieres.

Lo que agrada á otros progresará: lo que á ti te contenta no se hará.

Lo que dicen otros será oido: lo que dices tú se- rá reputado por nada.

Pedirán otros, y recibirán: tú pedirás, y no alcan- zarás.

5. Otros serán grandes en boca de los hombres: de ti no se hará cuenta. A

otros se encargará este ó aquel negocio: tú se- rás tenido por inútil.

Por éste se contristará alguna vez la naturaleza, y no harás poco si lo sufrieres callando.

En éstas y otras cosas semejantes es probado el

siervo fiel del Señor para ver cómo sabe negarse y mortificarse en todo.

Apenas se hallará cosa en que más necesites mo- rir d ti mismo que en ver y sufrir cosas repugnan- tes á tu voluntad, principalmente cuando parece conforme, y menos útil lo que te mandan hacer.

Y porque tú, siendo inferior, no osas resistir ála voluntad de tu superior, por eso te parece cosa du- ra andar pendiente de la votuntad de otro y dejar tu propio parecer.

as considera, hijo, el fin cercano de estos traba- jos, el fruto de ellos y su grandísimo premio, y no te serán pesados, sino un gran consuelo de tu paciencia.

Pues por esta poca voluntad que ahora dejas de grado, poseerás para siempre tu voluntad en el Cielo.

Allí, pues, hallarás todo lo que quisieres y cuanto pudieres desear.

AlÍ tendrás en tu poder todo el bien, sin miedo de perderlo.

Alí tu voluntad, unida con la mía para siempre, no apetecerá cosa alguna contraria ó propicia.

Alí ninguno te resistirá, ninguno se quejará de ti, nadie te embarazará, nada se te opondrá, sino que todas las cosas que deseares las disfrutarás juntas, y llenarán y co! ¡marán tus deseos.

Allí te daré honor por la afrenta padecida, vesti- dura de gloria por la aflicción, y por el ínfimo lugar, la silla del reino eterno.,

Allí se verá el fruto de la obediencia, aparecerá muy alegre el trabajo de la penitencia, y la humilde sumisión será gloriosamente coronada.

7. Inclínate, pues, humildemente bajo la mano de todos, y no cuides de mirar quién lo dijo ó quién lo mandó.

_Sino procura con gan cuidado que, ya sea supe- rior, inferior ó igual el que algo te exigiere ó in- sinuare, todo lo tengas por bueno y cuides de cum- plirlo con sincera voluntad.

Busque cada uno lo que quislere, gloriese éste en esto y aquél en lo otro, y sea alabado mil millares de veces; mas tú no te alegres ni en esto ni en aque-

llo, sino en el desprecio de ti voluntad y honra. Pp: i mismo y en sola mi

Una cosa debes desear, y es que, en vida ó en muerte, sea Dios siempre glorificado en ti.

Cómo se debe ofrecer en las manos de Dios el hombre desconsolado.

EL ALMA: 1. Señor, Dios, Padre santo; ahora y para siempre seas bendito, que como Tú quieres así se ha hecho, y lo que haces es bueno.

Alégrese tu siervo en Ti, no en sí nien otro algu- no, porque sólo Tú eres alegría verdadera; Tú, es- peranza mía y corona mía; Tú, Señor, eres mi gozo y mi premio.

¿Qué tiene tu siervo sino lo que recibió de Ti, aun sin merecerlo? Tuyo es todo lo que me has dado y has hecho conmigo.

Pobre soy y lleno de trabajos desde mi juventud: mi alma se estristece algunas veces hasta llorar,

otras veces se turba contigo por las pasiones que

2. Deseo el gozo de la paz; la paz de tus hijos

ido, queson recreados por Ti en la luz de la conso- lación. Si me das paz, si derramas en mí un santo gozo, estará el alma de tu siervo llena de alegría y levota para alabarte.

Pero si te apartares, como muchas veces lo haces, no podrá A ai camino de tus mandamientos, sino que hincará las rodillas para herir su pecho; porque no le va como en los días anteriores, cuando resplandecía tu luz sobre su cabeza, y era defendida de las tentaciones impetuosas debajo de la sombra de tus alas.

3. Padre justo y siempre laudable, llegó la hora en que tu siervo debe ser probado.

Padre amable, justo es que tu siervo padezca algo por Ti en esta hora.

Padre para siempre adorable, ya ha llegado la hora que habías previsto desde la eternidad, en la Cual tu siervo esté abatido en lo exterior un corto tiempo, mas para que viva siempre interiormente contigo. y

Despreciado sea y humillado un poco, y decaiga

delante de los hombres; sea consumido de pasiones y enfermedades, para que vuelva nuevamente á ver- se contigo en la aurora de una nueva luz y sea ¡lus- trado en las cosas celestiales.

¡Padre Santo! Así lo ordenaste Tú, así lo quisiste, y lo que mandaste se ha hecho.

