Chapter 3 of 49
CAPÍTULO 111 De la doctrina de la verdad
1. Bienaventurado aquel á quien la verdad por sí mismo enseña, no por figuras y voces que se pasan, sino así como es.
Nuestra estimación y nuestro sentimiento á me- nudo nos engañan y conocen poco.
¿Qué aprovecha la curiosidad de saber cosas obs- cultas y ocultas, pues que por no saberlas no seremos en el día del Juicio reprendidos?
Gran locura es que, dejadas las cosas útiles y ne- cesarias, entendamos con gusto en las curiosas y da- ñosas. Verdaderamente, teniendo ojos no vemos. det ¿Qué se nos da de los géneros y especies de los
¡cos Quel á quien habla el Verbo Eterno, de muchas opiniones se desembaraza.
De aqueste Verbo salen todas las cosas, y todas predican este uno, y éste esel principio que nos habla.
Ninguno entiende ó fuzea sin él rectamente.
Aquel á quien todas las cosas le fueren uno, y tra-
jere á uno, y las viere en uno, podrá ser estable y rme de pr permanecer pacífico en Dios.
¡Oh verdadero Dios; hazme permanecer uno con- tigo en caridad perpetua!
nójame muchas veces leer y oir muchas cosas; en Ti está todo lo que quiero y deseo.
Callen todos los doctores; no me hablen las cria- turas en Tu presencia: háblame Tú solo.
3, Cuando alguno fuere más unido contigo y más sencillo en su corazón, tanto más y mayores cosas entenderá sin trabajo, porque de arriba recibe la luz de la inteligencia.
El espíritu puro, sencillo y constante no se distrae, aunque entienda en muchas cosas, porque todo lo hace á honra de Dios y esfuérzase en estar desocupa- do en si de toda sensualidad.
¿Quién más te impide y molesta que la afición de tu corazón no mortificada?
El hombre pueno y devoto primero ordena dentro de sí las obras que debe hacer de fuera.
Y ellas no le llevan á deseos de inclinación vicio- sa; mas él las trae al albedrío de la recta razón.
¿Quién tiene mayor combate que el que se esfuer- za en vencerse á sí mismo?
Y esto debería ser nuestro negocio; querer ven- cerse á si mismo, y cada día hacerse más fuerte, y aprovechar en mejorarse.
4. Toda la perfección de esta vida tiene consigo cierta imperfección, y toda nuestra especulación no carece de alguna obscuridad.
El humilde conocimiento de ti mismo es más cier- to camino para Dios que escudriñar la profundidad de la ciencia.
No es de culpar la ciencia ni cualquier otro cono- cimiento de lo que en sí considerado es bueno y or- denado de Dios; mas siempre se ha de anteponer la buena conciencia y la vida virtuosa.
Porque muchos estudian más para saber que para bien vivir, y yerran muchas veces, y poco ó ningún fruto hacen,
5. Si tanta diligencia pusiesen en desarraigar los vicios y sembrar las virtudes como en mover cuestio- nes, no se harían tantos males y escándalos en el pue- blo, ni habría tanta disolución en los monasterios.
Ciertamente en el día del Juicio no nos pregunta- rán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien ha blamos, sino cuán honestamente hubiéramos vivido.
Dime: ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros que tú conociste cuando vivían y flore- cían en los estudios?
Ya poseen otros sus rentas, y por ventura no hay quien de ellos se acuerde. En su vida parecian algo: ya no hay de ellos memoria.
6. ¡Oh! ¡Cuán presto se pasa la gloria del mundo! ¡Pluguiera á Dios que su vida concordara con su cien- cia, y entonces hubieran estudiado y leído bien!
¿Cuántos perecen en este siglo por su vana cien- cia, que cuidaron poco del servicio de Dios?
Y porque eligen ser más grandes que humildes, se hacen vanos en sus pensamientos.
Verdaderamente es grande el que tiene grande caridad.
Verdaderamente es grande el que se tiene por pe- queño y tiene en nada la cumbre de la honra.
Verdaderamente es prudente el que todo lo terre- no tiene por estiércol para ganar á Cristo.
Y verdaderamente es sabio aquel que hace la vo- luntad de Dios y deja la suya.
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