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Chapter 2 of 2

Los diez libros de Diógenes Laercio: Sócrates · 2

10. La misma eficacia tenía para persuadir que para disuadir; de manera que, según dice Platón en un Discurso que pronunció sobre la ciencia, trocó a Teeteto de tal suerte, que lo hizo un hombre extraordinario[8]. Queriendo Eutrifón acusar a su padre por haber muerto a un forastero que hospedaba, lo apartó Sócrates del intento por un discurso que hizo concerniente a la piedad. También hizo sobrio a Lisis con sus exhortaciones. Tenía un ingenio muy propio para formar sus discursos según las ocurrencias. Redujo con sus amonestaciones a su hijo Lamprocles a que respetase a su madre, con la cual se portaba duro e insolente, como refiere Jenofonte. Igualmente que removió a Glaucón, hermano de Platón, de meterse en el gobierno de la república según pretendía, para lo cual era inepto; y, por el contrario, indujo a Cármides a que se aplicase a él, conociendo era capaz de ejecutarlo.

11. Avivó el ánimo de Ifícrates, capitán de la república, mostrándole unos gallos del barbero Midas que reñían con los de Calias. Glaucónides lo tenía por tan digno de la ciudad como un faisán o pavo[9]. Decía que «es cosa maravillosa que siendo fácil a cualquiera decir los bienes que posee, no puede decir ninguno los amigos que tiene»: tanta es la negligencia que hay en conocerlos. Viendo a Euclides muy solícito en litigios del foro, le dijo: «¡Oh Euclides!, podrás muy bien vivir con los sofistas, pero no con los hombres». Tenía por inútil y poco decente este género de estudio, como dice Platón en su Eutidemo. Habiéndole dado Cármides algunos criados que trabajasen en su provecho, no los admitió; y hay quien dice que menospreció la belleza de cuerpo de AIcibíades. Loaba el ocio como una de las mejores posesiones, según escribe Jenofonte en su Convite[10]. También decía que «sólo hay un bien, que es la sabiduría, y sólo un mal, que es la ignorancia. Que las riquezas y la nobleza no contienen circunstancia recomendable; antes bien todos los males».

12. Habiéndole dicho uno que la madre de Antístenes fue de Tracia, respondió: «¿Pues creías tú que dos atenienses habían de procrear varón tan grande?» Propuso a Critón rescatase a Fedón que, hallándose cautivo, se veía obligado a ganar el sustento por medios indecentes. Salió, en efecto, de la esclavitud, y lo hizo un ilustre filósofo. Aprendía a tocar la lira cuando tenía oportunidad, diciendo no hay absurdo alguno en aprender cada cual aquello que ignora. Danzaba también con mucha frecuencia, teniendo este ejercicio por muy conducente para la salud del cuerpo, como lo dice Jenofonte en su Convite. Decía asimismo que un genio le revelaba las cosas venideras. «Que el empezar bien no era poco, sino cercano de lo poco. Que nada sabía excepto esto mismo: que nada sabía. Que los que compran a gran precio las frutas tempranas desconfían llegar al tiempo de la sazón de ellas.»

13. Preguntado una vez qué cosa es virtud en un joven, respondió: «El que no se exceda en nada». Decía que «se debe estudiar la geometría hasta que uno sepa recibir y dar tierra medida»[11]. Habiendo Eurípides en la tragedia Auge dicho de la virtud

que es acción valerosa dejarla de repente y sin consejo,

se levantó y se fue diciendo «era cosa ridícula tener por digno de ser buscado un esclavo cuando no se halla, y dejar perecer la virtud». Preguntado si era mejor casarse o no casarse, respondió: «Cualquiera de las dos cosas que hagas te arrepentirás». Decía que «le admiraba ver que los escultores procuraban saliese la piedra muy semejante al hombre, y descuidaban de procurar no parecerse a las piedras». Exhortaba a los jóvenes «a que se mirasen frecuentemente al espejo, a fin de hacerse dignos de la belleza, si la tenían; y si eran feos, para que disimulasen la fealdad con la sabiduría».

14. Habiendo convidado a cenar a ciertas personas ricas, como Jantipa tuviese rubor de la cortedad de la cena, la dijo: «No te aflijas, mujer; pues si ellos son parcos lo sufrirán, y si comilones[12] nada nos importa». Decía que «otros hombres vivían para comer; pero él comía para vivir. Que quien alaba al pueblo bajo se parece a uno que reprobase un tetradracmo[13] y recibiese por legítimos muchos de ellos». Habiéndole dicho Esquines: soy pobre; nada más tengo que mi persona, me doy todo a vos, respondió: «¿Has advertido cuán grande es la dádiva que me haces?» A uno que estaba indignado por hallarse sin autoridad, habiéndole usurpado el mando los treinta tiranos, le dijo: «¿Y qué es lo que en esto te aflige? Que los atenienses, respondió, te han condenado a muerte. Y la Naturaleza a ellos», repuso Sócrates. Algunos atribuyen esto a Anaxágoras. A su mujer, que le decía que moriría injustamente, le respondió: «¿Quisieras acaso tú que mi muerte fuese justa?»