4. Ésta es, pues, la gracia que haces á tu amigo; que padezca y sea atribulado por tu amor en este mundo por cualquiera y cuantas veces lo permi- tieres.

Sin tu consejo y providencia y sin causa, nada se hace en la Tierra.

Bueno es para mí,Señor, que me hayas humillado, para que aprenda tus justificaciones y destierre de mi corazón toda soberbia y presunción.

Provechoso es para mí que la confusión haya cu- bierto mi rostro, para que así te busque á Tí para consolarnmie, y no á los hombres.

También aprendí en esto á temblar de tu inescru- table juicio, que afliges así al justo como al implo, aunque no sin equidad y justicia.

5. Gracias te doy porque no meescaseaste los ma- les, sino que me afligiste con amargos azotes, envián- dome dolores y angustias interiores y exteriores.

No hay quien me consuele debajo del Cielo sino Tú, Señor Dios mío, médico celestial de las almas,

ue hieres y sanas, pones en grandes tormentos y líbras de ellos.

Sea tu corrección sobre mi, y tu mismo castigo me enseñará.

6. Padre amado, vesme aquí en tus manos; yo me inclino bajo la vara de tu corrección.

Hiere mis espaldas y mi cerviz para que enderece mis torcidas inclinaciones á tu voluntad.

Hazme piadoso y humilde discípulo, como sueles hacrcios para que ande siempre pendiente de tu vo- untad.

Me entrego enteramente á Ti con todas mis cosas para que las corrijas. Más vale ser corregido aquí que en la otra vida.

Tú sabes todas y cada una de las cosas, y no se te esconde nada en la humana conciencia.

Antes que suceda sabes lo venidero, y no hay ne-

cesidad que alguno te enseñe ó avise de las cosas que se hacen en la Tierra.

Tú sabes lo que conviene para mí adelantamien- to, y cuánto me aprovecha la tribulación para lim- piar el orín de los vicios.

Haz conmigo tu voluntad y gusto, y no deseches mi vida pecaminosa, á ninguno mejor ni más clara- mente conocida que á Ti solo.

7. Concédeme, Señor, saber lo que se debe saber, amar lo que se debe amar, alabar lo que á Ties agradable, estimar lo que te parece precioso, abo- rrecer lo que á tus ojos es feo.

No permitas que juzgue según la vista de los ojos exteriores, ni que sentencie según el oído de los hombres ignorantes, sino dame gracia para que pue- da discernir con verdadero juicio entre lo visible y lo espiritual, y sobre todo, buscar siempre la volun= tad de tu divino beneplácito.

8. Muchas veces se engañan los hombres en sus opiniones y juicios, y los mundanos se engañan también en amar solamente lo visible.

¿Qué tiene de mejor el hombre porque otro le alabe?

El falaz engaña al falaz, el vano, al vano, el ciego, al ciego, el enfermo, al enfermo cuando le ensalza, y, verdaderamente, más le confunde cuando vana- mente le alaba,

Porque cuanto es cada uno en tus ojos, tanto es y no más, dice el humilde San Francisco.

Que debemos emplearnos en ejercicios humildes cuando no podemos en los sublimes.

JESUCRISTO. 1. Hijo, no puedes permanecer siem- pre en el deseo fervoroso de las virtudes ni perse- verar en el más alto grado de la contemplación, sino

ue es necesario por el vicio original que descien- das alguna vez á cosas bajas, y también á llevar la carga de esta vida corruptible, aunque te pese y fastidie. Mientras lleves el cuerpo mortal, sentirás tedio é inquietud de corazón. E

Es preciso, pues, mientras vives en carne gemir

muchas veces por el peso de la carne, porque no puedes ocuparte perfectamente en los ejercicios es- pirituales y en la divina contemplación.

2. Entonces conviene que te emplees en ejerci- cios humildes y exteriores, consolándote con hacer buenas obras. Espera mi venida y la visita del Cie- Jo con firme confianza; sufre con paciencia tu des- tierro y la sequedad del espíritu, hasta que otra vez yo te visite y seas libre de toda congoja.

Porque te haré olvidar las penas, y que goces de gran serenidad interior.

Yo extenderé delante de ti los prados de las Es- crituras para que, dilatado tu corazón, corras la ca- rrera de mis mandamientos.

Entonces dirás: No son comparables las penas de este tiempo con la Gloria que se nos descubrirá.

Que el hombre no se repute por digno de consuelo, sino de castigo.

EL ALMA: 1. Señor, no soy digno de tu consola- ción ni de ninguna visita espiritual, y por eso justa- mente lo haces conmigo cuando me dejas pobre y desconsolado.

Porque aunque yo pudiese derramar un mar de lá- grimas, aún no merecería tu consuelo.

Por eso yo soy digno de ser afligido y castigado; porque te ofendí gravemente y muchas veces, y pe- qué mucho y de muchas maneras. AsÍ que, bien mi- rado, no soy digno de la menor conso! lación.

