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The ConsciousLibrary

Chapter 27 of 49

CAPÍTULO XI Cuán pocos son los que aman la Cruz de Cristo

1. Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy pocos que lleven su cruz.

Tiene muchos que desean la consolación, y muy pocos que quieran la tribulación.

Muchos compañeros halla para la mesa, y pocos para la abstinencia.

Todos quieren gozar con Él, mas pocos quieren sufrir algo por Él.

Muchos siguen á Jesús hasta el partir del pan, mas pocos hasta beber el cáliz de la pasión.

Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz.

¿MucUO aman á Jesús cuando no hay adversida- es.

Muhos le alaban y bendicen en el tiempo que re- ciben de Él algunas consolaciones; mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían 6 desesperarian mucho.

2. Mas los que aman á Jesús por el mismo Jesús, 1 no por alguna propia consolación suya, bendicen-

le en toda la tribulación y angustia del corazón tan bien como en consolación.

Y aunque nunca más quisiese darles consola- ción, siempre le alabarían y querrían darle gracias.

3. ¡Oh! ¡Cuánto puede el amor puro de Jesús, sin mezcla del propio provecho ó amor!

¿No se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones?

¿No se aman á sí mismos más que á Cristo los que se continuo piensan en sus provechos y gana- cias:

Dónde se hallará alguno tal que quiera servir á Dios de balde?

4. Pocas veces se halla ninguno tan espiritual que esté desnudo de todas las cosas.

¿Pues quién hallará el verdadero pobre de espí- ritu y desnudo de toda criatura?

Es tesoro inestimable y de lejanas tierras.

Le) hombre diere su' hacienda toda, aún no es nada.

Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos; y si tuviere gran virtud y muy ferviente devoción, aún le falta mucho: le falta la cosa que es más necesaria.

Y esta, ¿cuál es? Que, dejadas todas las cosas, deje á sí mismo, y salga de sí del todo, y no le que- de nada del amor propio.

Y cuando ha hecho todo lo que conociere que debe hacer, aún piense no haber hecho nada.

5. No tenga en mucho que puedan estimarle por grande; mas llámese en la verdad siervo sin prove- cho, como dice Jesucristo.

Cuando hubiereis hecho todo lo que os está man- dado, aún decid: Siervos somos sin provecho.

Y asi podrás ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el profeta: Porque uno solo y pobre soy.

Ninguno todavía hay más rico, ninguno más po- deroso, ninguno más libre que aquel que sabe de- jarse á sí y á toda cosa y ponerse en el más bajo lu-

ar. 5 CAPÍTULO XI! Del camino real de la Santa Cruz.

1., Esta palabra parece dura á muchos: Niégate á ti mismo, toma tu cruz, y sigue á Jesús. Pero mucho más duro será oir aquella postrera palabra: ¡Apar- taos de mí, malditos; al fuego eterno! Pues los que ahora oyen y siguen de buena voluntad la palabra de la cruz, no temerán entonces oir la palabra de la eterna condenación.

Esta señal de la cruz estará en el Cielo cuando el Señor venga á juzgar.

Entonces todos los siervos de la Cruz que se con- formaron en la vida con el crucificado, se llegarán á Cristo juez con gran confianza.

Pues que así es, ¿por qué teméis tomar la Cruz, por la cual se va al reino: ]

En la Cruz está la salud, en la Cruz la vida, en la Cruz está la defensa de los enemigos, en la Cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la Cruz está la fortaleza del corazón, en la Cruz está el gozo del espiñitt, en la Cruz está la suma virtud, en la Cruz está la perfección de la santidad.

No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la Cruz.

Toma, pues, tu cruz, sigue á Jesús, é irás á la vida eterna.

Él vino primero y llevó su Eniz y murió en la Cruz por ti, por que tú también la lleves y desees morir en ella.

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CAPÍTULO XI Cuán pocos son los que aman la Cruz de Cristo · The Imitation of Christ — Thomas à Kempis · The Conscious Library