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Chapter 2 of 7

Sócrates – Criton – Eutidemo – Dionisodoro – Clinias – Ctésipo · 2

Y entonces les mostré los amantes de Clinias que ya nos habían rodeado. Ctésipo se había sentado al principio casualmente, a lo que me pareció, después de Clinias; pero como Eutidemo se inclinaba cuando me hablaba, Clinias, colocado entre nosotros dos, dejaba oculto a Ctésipo, lo cual obligó a éste a levantarse y a ponerse frente a nosotros, para ver a su amigo y oír la disputa; todos los demás amantes de Clinias y los partidarios de Eutidemo y de Dionisodoro hicieron otro tanto y nos rodearon. entonces, señalándoles a todos con el dedo, aseguré a Eutidemo, que no había uno solo, que no tuviese deseo de tomarle por maestro. Ctésipo se ofreció con calor, y todos los demás hicieron lo mismo, y suplicaron a Eutidemo que les descubriera el secreto de su arte. entonces, dirigiéndome a Eutidemo y a Dionisodoro: es preciso, les dije, satisfacer a estos jóvenes y yo uno mis súplicas a las suyas. Hay mucho de que hablar, pero por el pronto, decidme: ¿os es tan fácil hacer virtuoso a un hombre que duda, tanto que pueda aprenderse la [308] virtud, como que seáis vosotros capaces de enseñarla, que a otro que esté persuadido de lo uno y de lo otro? ¿Os suministra medios vuestro arte, para convencer a un hombre, preocupado de esta manera, de que la virtud puede ser enseñada, y que para esto sois vosotros los mejores maestros?

—Todo eso es igualmente de la competencia de nuestro arte, replicó Dionisodoro. —¿No hay nadie que pueda, mejor que vosotros, exhortar a los hombres al ejercicio de la filosofía y de la virtud? —Nosotros por lo menos lo creemos así, Sócrates. —Nos lo haréis ver con el tiempo, pero en este momento, lo que deseamos es que convenzáis antes a este joven, de que debe consagrarse por entero a la filosofía y a la virtud, con lo que quedaremos altamente complacidos yo y todos nosotros, porque nos inspira este joven el mayor interés, y deseamos hasta con pasión que sea el mejor hombre del mundo. Es hijo de Axioco, nieto del antiguo Alcibiades, primo hermano del Alcibiades que vive, y se llama Clinias. Como es joven aún, tememos, que alguno se apodere primero de su espíritu y le contamine; de manera que no pudisteis haber llegado más a tiempo, y si no tenéis cosa que os lo impida, podéis tantear a Clinias, y conversar con él a presencia nuestra.

Luego que hablé poco más o menos de esta manera, Eutidemo, con un tono altanero y como seguro de sí mismo, dijo:

—Consiento en ello, con tal que este joven quiera responder. —Está ya acostumbrado, le contesté; sus compañeros y él se interrogan y discuten entre sí muchas veces, y Clinias no tendrá dificultad en responderte.

Pero ¿cómo podré, Criton, referirte lo que después ocurrió? Porque no es poco hacerte una relación fiel de la prodigiosa sabiduría de estos extranjeros, y por esto, antes de proceder a ella, es preciso que, siguiendo el ejemplo de los poetas, invoque las Musas y la diosa Mnemosina. Eutidemo comenzó así poco más o menos. [309]

