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Chapter 31 of 49

CAPÍTULO 1X Todas las cosas se deben referir á Dios como á último fin,

JESUCRISTO: 1. sjo yo debo ser tu supremo y úl- timo fin, si deseas de verdad ser bienaventurado.

Con este propósito se purificará tu deseo, que vil- mente se abate muchas veces á sí mismo y á las criaturas.

Porque si en algo te buscas á ti mismo, luego des- falleces y te quedas árido.

Atribúyelo, pues, todo principalmente á Mí, que soy el que todo lo he dado.

sí, considera cada cosa como venida del Sobera- no Bien, y por eso todas las cosas se deben redu- cir á Mi como á su origen.

2. De Mí sacan agua como de fuente viva el pe- queño y el rico; y los que me sirven de buena vo- luntad y libremente, recibirán gracia por gracia.

Pero el que quiere ensalzarse fuera de Mi ó delei- tarse en algún bien particular, no será confirmado en el verdadero gozo, ni dilatado en su corazón, sino que estará impedido y angustiado de muchas maneras.

Por eso no te apropies á ti alguna cosa buena, ni

atribuyas á algún hombre la virtud, sino refiérelo todo á Dios, sin el cual nada tiene el hombre.

Yo lo di todo; Yo quiero que se me vuelva todo, y con todo rigor exijo que se me den gracias por ello.

3. Ésta es la verdad con que se destruye la va- nagloria.

si la gracia celestial y la caridad verdadera en- traren en el alma, no habrá envidia alguna ni que- branto de corazón, ni te ocupará el amor propio.

La caridad divina lo vence todo y dilata todas las fuerzas del alma.

Si bien lo entiendes, en Mi solo te has de alegrar y en Mí solo has de esperar, porque ninguno es bue- no, sino sólo Dios, el cual es de alabar sobre todas las cosas, y debe ser bendito en todas ellas,

En despreciando el mundo, es dulce cosa servir dá Dios,

EL ALMA: 1. Otra vez hablaré, Señor, ahora, y no callaré. Diré en los oídos de mi Dios, mi Señor y mi Res que está en el Cielo.

¡Oh Señor; cuán grande es la abundancia de tu dulzura, queescondiste para los que te temen! Pero ¿ue eres para los que te aman, y qué para los que e sirven de todo corazón?

Verdaderamente, es inefable la dulzura de tu con- templación, la cual das á los que te aman.

En esto me has mostrado singularmente tu dulce caridad; en que cuando Jo no existía, me creaste, y cuando erraba lejos de Ti, me convertiste para que te sirviese y me mandaste que te amase.

2. ¡Oh fuente de amor perenne! ¿Qué diré de Ti?

¿Cómo podré olvidarme de Ti, que te dignaste acordarte de mí, aun después que yo me perdí y pe- reci

Usaste de misericordia con tu siervo sobre toda esperanza, y sobre todo merecimiento me diste tu gracia y amistad. s

¿Qué te volveré yo por esta gracia? Porque no se

concede á todos que, dejadas todas las cosas, renun- cien al mundo y escojan vida retirada.

Por ventura, ¿es gran cosa que yo te sirva, cuando toda criatura está obligada á servirte?

No debe parecerme mucho servirte, sino más bien me parese grande y maravilloso que tú te dignases recibir porsiervoá un tan pobre é indigno y unirle con tus amados siervos.

3. Tuyas son, pues, todas las cosas que tengo y con que te sirvo. 'á

ero) por el contrario, Tú me sirves más á mi que yo á Ti.

El Cielo y la Tierra, que Tú creaste para elservicio del hombre, están prontos, y hacen cada día todo lo que les has mandado; y esto es poco, pues aún has

estinado los ángeles para servicio del hombre.

Mas á todas estas cosas excede el que Tú mismo te dignaste servir al hombre, y le prometiste que te darías á Ti mismo.

4. $ te daré yo por tantos millares de benefi-

cios? ¡Oh! ¡Si pudiera yo servirte todos los dias de mi vida!

¡Oh! ¡Si pudiera solamente, siquiera un sólo día, hacerte algún digno servicio!

Verdaderamente, sólo Tú eres digno de todo ser- vicio, de toda honra y de alabanza eterna.

Verdaderamente, sólo Tú eres mi Señor, y yo soy un pobre siervo tuyo, que estoy obligado á servirte con todas mis fuerzas, y nunca debo cansarme de alabarte.

