Chapter 7 of 10
EUTIFRON Ó DE LA SANTIDAD. · 5
Así me parece.
Pero lo santo, no es amable á los dioses porque los dioses lo aman?
¿Quién puede negarlo?
Lo que es amado por los dioses no es lo mismo que lo que es santo, ni lo que es santo es lo mismo que lo que es amado por los dioses, como tú dices, sino que son cosas muy diferentes.
¿Cómo es eso, Sócrates?
No cabe duda, puesto que nosotros estamos de acuerdo, que lo santo es amado porque es santo, y que no es santo porque es amado. ¿No estamos conformes en esto?
Lo confieso.
¿No estamos tambien de acuerdo, en que lo que es amable á los dioses, no lo es porque ellos lo amen, y que no es cierto decir que ellos lo aman porque es amable?
Eso es cierto.
Pero, mi querido Eutifron, si lo que es amado por los dioses y lo que es santo fuesen una misma cosa, como lo santo no es amado sino porque es santo, se seguiria que los dioses amarian lo que ellos aman porque es amable. Por otra parte, como lo que es amable á los dioses no es amable sino porque ellos lo aman, seria cierto decir igualmente que lo santo no es santo sino porque es amado por ellos. Ve aquí que los dos términos amable á los dioses y santo son muy diferentes; el uno no es amado sino porque los Dioses lo aman, y el otro es amado por que merece serlo por sí mismo. Así, mi querido Eutifron, habiendo querido explicarme lo santo, no lo has hecho de su esencia, y te has contentado con explicarme una de sus cualidades, que es la de ser amado por los dioses. No me has dicho aún lo que es lo santo por su esencia. Si no lo llevas á mal, te conjuro á que no andes con misterios, y tomando la cuestion en su orígen, me digas con exactitud lo que es santo, ya sea ó no amado por los dioses; porque sobre esto último no puede haber disputa entre nosotros. Así, pues, dime con franqueza lo que es santo у lo que es impío.
Pero, Sócrates, no sé cómo explicarte mi pensamiento; porque todo cuanto sentamos parece girar en torno nues tro sin ninguna fijeza.
Eutifron, todos los principios que has establecido se parecen bastante a las figuras de Dédalo[5], uno de mis abuelos. Si hubiera sido yo el que los hubiera sentado, indudablemente te habrias burlado de mí y me habrias echado en cara la bella cualidad que tenian las obras de mi ascendiente, de desaparecer en el acto mismo en que se creian más reales y positivas; pero, por desgracia, eres tú el que las ha sentado, y es preciso que yo me valga de otras chanzonetas, porque tus principios se te escapan como tú mismo lo has apercibido.
Respecto á mí, Sócrates, no tengo necesidad de valerme de tales argueias; á tí sí que te cuadran perfectamente; porque no soy yo el que inspira á nuestros razonamientos esa instabilidad, que les impide cimentar en firme; tú eres el que representas al verdadero Dédalo. Si fuese yo solo, te respondo que nuestros principios serian firmes.
Yo soy más hábil en mi arte que lo era Dédalo. Este sólo sabia dar esta movilidad á sus propias obras, cuando yo, no sólo la doy á las mias, sino tambien á las ajenas; y lo más admirable es, que soy hábil á pesar mio, porque gustaria incomparablemente más que mis principios fuesen fijos é inquebrantables, que tener todos los tesoros de Tántalo con toda la habilidad de mi abuelo. Pero basta de chanzas, y puesto que tienes remordimientos, ensayaré aliviarte y abrirte un camino más corto, para conducirte al conocimiento de lo que es santo, sin detenerte en tu marcha. Mira, pues, si no es de una necesidad absoluta que todo lo que es santo sea justo.
No puede ser de otra manera.
Todo lo que es justo te parece santo, ó todo lo que es santo te parece justo? ¿Ó crees, que lo que es justo no es siempre santo, sino tan sólo que hay cosas justas que son santas y otras que no lo son?
No puedo seguirte, Sócrates.
Sin embargo, tú tienes sobre mí dos ventajas muy grandes, la juventud y la habilidad.
Pero, como te decia ántes, confias demasiado en tu sabiduría. Te suplico, que deseches esa apatía, y que te apliques un momento; porque lo que yo te digo no es difícil de entender, no es más que lo contrario de lo que canta un poeta:
¿Por qué se tiene temor de celebrar á Júpiter que ha creado todo? La vergüenza es siempre compañera del miedo.
No estoy de acuerdo con este poeta; ¿quieres saber por qué?
Sí, tú me obligas á decirlo.
No me parece del todo verdadero, que la vergüenza acompañe al miedo, porque se ven todos los dias gentes que temen las enfermedades, la pobreza y otros muchos males, y sin embargo, no se avergüenzan de tener este temor. ¿No te parece que es así?
Soy de tu dictámen.
Por lo contrario, el miedo sigue siempre á la vergüenza. ¿Hay hombre, que teniendo vergüenza de una accion fea. no tema al mismo tiempo la mala reputacion que es su resultado?
Cómo no ha de temer.
Por consiguiente no es cierto decir:
La vergüenza es siempre compañera del miedo.
Sino que es preciso decir:
El miedo es siempre compañero de la vergüenza.
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