Los que aprenden, Clinias, ¿son sabios o ignorantes? El joven, como si la pregunta fuese difícil, se ruborizó, y me miró aturdido. Viendo la turbación en que estaba, le dije: valor, Clinias, responde con resolución lo que te parezca, porque redundará quizá en bien tuyo. Sin embargo, Dionisodoro, inclinándose hacia mí y riéndose, me dijo por lo bajo al oído: Sócrates, responda lo que quiera, caerá en el lazo. Mientras me decía esto, Clinias, a quien no tuve yo tiempo para advertirle que tuviera cuenta con lo que respondía, dijo: que los sabios eran los que aprendían. –¿Crees tú que hay maestros, –le preguntó Eutidemo–, o que no los hay?– Confesó que los había. –¿No son los maestros los que enseñan? ¡No eran el tocador de laúd y el gramático tus maestros y tú y tus compañeros sus discípulos?– Convino en ello. –Pero cuando aprendíais, ¿no sabíais aún las cosas que aprendíais? –No sin duda. –Luego, no erais sabios cuando ignorabais estas cosas. –Así es. –Puesto que no erais sabios, precisamente erais ignorantes. –Es cierto. –Luego cuando aprendíais las cosas que no sabíais, las aprendíais siendo ignorantes–. Clinias convino en ello. –Luego son los ignorantes los que aprenden, Clinias y no los sabios, como decías antes–. entonces todos los partidarios de Eutidemo y de Dionisodoro, como de concierto, rompieron en grandes carcajadas y en aplausos. Dionisodoro, sin dar tiempo a Clinias para respirar, tomando la palabra, le dijo: ¿pero, Clinias, cuando vuestro maestro recita alguna cosa, qué son los que aprenden aquello que él recita? ¿Son sabios o ignorantes? –Sabios. –Luego son los sabios los que aprenden y no los ignorantes, y por lo tanto, no has respondido bien a Eutidemo.

Al oír esto se oyeron nuevas carcajadas y nuevos aplausos de los admiradores de la sabiduría de Eutidemo y de Dionisodoro. Nosotros, sorprendidos, permanecimos en [310] silencio. Eutidemo, viendo nuestro asombro, para darnos aún mayor prueba de su sabiduría, arremete de nuevo al joven, y le pregunta dando otra dirección al mismo asunto; a manera de hábil bailarín, que gira dos veces sobre un mismo punto: los que aprenden, ¿aprenden lo que saben o lo que no saben? En este momento, Dionisodoro me dijo al oído: aquí va a caer la primera vez. –¡Por Júpiter! le respondí, la primera polémica me ha parecido maravillosa–. Todas nuestras preguntas son de la misma naturaleza, añadió él; no es posible desenredarse de ellas. –He ahí, le repliqué, lo que os da tanta autoridad entre vuestros discípulos–. Clinias había respondido ya a Eutidemo, que los que aprendían, aprendían lo que no sabían. Eutidemo dirigió a Clinias las preguntas de siempre: –¿sabes las letras?– le dijo. –Sí. –¿Pero las sabes todas? –Todas. –Cuando alguno recita alguna cosa, ¿no recita letras? –Seguramente. –¿Luego recita lo que tú sabes, puesto que sabes todas las letras? –Conforme. –Y bien, ¿aprendes tú lo que se te recita, o es el que no sabe las letras el que aprende? –No, yo soy el que aprende. –¿Luego tú aprendes lo que sabes, puesto que sabes todas las letras?–. Él lo confesó. –Luego no has respondido bien–, añadió Eutidemo.

Apenas había cesado de hablar, cuando Dionisodoro, recibiendo la pelota la arrojó contra Clinias, como blanco a que dirigía sus tiros. ¡Ah! Clinias, le dijo, Eutidemo no obra de buena fe contigo. Pero dime, ¿aprender no es adquirir el conocimiento de una cosa que se aprende? –Convino en ello–. Y saber, ¿no es haber adquirido el conocimiento de esta cosa? –También convino–. Ignorar una cosa, ¿no es no haber adquirido el conocimiento de ella? –Él lo confesó–. ¿Quiénes son los que adquieren una cosa, los que la tienen o los que no la tienen? –Los que no la tienen–. ¿No me has concedido que los ignorantes pertenecen al número de los que no la tienen? [311] –Es cierto–. Los que aprenden, ¿son, por consiguiente, de número de los que adquieren y no del número de los que tienen la cosa? –Sin duda–. Luego son, Clinias, los ignorantes los que aprenden y no los sabios.

