Chapter 2 of 3
ARGUMENTO.
La apología puede dividirse en tres partes, cada una de las que tiene su objeto.
En la primera parte, la que precede á la deliberacion de los jueces sobre la inocencia ó la culpabilidad del acusado, Sócrates responde en general á todos los adversarios que le han ocasionado su manera de vivir léjos de los negocios públicos y sus conversaciones de todos los dias en las plazas, en las encrucijadas y en los paseos de Atenas. Sócrates, se decia, es un hombre peligroso, que intenta penetrar los misterios del cielo y de la tierra, que tiene la maña de hacer buena la peor causa, y que enseña públicamente el secreto. Sócrates responde que jamás se ha mezclado en las cosas divinas; que su enseñanza no era como la de los sofistas que exigian un salario, si bien sobre este último punto no habia acusacion. En fin, en apoyo de esta enseñanza popular, esforzándose en hacer ver á los unos su falsa ciencia, y á los otros su ignorancia, invoca una mision sagrada recibida del dios de Delfos. Era este el camino de congraciarse, teniendo en frente los resentimientos profundos que hacia mucho tiempo habia excitado su punzahte ironía? No; toda esta justificacion, que elude los cargos más bien que los rechaza, sólo podia servir para aumentar la desconfianza de los jueces, prevenidos ya en su contra.
Así es que su verdadero valor y su interés aparecen por entero en la consecuencia moral, que Sócrates procura deducir con tanta profundidad como ironía. Dice que ha conversado sucesivamente con los poetas, con los políticos, con los artistas y con los oradores; es decir, con los hombres que pasan por los más hábiles y los más sabios de todos; y como ha visto en los unos y en los otros, en medio de su exagerada pretension á una sabiduría y á una habilidad universales, igual incapacidad para justificarlos hasta en el dominio limitado de su respectivo arte, declara que sus ojos la sabiduría humana es bien poca cosa, ó más bien, que no es nada si no se inspira en la única verdadera sabiduría, que reside en Dios, y que sólo se revela al hombre por las luces de la razon.
Pero los enemigos de Sócrates no se contentaron con acusaciones generales, y formularon, por boca de Melito, estas dos acusaciones concretas: primero, que corrompia á los jóvenes; segundo, que no creia en los dioses del Estado y que los sustituia con extravagancias demoniacas. Estos dos cargos se llamaban y apoyaban el uno al otro, porque tenian por fundamento comun el crímen de ultraje á la religion.
Sobre el primer punto, Sócrates responde solamente que por su interés personal no era fácil que corrompiera á los jóvenes, porque los hombres deben esperar más mal que bien de aquellos à quienes dañan. Su defensa sobre el segundo punto no es más categórica. Porque, en lugar de probar á Melito que cree en los dioses del Estado, Sócrates cambia los términos de la acusacion, y prueba que cree en los dioses, puesto que hace profesion de creer en los demonios, ¡hijos de los dioses. ¿Pero estos dioses son los de la república? Sobre esto nada dice.
Su arenga toma de repente un carácter de elevacion y fuerza, cuando invocando su amor profundo á la verdad y la energía de su fe en la mision de que se cree encargado, revela, delante de los jueces, el secreto de toda su vida. Si no ha vivido como los demás atenienses; si no ha ejercido las funciones públicas, no ha sido por capricho ni por misantropía. Obedecia resueltamente la voluntad de un Dios, que desde su juventud le estrechaba á consagrarse á la educacion moral de sus conciudadanos. Así es que contra sus intereses más caros, se ha visto, aunque voluntariamente, convertido en instrumento dócil de la Divinidad. ¿Y no preveia las luchas y los odios que debia causarle semejante mision? Sí; pero estaba resuelto á sacrificar en su obsequio hasta la vida. Esta confianza admirable, que enlaza y domina el debate, hace ver claramente que Sócrates cuidaba ménos del resultado de su causa que del triunfo de sus doctrinas morales. En este último discurso, que le es permitido, sólo ve la ocasion de dar una suprema enseñanza, la más brillante y eficaz de todas.