Asi lo quiero, así lo deseo; y lo que me falta, rué- gote que Tú lo suplas.

5. Grande honra y gran preciar todas las cosas por Ti.

Por cierto, grande gracia tendrán los que de toda voluntad se sujetaren á tu santisimo servicio.

Hallarán la suavísima consolación del Espíritu Santo los que por amor tuyo despreciaren todo de- leite carnal.

Alcanzarán gran libertad de corazón los que en- tran en senda estrecha por amor tuyo, y por él desechan todo cuidado del mundo.

6. ¡Oh agradable y alegre servidumbre de Dios,

con la cual se hace el hombre verdaderamente libre y santo!

¡Oh sagrado estado de la profesión religiosa, que hace al hombre igual á los ángeles, apacible á Dios, ferrinle á los demonios y recomendable á todos los

¡Oh esclavitud, digna de ser ande siempre deseada, por la cual se merece el Sumo Bien y se adquiere el gozo que durará sin fin!

CAPITULO XI Los deseos del corazón se deben examinar y moderar.

JESUCRISTO: 1. Hijo, aún te conviene aprender muchas cosas que no has aprendido bien.

JESUCRISTO: 3. Que pongas tu deseo totalmente en sola mi voluntad, y no seas amador de ti mismo, sino afectuoso celador de lo que á Mí me agrada.

Los deseos te encienden muchas veces, y te impe- len con vehemencia; pero considera si te mueves por mi honra Ó por tu provecho.

Si yo soy la causa, bien te contentarás de cual- quier modo que Yo lo ordenare; pero si algo tienes escondido de amor propio con que siempre te bus- cas, mira que eso es lo que mucho te impide y agrava.

4. Guárdate, pues; no confies demasiado en el deseo que tuviste sin consultarlo conmigo, porque puede ser que después te arrepientas, que te des- contente lo que primero te agradaba, y que por pa- recerte mejor lo deseaste.

Porque no se puede seguir luego cualquier deseo que aparece bueno, ni tampoco huir á la primera vista toda afición que parece contraria.

Conviene algunas veces reprimir el ímpetu, aun en los buenos ejercicios y deseos, para que no caigas porimportunidad en distracción del alma, y para que no causes escándalo á otros con tu indiscreción, 6 por la contradicción de otros te turbes luego y te deslices.

5. También algunas veces conviene usar de fuer-

za, y contradecir varonilmente al apetito sensitivo, y no cuidar de lo que la carne quiere ó no quiere, sino andar más solicito, para que esté sujeta al es- píritu, aunque le pese.

Y debe ser castigada y obligada á sufrir la servi- dumbre hasta que esté pronta para todo, aprenda á contentarse con lo poco, á holgarse con lo sencillo, y á no murmurar contra lo que es amargo.

Declárase qué cosa sea paciencia y la lucha contra el apetito.

EL ALMA: 1. Señor Dios, á lo que yo echo de ver, la paciencia me es muy necesaria, porque en esta vida acaecen muchas adversidades.

Pues de cualquiera suerte que ordenare mi paz, no puede estar mi vida sin batalla y sin dolor.

JESUCRISTO; 2. Así es, hijo; pero no quiero que busques tal paz que carezca de tentaciones y no sienta contrariedades.

Antes cuando fueres ejercitado en diversas tribu- laciones y probado en muchas contrariedades, en- tonces piensa que has hallado la paz.

Si dijeres que no puedes padecer mucho, ¿cómo sufrirás el fuego del Purgatorio?

De dos males, siempre se ha de escoger el menor.

Por eso, para que puedas escapar de los tormen- tos eternos, estudia sufrir con paciencia por Dios Jos males presentes.

¿Piensas tú que sufren poco ó nada los hombres Fe mundo? No lo creas, aunque sean los más rega- lados,

3. Pero dirás que tienen muchos deleites y si- guen sus apetitos, y por eso se les da poco de al- gunas tribulaciones.

4. Mas aunque fuera así, que tengan cuanto qui- sieren, dime: ¿cuánto les durará?

Mira que los muy sobrados y ricos en el siglo des- aparecerán como humo, y no les quedará memoria de los gozos pasados.

_Pues, aun mientras viven, no se huelgan en ellos sin amargura, congoja y miedo.