Eutidemo se preparaba a dirigir, como se hace en la lucha, un tercer ataque a Clinias, pero viéndole casi acobardado con todos estos discursos, tuve yo compasión de él, y para consolarle, le dije: –No te asustes, Clinias, de esta manera de discurrir, a que no estás acostumbrado. Quizá no conoces la intención de estos extranjeros; quieren hacer contigo lo que hacen los Coribantes con los que se inician en sus misterios, y si tú has sido admitido allí, debes de acordarte que comienzan por juegos y danzas. En igual forma estos extranjeros danzan y juegan en torno tuyo, para después iniciarte. Imagínate, pues, que estos son preludios de los misterios de los sofistas, porque en primer lugar, como Prodico lo ha ordenado, es preciso saber la propiedad de las palabras. Esto es lo que estos extranjeros te han enseñado. Ignorabas que aprender significa adquirir un conocimiento, que no se tenía antes. Y lo mismo cuando después de haber adquirido el conocimiento de una cosa, se reflexiona por medio de este conocimiento sobre esta misma cosa, ya sea un hecho o una idea. Ordinariamente se llama esto más bien comprender que aprender, si bien algunas veces se le da este último nombre. No sabias, como estos extranjeros lo han hecho ver, que un mismo nombre se atribuye a cosas contrarias, ya se sepa o no se sepa. En la segunda cuestión, que han promovido, sobre si se aprende lo que se sabe o lo que no se sabe, sucede esto mismo, que no son más que juegos de palabras; y por esto te he dicho que se divertían contigo, y lo llamo un juego, porque, aun cuando se supiese un gran número de tales objetos, aun cuando se los supiese todos, no por eso sería uno más hábil en el conocimiento de las cosas. A la verdad, es fácil sorprender a [312] a las gentes, valiéndose de equívocos, como aquellos que hacen caer a alguno por medio de una zancadilla, o los que retiran a uno a hurtadillas el asiento en el acto de irse a sentar, dando ocasión a que se rían las gentes cuando os ven en tierra. Pase todo cuanto han dicho hasta ahora estos extranjeros, Clinias, por una broma. Lo serio vendrá después, y entonces, yo el primero, les suplicaré que me cumplan la promesa que me han hecho. Porque debo esperar de ellos, que me enseñen el medio de excitar los hombres a la virtud, pero sin duda han creído que debían comenzar por una chuscada. Basta ya de chanzas; Eutidemo y Dionisodoro, vamos al asunto y llenad el corazón de este joven con el amor a la virtud y a la sabiduría. Permitidme que os explique antes mi intención, y que os diga las cosas sobre las que deseo oíros. Sin embargo, no os burléis de mi modo de obrar grosero y ridículo; el deseo que tengo de aprovecharme de vuestras enseñanzas me impide trataros con cierta circunspección. Repito que tanto vosotros como vuestros discípulos tengáis la paciencia de escucharme sin reíros; y tú, hijo de Axioco, respóndeme.