Se nota, sin embargo, una gran oscuridad sobre la naturaleza de ese demonio familiar, que Sócrates invoca tantas veces. ¿Era en él la luz de la conciencia, singularmente fortalecida y aclarada por la meditacion y por una especie de exaltacion mística? No hay dificultad en creerlo. Pero tambien hay materia para suponer, fundándose en algunos pasajes del Timeo y del Banquete, que Sócrates admitia, como todos los antiguos, la existencia de séres intermedios entre Dios y el hombre, cuya inmensa distancia llenan mediante la diferencia de naturaleza, y ejercen en un ministerio análogo al de los ángeles en la teología cristiana. Los griegos los llamaban demonios, es decir, séres divinos. ¿Y era alguno de estos genios el que se hacia escuchar por Sócrates? Piénsese de esto lo que se quiera, la duda no desvirtúa en nada el efecto moral de las páginas más originales de la Apología.
En la segunda parte, comprendida entre la primera decision de los jueces y su deliberacion sobre la aplicacion de la pena, Sócrates, reconocido culpable, declara sin turbarse que se somete á su condenacion. Pero su firmeza parece convertirse en una especie de orgullo, que debió herir á los jueces, cuando rehusando ejercitar el derecho que le daba la ley para fijar por sí mismo la pena, se cree digno de ser alimentado en el Pritáneo á expensas del Estado, que era la mayor recompensa que en Atenas se dispensaba á un ciudadano. Moralmente tuvo razon; pero bajo el punto de vista de la defensa, no puede negarse que esta actitud altanera debió aumentar el número de los votos que le condenaron á muerte.
Este era indudablemente el voto secreto del acusado, puesto que en la última parte de la Apología, una vez pronunciada la pena, dejó ver una alegría que no era figurada. Su demonio familiar le habia advertido el resultado que daria el procedimiento, inspirándole la iden de no defenderse, y su muerte era á sus ojos la suprema sancion de sus doctrinas y el último acto necesario de su destino. Así es que la idea que desde aquel acto le preocupó más, fué probar que miraba la muerte como un bien. De dos cosas, una: ó la muerte es un anonadamiento absoluto, y entonces es una ventaja escapar por la insensibilidad á todos los males de la vida, ó es el tránsito de un lugar á otro, y en este caso ¿no es la mayor felicidad verse trasportado á la mansion de los justos? Esta despedida de la vida, llena de serenidad y de esperanza, deja tranquilo el pensamiento sobre la creencia consoladora y sublime de la inmortalidad; creencia que una boca pagana jamás habia reconocido hasta entonces con palabras tan terminantes. Ella implica ciertamente la distincion absoluta del alma y del cuerpo y la espiritualidad del alma.
Aquí se ve que la Apología de Sócrates, si bien está escrita en la forma ordinaria de las defensas forenses, en el fondo es ménos política que filosófica, y Platon no la ha sometido tanto al exámen de los ciudadanos de Atenas, como á la de los filósofos y moralistas de todos los países. Si su objeto principal hubiera sido justificar civilmente la conducta de su maestro, su defensa sería pobre, porque no consiguió probar, ni la falsedad de las acusaciones intentadas contra Sócrates, ni su inocencia ante las leyes atenienses. Sócrates habia atacado realmente la religion y las instituciones religiosas de Atenas? Esta es la cuestion.
Siendo la religion, como las leyes mismas, una parte esencial de la constitucion, el atacarla, sea valiéndose de la ironía, ó por medio de una polémica franca, era un crímen de Estado. Además, no sólo era un derecho, sino que era un deber en todo ciudadano acusar y perseguir públicamente ante los tribunales al autor de tales ataques. Y es preciso confesar, que el hombre que en el Eutifron se burla de los dioses del Olimpo; que califica de cuentos insensatos las tradiciones mitológicas y de tráfico ridículo las ceremonias del culto; el hombre que se pone en guerra abierta con el politeismo, no podia sustraerse á la acusacion de impiedad. Hé aquí por qué Platon le defiende mal. Pero, á decir verdad, importa poco á sus ojos, y quizá entraba en su plan, sacrificar la defensa legal á fin de probar la superioridad moral de su maestro sobre los hombres de su tiempo, por la profunda incompatibilidad de sus creencias con las de éstos. Sócrates no hubiera aparecido como un gran filósofo, si hubiera sido absuelto. Entre otros caractéres, & su originalidad no consiste en haber creido en un solo Dios en pleno politeismo? Y no consiste su grandeza en haberlo dicho, y en haber muerto por haberse atrevido á decirlo?
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