Porque de la misma cosa que se recibe el deleite, de alli frecuentemente reciben la pena del dolor.

Justamente se procede con ellos, porque así como desordenadamente buscan y siguen los deleites, así los disfrutan con amargura y confusión.

¡Oh! ¡Cuán breves, cuán falsos, cuán desordena- dos y torpes son todos!

Mas por estar embriagados y ciegos no discurren, sino, á la manera de estúpidos animales, por un po- co de deleite de la vida corruptible caen en la muerte del alma.

Por eso tú, hijo, no sigas tus apetitos, y quebran- ta tu voluntad.

Deléitate en el Señor, y te dará lo que le pidiere tu corazón.

5. Porque si quieres tener verdadero gozo y ser consolado por MÍ abundantísimamente, tu suerte y bendición estarán en el desprecio de todas las cosas del o, en cortar de ti todo deleite terreno: así se te dará copiosa consolación.

Y cuanto más te desviares de todo consuelo de las criaturas, tanto hallarás en Mi más suaves y po- derosas consolaciones.

Mas no las alcanzarás sin alguna pena ni sin el trabajo de la pelea.

La costumbre te será contraria; pero la vencerás con otra costumbre mejor.

La carne resistirá; pero la refrenarás con el fervor del espiritu. e,

La serpiente antigua te instigará y exasperará; pero se ahuyentará Con la oración, y con el trabajo provechoso le cerrarás del todo la puerta.

De la obediencia del súbdito humilde á ejemplo de Jesucristo.

JESUCRISTO: 1. Hijo, el que procura sustraerse de la obediencia, él mismo se aparta de la gracia; y el que quiere tener cosas propias, pierde las co- munes.

El que no se sujeta de buena gana á su superior, señal es de que su carne aún no le obedece perfecta-

mente, sino que muchas veces se resiste y murmura.

Aprende, pues, á sujetarte prontamente á tu su- perior, si deseas tener la carne sujeta.

Porque tanto más presto se vence el enemigo ex- terior, cuanto no estuviere debilitado el hombre in- terior.

No hay enemigo peor ni más dañoso para el alma que ta mismo, si no estás bien avenido con el es- píritu.

Necesario es que tengas verdadero desprecio de ti mismo, si quieres vencer la carne y la sangre.

Porque aún te amas muy desordenamente, por eso temes sujetarte del todo á la voluntad de otros.

2. Pero ¿qué mucho es que tú, polvo y nada, te sujetes al hombre por Dios, cuando Yo, Omnipo- tente y Altísimo, que crié todas las cosas de la na- da, me sujeté al hombre humildemente por ti?

Me hice el más humilde y abatido de todos, para que vencieses tu soberbia con mi humildad.

Aprende, polvo, á obedecer; aprende, tierra y lo- do, á humillarte y postrarte á los pies de todos.

Aprende á quebrantar tus inclinaciones y rendir- te á toda sujeción.

3. Enójate contra ti, y no sufras que viva en ti el orgullo, sino hazte tan sumiso y pequeño, que

uedan todos ponerse sobre ti y pisarte como el

odo de las calles. E ¿Qué tienes, hombre despreciable, de qué que- jarte?

¿Qué puedes contradecir, sórdido pecador, á los

ue te maltratan, pues tantas veces ofendiste á tu

Pero te perdonaron mis ojos, porque tu alma fué preciosa delante de Mi, para que conocieses mi amor y fueras siempre agradable á mis beneficios.

Y para que te dieses continuamente á la verda- dera humildad y sujeción, y sufrieras con paciencia tu propio menosprecio.

Cómo han de considerarse los secretos juicios de Dios, para que no nos envanezcamos.

EL ALMA: 1. Tus juicios, Señor, me aterran como un espantoso trueno, estremeciéndose todos mis huesos ados de temor y temblor, y mi alma queda despavorida.

Estoy atónito; considero que los cielos no son lim- pios en tu presencia.

Si en los ángeles hallaste maldad y no los perdo- naste, ¿qué será de mí?

Cayeron las estrellas del cielo; y yo, que soy pol- vo, ¿Qué presumo?

Aquellos cuyas obras parecían muy dignas de ala- banza, cayeron al profundo; y á los que comían pan de ángeles los vi deleitarse con el manjar de anima- les inmundos.

2. No hay, pues, santidad, si Tú, Señor, apartas tu mano.

No aprovechará discreción si dejas de gobernar.