¿Hay alguno que no desee ser dichoso? ¿No es ridícula esta pregunta y no parece que arguye haber perdido el buen sentido el hacerla? Porque ¿quién no desea vivir dichosamente? –Nadie–, me respondió Clinias. Pues bien, le dije, puesto que todo el mundo quiere ser dichoso, ¿cómo podrá conseguirlo? ¿Será poseyendo muchos bienes? Aún es preciso carecer más de sentido común que al hacer la pregunta anterior, para dudar de una cosa tan clara, porque es la pura evidencia. –Convengo en ello–. Puesto que es así, ¿qué es lo que los hombres llaman bien?, ¿tan difícil es adivinarlo? Por ejemplo, ¿se me dirá que no es un bien el ser rico? ¿No lo es?, Clinias. –Seguramente–. La belleza, la salud y otras perfecciones semejantes del cuerpo, ¿no son bienes? –Quién lo duda–. ¿Qué diremos [313] de la nobleza, del crédito y de los cargos honoríficos de la República? No los comprenderemos entre los bienes? –Sin duda–. ¿No hallaremos aún otros bienes además de todos estos? Por ejemplo: la templanza, la justicia, la fortaleza, ¿no merecerán el nombre de bienes? ¿Alguno podría negarlo?, ¿y tú? –Estos son bienes–, dijo. Sí, ¿y dónde colocaremos la sabiduría? ¿Le daremos cabida entre los bienes o no? –Seguramente; es un bien–. Cuida de que no se nos escape ningún bien, que sea digno de consideración. –Me parece que ninguno se nos ha olvidado–. Recapacitando en mí, exclamé: ¡por Júpiter! hemos dejado olvidado el mayor de todos los bienes. –¿Cuál?– dijo Clinias. Es, le dije, el buen éxito en todas las cosas, lo cual hasta los más ignorantes reconocen como el soberano bien. –Dices verdad–, respondió Clinias. Fijando la reflexión sobre lo que yo acababa de decir le dije: ha faltado poco, para que tú y yo fuéramos objeto de risa para estos extranjeros. –¿Cómo?– repuso Clinias. Porque hemos hablado ya del don de acierto en todas las cosas, y aún continuamos hablando. –¿Qué importa?– ¿No es ridículo repetir dos veces una misma cosa? –¿Porqué dices eso?– replicó Clinias. Es, respondí yo, porque el don de acierto y la sabiduría son una misma cosa; hasta los niños están de acuerdo con esto. El joven Clinias, a causa de su poca experiencia, estaba ya del todo sorprendido; yo lo advertí y añadí: ¿no es cierto que los tocadores de flauta consiguen mejor que nadie el manejo de este instrumento? –Sí–. ¿No sucede lo mismo con los gramáticos respecto a la gramática y escritura? –Sí–. Y en las cosas de mar, los más experimentados pilotos ¿no son mejor que nadie una garantía de buen éxito para librarse de los peligros de las olas? –Sin dificultad–. ¿Si fueras a la guerra, no querrías más fiarte, en medio de los peligros, de un buen general que de uno malo? –¿Quién lo duda?–. Y si estuvieses enfermo, llamarías a un buen médico o [314] a uno ignorante? –A un buen médico, seguramente–. Es decir, que tú esperarías mejor resultado de un buen médico, que de otro que no supiera su oficio. –Conforme–. La sabiduría es la que hace a los hombres dichosos, porque la sabiduría consigue siempre su fin, porque en otro caso no sería sabiduría. En fin, estamos de acuerdo, aunque no sé cómo, en que donde está la sabiduría allí está el buen éxito.

Luego que convinimos en lo que acabo de decir, proseguí de esta manera.

¿Pero qué pensaremos de las cosas que al principio han sido concedidas? Porque hemos dicho, que con tal que tengamos muchos bienes, viviremos dichosos. –Clinias lo confesó–. Para vivir dichosos, ¿es preciso, que los bienes nos sirvan de algo o que no nos sirvan de nada? –Es preciso que nos sirvan de algo–. ¿Pero nos servirán si nos contentamos con poseerlos, sin hacer de ellos ningún uso? Por ejemplo: ¿de qué serviría tener cierta cantidad de viandas y de excelentes vinos a aquel que no quisiese comer ni beber? –Sería una provisión inútil–, dijo. Y supongamos que un artesano tenga todos los instrumentos necesarios para ejercer su oficio, y que no los emplease, ¿qué ventajas, ni qué felicidad, sacaría de esto? ¿De qué le serviría la sola posesión? Por ejemplo: un carpintero, poseyendo los instrumentos y la madera necesaria para trabajar, pero sin trabajar, ¿qué ventaja le puede resultar de esta posesión? –Ninguna–. Y si un hombre posee las grandes riquezas de que hemos hablado, sin atreverse a tocarlas, ¿la posesión sola de tantos bienes le hará feliz? –Yo no lo creo, Sócrates–. Resulta, pues, que para ser dichoso no es bastante ser dueño de todos estos bienes, sino que es preciso usar de ellos. Sin esto ¿de qué sirve poseer? –Es cierto, Sócrates–. ¿Pero, crees tú, que la posesión y el uso de los bienes bastan para ser dichoso? –Sí–. ¿Cualquiera uso que de ellos se haga bueno o malo? –Es preciso hacer un uso bueno–, dijo Clinias. Has respondido sabiamente, porque [315] valdría más no usar de un bien que abusar de él; esto último es un mal, lo primero no es mal ni bien; ¿no es éste tu parecer? –Sí–, dijo. Para trabajar bien la madera, ¿hay necesidad de otro arte que el de carpintero? –No–. ¿No hay igualmente un arte para trabajar los metales? –Seguramente–. ¿No diremos asimismo que es la ciencia la que enseña a servirse bien de los bienes, de la belleza, de la salud, de las riquezas? ¿O bien es otra cosa distinta que la ciencia? –Es la ciencia–. Es, pues, la ciencia y no el don del acierto el que enseña a los hombres a usar bien de las cosas y hacerlas bien.