Habiendo soñado que uno le decía:

Tú dentro de tres días a la glebosa Ftía harás pasaje,

dijo a Esquines que «pasados tres días moriría». Estando para beber la cicuta, le trajo Apolodoro un palio muy precioso para que muriese con este adorno, y le dijo Sócrates: «Pues si el mío ha sido bueno para mí en vida, ¿por qué no lo será en muerte?» Habiéndole uno dicho que otro hablaba mal de él, respondió: «Ése no aprendió a hablar bien». Como Antístenes llevase siempre a la vista la parte más rasgada de su palio, le dijo: «Veo por esas aberturas tu vanagloria». A uno que le dijo: «¿No está aquél hablando mal de ti?», respondió: «No, por cierto: nada me toca de cuanto dice». Decía que «conviene exponerse voluntariamente a la censura de los poetas cómicos; pues si dicen la verdad nos corregiremos, y si no nada nos toca su dicho».

15. Habiéndole injuriado de palabras una vez su mujer Jantipa, y después arrojádole agua encima, respondió: «¿No dije yo que cuando Jantipa tronaba ella llovería?» A Alcibíades, que le decía no era tolerable la maledicencia de Jantipa, respondió: «Yo estoy tan acostumbrado a ello como a oír a cada momento el estridor de la polea; y tú también toleras los graznidos de los ánsares». Replicando Alcibíades que los ánsares le ponían huevos y educaban otros ánsares, le dijo: «También a mí me pare hijos Jantipa». Quitóle ésta en una ocasión el palio en el foro, y como los familiares instasen a Sócrates a que castigase la injuria, respondió: «Pardiez, que sería una bella cosa que nosotros riñésemos y vosotros clamaseis: No más Sócrates, no más Jantipa». Decía que «con la mujer áspera se debe tratar como hacen con los caballos falsos y mal seguros los que los manejan; pues así como éstos, habiéndolos domado, usan con más facilidad de los leales, así también yo después de sufrir a Jantipa me es más fácil el comercio con todas las demás gentes».

16. Estas y otras muchas cosas que decía y ejecutaba fueron causa de que la pitonisa testificase de él tan ventajosamente, dando a Querefón aquel oráculo tan sabido de todos:

Sócrates es el sabio entre los hombres.

Esto excitó contra él la envidia de muchos que se tenían también por sabios, infiriendo que el oráculo los declaraba ignorantes. Meleto y Ánito eran de éstos, como dice Platón en el diálogo Menón. No podía Ánito sufrir que Sócrates se burlase de él, e incitó primeramente a Aristófanes contra él; después indujo a Meleto a que lo acusase de impío y corrompedor de la juventud. En efecto, Meleto lo acusó y dio la sentencia Polieucto, según dice Favorino en su Historia varia. Escribió la disertación acusatoria[14] el sofista Polícrates, como refiere Hermipo, o bien Ánito, según otros afirman; pero el orador Licón lo ordenó todo. Antístenes en las Sucesiones de los filósofos y Platón en la Apología dicen que los acusadores de Sócrates fueron tres, a saber: Ánito, Licón y Meleto. Que Ánito instaba en nombre de los artesanos y magistrados del pueblo; Licón por parte de los oradores, y Meleto por la de los poetas, a todos los cuales había reprendido Sócrates. Favorino en el libro II de sus Comentarios dice que no es de Polícrates la disertación contra Sócrates, puesto que en ella se hace mención de los muros de Atenas que restauró Conón; lo cual fue seis años después de la muerte de Sócrates, y así es la verdad.

17. La acusación jurada que, según Favorino, todavía se conserva en el Metroo[15], fue como sigue: «Meleto Piteense, hijo de Meleto, acusa a Sócrates Alopecense, hijo de Sofronisco, de los delitos siguientes: Sócrates quebranta las leyes negando la existencia de los dioses que la ciudad tiene recibidos e introduciendo otros nuevos; y obra contra las mismas leyes corrompiendo la juventud. La pena debida es la muerte».

18. Habiéndole leído Lisias una apología que había escrito en su defensa, respondió: «La pieza es buena, Lisias; pero no me conviene a mí»[16]. Efectivamente, era más una defensa jurídica que filosófica[17]. Preguntándole, pues, Lisias por qué no le convenía la disertación, supuesto que era buena, respondió: «¿Pues no puede haber vestidos y calzares ricos, y a mí no venirme bien?» Justo Tiberiense cuenta en su Crónica que cuando se ventilaba la causa de Sócrates subió Platón al púlpito del tribunal, y que habiendo empezado a decir así: «Siendo yo, oh atenienses, el más joven de los que a este lugar subieron... », fue interrumpido por los jueces, diciendo: «Bajaron, bajaron»; significándole por esto que bajase de allí. Fue, pues, condenado por 281 votos más de los que lo absolvían; y estando deliberando los jueces sobre si convenía más quitarle la vida o imponerle multa, Sócrates dijo daría veinticinco dracmas. Eubúlides dice que prometió cien. Pero viendo desacordes y alborotados a los jueces, añadió: «Yo juzgo que la pena a que debo ser condenado por mis operaciones es que se me mantenga del público en el Pritaneo»[18]. Oído lo cual, se agregaron ochenta votos a los primeros y lo condenaron a muerte. Prendiéronlo luego, y no muchos días después bebió la cicuta, tras acabar un sabio y elocuente discurso que recuerda Platón en su Fedón.