De hay fortaleza que ayude si dejas de conser- varla,

No hay castidad segura si no la defiendes.

Ninguna propia guarda aprovecha si nos falta tu santa vigilancia.

Porque en dejándonos Tú, luego nos vamos á fon- do y perecemos; pero visitados por Ti, nos levanta- mos y vivimos.

Mudables somos; pero por Ti estamos firmes: nos entibiamos; mas Tú nos enciendes.

3. ¡Oh! ¡Cuán vil y bajamente debo sentir de mi! ¡Cuánto debo reputar por nada lo poco que acaso parezca tener de bueno!

¡Oh Señor! ¡Cuán profundamente debo anegarme en el abismo de tus juicios, donde no me hallo ser otra cosa que nada y más que nada!

¡Oh peso inmenso! ¡Oh piélago insondable, donde nada hallo de mí, sino ser nada en todo! ¿Pues dón- de se esconde el fundamento de la vanidad? ¿Dónde la confianza de mi propia virtud?

Anégase toda vanagloria en la profundidad de tus juicios sobre mi.

Por ventura, ¿podrá gloriarse el lodo contra el que lo trabaja?

¿Cómo se puede engreir con vanas alabanzas el corazón que está verdaderamente sujeto á Dios?

Todo el mundo no ensoberbecerá á aquel á quien sujeta la verdad, ni se moverá por mucho que le ala- ben el que tiene firme toda su esperanza en Dios.

Porque todos los que hablan son nada, y con el so- nido de las palabras fallecerán; pero la Verdad del Señor permanece para siempre.

Cómo debe uno haberse y decir en todas las cosas que deseare.

JESUCRISTO: 1. Hijo, á cualquier cosa di así: Se- ñor, si te agradare, hágase esto así.

Señor, si es honra tuya, hágase esto en tu nombre.

Señor, si vieres que me conviene y hallares serme prov eEhOB0; Conca lemelo para que use de ello á hon- ra tuya.

Mad si conocieres que me sería dañoso y nada provechoso á la salvación de mi alma, desvía de mí tal deseo.

Porque no todo deseo procede del Espíritu Santo, aunads jarezca justo y bueno al hombre,

Dificultoso es Juzgar si te incita buen espíritu 6 malo á desear esto 6 aquello, ó si te mueve tu propio espiritu. di

uchos se hallan engañados al fin, que al princi- pio parecían inspirados por buen espiritu..

2. Por eso siempre se debe desear y pedir con te- mor de Dios y humildad de corazón cualquier cosa apetecible que ocurriere al pensamiento, y sobre todo con propia resignación encomendarlo todo ¿Mi diciendo:

Señor, Tú sabes lo que es mejor: haz esto Ó aque- llo, según te agradare.

Da lo que quisieres, cuanto quisieres y cuando quisieres.

Haz conmigo como sabes, como más te agrada-

y fuere mayor honra tuya. 'onme donde quisieres, dispón de mí libremente

En tu mano estoy; vuélveme y revuélveme á la redonda,

Ve aquí tu siervo dispuesto á todo; seo, Señor, vivir para mí, sino para viva digna y perfectamente!

ORACIÓN PARA CONSEGUIR LA VOLUNTAD DE DIOS

3. Concédeme, benignísimo Jesús, tu gracia para que esté conmigo, obre conmigo, y persevere con- migo hasta el fin.

lame que desee y quiera siempre lo que te es más acepto y agradable á Ti.

Tu voluntad sea la mía, y mi voluntad siga siem- pre la tuya y se conforme en todo con ella.

Tenga yo un querer y no querer contigo, y no pueda querer ni no querer sino lo que Tú quieres y no quieres.

4. Dame, Señor, que muera á todo lo que hay en el mundo, y dame que desee por Ti ser despreciado y olvidado en este siglo.

Dame, sobre todo lo que se puede desear, descan- sar en Ti y aquietar mi corazón en Ti.

Tú eres la verdadera paz del corazón; Tú, el único descanso: fuera de Ti todas las cosas son molestas é inquietas.

En esta paz permanente, esto es, en Ti, Sumo y eterno Bien, dormiré y descansaré. Amén.

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CAPÍTULO 1X Todas las cosas se deben referir á Dios como á último fin, · The Imitation of Christ — Thomas à Kempis · The Conscious Library