Él lo confesó.

Pero, ¡por Júpiter!, ¿se puede poseer útilmente una cosa sin la prudencia y la sabiduría? ¿Cuál vale más?, un hombre que posee mucho y que toma parte en muchas cosas, pero que no sabe conducirse, o un hombre que no tiene bienes, que no puede nada, pero que está dotado de buen sentido. Fija bien tu atención: ¿no es cierto, que el que obra menos comete menos faltas?, ¿que el que comete menos faltas, sufre menos mal?, ¿que el que sufre menos mal, es en la misma proporción menos desgraciado?

Clinias convino en ello.

Pero, ¿quién obra menos, el rico o el pobre? –El pobre–. ¿El fuerte o el débil? –El débil–. ¿El que ha recibido honores o el que no los tiene? –El que no los tiene–. ¿El hombre instruido y valiente o el tímido? –El tímido–. ¿El negligente obra menos que el activo? –Sí–. ¿El hombre pesado que el hombre ágil? ¿El que ve y entiende mal menos que el que entiende y ve bien?

Conformes ya en todos estos puntos, añadí:

De todo este discurso, Clinias, concluyamos que todos estos bienes de que hemos hecho relación, no son bienes en sí mismos; que por el contrario, si a ellos se une la ignorancia, son peores que los males que les son opuestos, porque suministran más amplia materia para el mal al mismo que los posee; que si todas estas ventajas van acompañadas de la prudencia y de la sabiduría, son preferibles a los males [316] contrarios; pero que en sí mismos los bienes no deben ser tenidos por buenos ni por malos. –Me parece que tienes razón–, dijo Clinias. ¿Qué concluiremos de todo esto? Que excepto dos cosas, todo lo demás no es bueno ni malo; que la sabiduría es un bien y la ignorancia un mal.

Clinias lo confesó.

Ahora, dije yo, pasemos a lo demás. Puesto que cada uno quiere ser dichoso, y que para serlo es preciso usar las cosas y usarlas bien, y que debemos a la ciencia estas dos ventajas, ¿deben o no deben hacerse los mayores esfuerzos para adquirirla y hacerse lo más sabio que sea posible? –Eso está fuera de duda–, dijo él. Luego debemos creer, que nuestros padres, nuestros tutores, nuestros amigos, todos los que bien nos quieren y hasta los que aspiran a ser nuestros amantes, extranjeros o conciudadanos, no pueden hacernos un presente más precioso que la sabiduría, la que es preciso obtener de ellos a fuerza de súplicas y de instancias, y que no es vergonzoso comprar un bien tan grande por medio de toda clase de servicios y de complacencias decorosas para con un amante o cualquiera otro; ¿no es éste tu parecer? –Sí–, dijo, –creo que tienes razón–. Ya sólo resta examinar si la sabiduría puede enseñarse o si es un don del azar, porque tú y yo no hemos fijado aún este punto. –En mi concepto, Sócrates–, dijo él, –creo que la sabiduría puede enseñarse–. ¡Oh tú, el más excelente de los hombres!, exclamé yo entusiasmado; puesto que me das ya resuelta una dificultad, que me hubiera ocupado mucho, sobre si la sabiduría puede o no enseñarse; pero una vez que me aseguras que puede enseñarse y que es la única cosa que puede hacer a los hombres dichosos, ¿no opinas que es preciso entregarse enteramente a su indagación? ¿Y tú mismo no tienes intención de aplicarte a ella? –Sí–, dijo, –lo haré hasta donde alcancen mis fuerzas–.