19. Hay quien le atribuye un himno a Apolo, que empieza:

Yo os saludo, Apolo Delio y Diana, ilustres niños.

Pero Dionisiodoro dice que este himno no es suyo. Compuso una fábula como las de Esopo, no muy elegante, que empieza:

Dijo una vez Isopo a los corintios la virtud no juzgasen por la persuasión y voz del pueblo.

Éste fue el fin de Sócrates; pero los atenienses se arrepintieron en tal grado, que cerraron las palestras y gimnasios. Desterraron a algunos, y sentenciaron a muerte a Meleto. Honraron a Sócrates con una estatua de bronce que hizo Lisipo, y la colocaron en el Pompeyo[19]. Los de Heraclea echaron de la ciudad a Ánito el mismo día en que llegó.

20. No fue sólo con Sócrates con quien los atenienses se portaron así, sino también con otros muchos, pues multaron a Homero con cincuenta dracmas, teniéndolo por loco. A Tirteo lo llamaron demente, y lo mismo a Astídamante, imitador de Esquilo, habiéndolo antes honrado con una estatua de bronce. Eurípides en su Palamedes también objeta a los atenienses la muerte de Sócrates, diciendo:

Matasteis, sí, matasteis al más sabio, a la más dulce musa, que a nadie fue molesta ni dañosa.

Esto es así, aunque Filicoro dice que Eurípides murió antes que Sócrates. Nació Sócrates, según Apolodoro en sus Crónicas, siendo arconte Apsefión, el año cuarto de la Olimpíada LXXVII, a 6 de Targelión[20], en cuyo día los atenienses lustran la ciudad, y dicen los delios que nació Diana. Murió el año primero de la Olimpíada XCV, a los setenta años de su edad. Lo mismo dice Demetrio; pero aseguran otros que murió de sesenta años. Ambos fueron discípulos de Anaxágoras, Sócrates y Eurípides. Nació éste siendo arconte Calias, el año primero de la Olimpíada LXXV.

21. Pienso que Sócrates trató también de las cosas naturales, puesto que dice algo de la providencia, según escribe Jenofonte; aunque él mismo asegura que sólo disputó de lo perteneciente a la moral. Cuando Platón en su Apología hace memoria de Anaxágoras y otros físicos, dice de éstos muchas cosas que Sócrates niega, siendo así que todas las suyas las atribuye a Sócrates. Refiere Aristóteles que cierto mago venido de Siria a Atenas reprobó muchas cosas de Sócrates, y le predijo moriría de muerte violenta. El epitafio mío a Sócrates es el siguiente:

Tú bebes con los dioses, oh Sócrates, ahora. Sabio te llamó Dios, que es sólo el sabio. Y si los atenienses la cicuta te dieron, brevemente se la bebieron ellos por tu boca.

22. Aristóteles dice en el libro II de su Poética que Sócrates tuvo disputas con cierto Antióloco de Lemnos y con Anfitrón, intérprete de portentos, al modo que Pitágoras las tuvo con Cidón y con Onata. Sagaris fue émulo de Homero cuando todavía vivía, y después de muerto lo fue Jenofonte Colofonio. Píndaro tuvo sus contenciones con Anfimenes Coo; Tales con Ferecides; Biante con Salaro Prieneo; Pítaco con Antiménides y con Alceo; Anaxágoras con Sosibio; y Simónides con Timocreón.

23. De los sucesores de Sócrates, llamados socráticos, los principales fueron Platón, Jenofonte y Antístenes. De los que llaman los diez, fueron cuatro los más ilustres, a saber: Esquines, Fenón, Euclides y Aristipo. Trataremos primero de Jenofonte. De Antístenes hablaremos entre los cínicos. Luego de los socráticos, y en último lugar de Platón, que es el jefe de las diez sectas e instituidor de la primera Academia. Este será el orden que guardaremos.

24. Hubo otro Sócrates historiador, que describió con exactitud la región argólica. Otro peripatético, natural de Bitinia. Otro poeta epigramático. Y otro natural de Coo, escritor de los sobrenombres de los dioses.

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Los diez libros de Diógenes Laercio: Sócrates · 2 · Life of Socrates (Diogenes Laertius, Lives II 18–47) — Socrates · The Conscious Library