Mas Tú, Dios clemente y misericordioso, que no

uleres que tus obras perezcan para manifestar las riquezas de tu bondad en los vasos de tu misericor- dia aun sobre todo merecimiento, tienes por bien consolar á tu siervo de un modo sobrenatural.

Porque tus consolaciones no son ilusorias como las humanas.

2. ¿Qué he hecho, Señor, para que Tú me dieses ninguna consolación celestial?

¿YO no me acuerdo de haber hecho ningún bien, sino que he sido siempre inclinado á vicios y muy perezoso para enmendarme.

Esto es verdad, y no puedo negarlo. Si dijese otra cosa, Tú estarías contra mí y no habría quien me defendiese.

¿Qué he merecido por mis pecados, sino el Infierno y el fuego eterno? Conozco, en verdad, que soy dig- no de todo escarnio y menosprecio; ni merezco ser contado entre tus devotos.

Y aunque me incomode este lenguaje, no dejaré de acusar mis pecados contra mí y en favor de la verdad, para que más fácilmente merezca alcanzar tu misericordia.

3. ¿Qué diré yo, pecador y lleno de toda confusión?

No tengo boca para hablar sino sólo esta palabra: ¡Pequé, eñor, peque; ten misericordia de ml: perdó- name!

Déjame un poco para que llore mi dolor antes qui vaya á la tierra tenebrosa y cubierta de obscuridad de muerte,

¿Qué es lo que principalmente exiges del culpable y miserable pecador, sino que se convierta y se hu- mille por sus pecados?

De la verdadera contrición y humildad de corazón nace la esperanza de ser perdonado: se reconcilia la conciencia turbada, repárase la gracia perdida, se defiende el hombre de la ira venidera, y se juntan en santa paz Dios y el alma contrita.

4. Señor, el humilde arrepentimiento de los peca- dos es para Ti sacrificio muy acepto, que huele más suavemente en tu presencia que el incienso.

ste es también el ungiiento agradable que Tú qui- siste que se derramase sobre tus sagrados pies, por- que nunca desechaste el corazón contrito y humilla- lo. Allí está el lugar del refugio para el que huye del enemigo; allí se enmienda y limpia lo que en otro lugar se erró y se manchó.

CAPÍTULO LIII La gracia de Dios no se mezcla con el gusto de las cosas terrenas. JESUCRISTO: 1. Hijo, mi gracia es preciosa; no ad- mite mezcla de cosas extrañas ni de consolaciones terrenas.

Conviene desviar todos los impedimentos de la gracia, si deseas que se te infunda.

Busca lugar secreto para ti, desea estar á solas contigo, deja las conversaciones, y ora devotamente á Dios para que te dé compunción de corazón y pu- reza de conciencia.

Reputa por nada todo el mundo, y prefiere á todas las cosas exteriores el ocuparte en Dios.

Porque no podrás ocuparte en MÍ y juntamente deleitarte en lo transitorio.

Conviene desviarse de conocidos y de amigos y tener el espiritu retirado de todo placer temporal.

Así desea que se abstengan todos los fieles cristia- nos el apóstol San Pedro, portándose como extran- jeros y peregrinos en este mundo,

2. ¡Oh; cuánta confianza tendrá en la muerte aquel que no tiene afición á cosa alguna de este mundo

Pero tener así el corazón desprendido de todas las cosas, no lo alcanza el alma todavía enferma, ni el Hombre carnal conoce la libertad del hombre espiri-

Mas si quiere ser verdaderamente espiritual, es preciso que renuncie á los extraños y á los allegados ue de nadie se guarde más que de sí mismo.

iá ti te vences perfectamente, todo lo demás lo sujetarás con más facilidad. a perfecta victoria es vencerse á sí mismo.

Porque el que se tiene sujeto á sí mismo de modo que la sensualidad obedezca á la razón y la razón me obedezca á Mí en todo, éste es verdaderamente vencedor de sí y señor del mundo.

3. Sideseassubir á esta cumbre, conviene comen- zar varonilmente d, poner la segur ála raíz, para que arranques y destruyas la oculta desordenada inclinación que tienes á ti mismo y á todo bien pro- pio y corporal,

De este amor desordenado que se tiene el hombre á sí mismo depende casi todo lo que se ha de vencer radicalmente: vencido y señoreado este mal, luego hay gran paz y sosiego.

/aS porque pocos trabajan en morir perfectamen- te á sí mismos y no salen enteramente de su propio

amor, por eso se quedan envueltos en sus afectos y no pueden levantarse sobre sí en espíritu.

Pero el que desea andar libre conmigo, es necesa- rio que mortifique todas sus malas y desordenadas aficiones y que no se pegue á criatura alguna con amor apasionado.

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CAPÍTULO XLIV No se deben buscar las cosas exteriores · The Imitation of Christ — Thomas à Kempis · The Conscious Library