Satisfecho de esta respuesta, yo continué: He aquí, Eutidemo y Dionisodoro, un modelo tosco y difuso de [317] exhortación a la virtud, que con gran trabajo he podido trazar. Pero tenga uno de vosotros la bondad de reproducirlo con mejor orden. Si no os queréis tomar este trabajo, por lo menos suplid lo que falta a mi discurso en obsequio de este joven, y hacedle ver, si es preciso que aprenda todas las ciencias, o si le bastará una sola, para ser hombre de bien y dichoso, y cuál sea esa ciencia; porque, como ya os dije, nosotros deseamos vehementemente que se haga sabio y bueno.

Después de haber hablado de esta manera, Criton, esperaba con impaciencia los medios y las razones de que se valdrían, para excitar a Clinias al estudio de la virtud y de la sabiduría. Dionisodoro, que era el de más edad de los dos, tomó la palabra el primero; nosotros fijamos la vista en él, persuadidos de que iba a entretenernos con un discurso maravilloso, y en este punto no fueron vanas nuestras esperanzas. Porque ciertamente, Criton, nos dijo cosas admirables, y que merecen bien ser referidas. Después de esto, no puede menos de amarse la virtud. He aquí lo que dijo:

—Decidme, Sócrates y todos vosotros los que deseáis que este joven sea virtuoso, ¿es de corazón vuestro deseo, o no es más que una apariencia?

Entonces sospeché, que estos extranjeros, cuando les suplicamos que interrogaran a Clinias, habían creído que esta súplica no había sido de buena fe, y que quizá por esto cuanto habían dicho sólo había sido por broma y diversión. Por esta razón respondí con viveza a Dionisodoro: seguramente es de corazón. –Mira lo que dices, Sócrates–, repuso Dionisodoro; –no sea que niegues después lo que afirmas ahora–. Sé bien lo que digo, respondí, y estoy muy seguro de que no lo he de negar. –¿Qué es lo que decís? ¿No deseáis que este joven se haga sabio?– Sí. –Y bien, ¿Clinias es sabio o no es sabio?–. Dice que no lo es aún, porque es un joven sin orgullo. –¿Queréis, pues, que Clinias sea sabio y no [318] ignorante?– Sí. –Por consiguiente, ¿queréis que se haga lo que no es, y que no sea lo que ahora es?

Como no dejara de chocarme este razonamiento, Dionisodoro se apercibió de ello, y se apresuró a añadir:

—Puesto que queréis que Clinias no sea en lo sucesivo lo que ahora es, ¿querríais que él no viviera? ¡Vaya unos buenos amigos y excelentes amantes que desean la muerte de una persona que les es tan querida!

Entonces Ctésipo, lleno de cólera a causa de sus amores, respondió:

—¡Extranjero de Turio, no sé si podré contenerme, para no decirte que mientes, y que falsamente nos imputas a mí y a los demás el desear lo que es un crimen, la muerte de Clinias!

Eutidemo, saliéndole al encuentro, le dijo: –¿crees tú, que sea posible mentir? –Sí, ¡por Júpiter! si no estoy falto de juicio. –Pero el que miente, ¿dice la cosa de que se trata o no la dice? –La dice. –Si dice la cosa de que se trata, ¿no dice ninguna otra cosa que aquélla que dice? –Es claro. –Lo que dice ¿no es una cosa que difiere de todas las demás? –Es cierto. –El que la dice ¿dice una cosa que existe? –Sí. –Pero el que dice lo que existe dice la verdad, y por lo tanto, puesto que Dionisodoro ha dicho lo que existe, os ha dicho la verdad y no os ha mentido. –Lo confieso, pero Dionisodoro, hablando como lo ha hecho, no ha dicho lo que es. –Entonces–, dijo Eutidemo, –las cosas que no existen, no existen. –Conforme. –¿Las cosas que no existen, no existen de ninguna manera? –De ninguna manera. –¿Pero puede un hombre obrar sobre lo que no existe, o hacer lo que no existe en manera alguna? –Yo no lo creo–, dijo Ctésipo. –Cuando los oradores arengan al pueblo ¿no hacen nada? –Hacen alguna cosa. –Si hacen alguna cosa, precisamente obran. –Sí. –Arengar es obrar, es hacer. –Sin duda. –Nadie dice lo que no es, porque haría alguna cosa, y acabas de confesarme que es imposible hacer nada respecto de lo que no existe. Así, pues, según [319] tu propia opinión nadie puede decir falsedades; y si Dionisodoro ha hablado, ha dicho cosas verdaderas y que efectivamente existen. –¡Por Júpiter!– respondió Ctésipo, –Dionisodoro ha dicho lo que es, pero no lo ha dicho como es. –¿Qué dices? Ctésipo–, repuso Dionisodoro, –¿hay gentes que digan las cosas como ellas son? –Las hay–, respondió Ctésipo, –y son los hombres de bien, los hombres veraces. –Pero–, replicó Dionisodoro, –¿el bien no es bien, y el mal no es mal? –Sí. –¿No dices que los hombres de bien dicen las cosas como ellas son? –Lo digo. –¿Luego los hombres de bien dicen mal el mal, puesto que dicen las cosas como ellas son? –Sí, ¡por Júpiter!– replicó Ctésipo, –y hablan mal de los hombres malos, y procura no ser de este número para evitar que hablen mal de ti. En efecto, tú sabes bien que los buenos hablan mal de los malos. –¿Pero–, repuso Eutidemo, –hablan ellos de los hombres grandes grandemente y de los bruscos bruscamente? –Sí, y de los ridículos ridículamente–, replicó Ctésipo, –y así dicen que sus discursos son ridículos. –¡Ah! ¡ah! ¡Ctésipo!–, dijo Dionisodoro, –¡he aquí que ya apelas a la injuria! –No, ¡por Júpiter! ya me guardaré de eso–, respondió Ctésipo; –te considero demasiado para injuriarte, pero te advierto, como amigo, que no vengas a decir cara a cara, que deseo la muerte de personas que me son infinitamente queridas.

Como vi que se acaloraban, dije a Ctésipo: No tomes a mal, Ctésipo, como es nuestro deber, lo que estos extranjeros nos dicen, y no disputes con ellos sobre nombres, con tal que quieran hacernos partícipes de su ciencia; porque si saben refundir los hombres, de suerte que de uno perverso y necio hacen un hombre de bien y sabio, poco importa que sean ellos los autores de esta ciencia admirable, o que la hayan aprendido de otro. No hay duda de que ellos no la saben, ellos que han afirmado hace un rato, que en poco tiempo han inventado un arte [320] que convierte los pícaros en hombres de bien. Siendo esto así, pasemos por lo que quieren; que sacrifiquen a Clinias con tal que le hagan un hombre de bien, y a este precio que nos pierdan a todos nosotros. Y si vosotros, jóvenes, teméis esta experiencia, que la hagan en mí, como si fuera un Cariense; es menos pérdida la de un viejo que la de un jóven, y así me entrego a Dionisodoro como a otra Medea de Colcos. Que me mate, que me cuezca cuanto quiera, con tal que me haga hombre de bien.

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