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Plato
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Chapter 4 of 10

EL BANQUETE ó DEL AMOR. · 3

—Te obedeceré, dijo Eriximaco, con tanto más gusto, cuanto tu discurso me ha encantado hasta tal punto que si no conociese cuán elocuentes son en materia de amor Agaton y Sócrates, temeria mucho que habrian de quedar muy por bajo, considerando agotada la materia con lo que se ha dicho hasta ahora. Sin embargo, me prometo aún mucho de ellos.

—Has llenado bien tu cometido, dijo Sócrates; pero si estuvieses en mi lugar en este momento, Eriximaco, y sobre todo despues que Agaton haya hablado, te pondrias tembloroso, y te sentirias tan embarazado como yo.

—Tu quieres hechizarme, dijo Agaton á Sócrates, y confundirme haciéndome creer que esperan mucho los presentes, como si yo fuese á decir cosas muy buenas.

—A fe que seria bien pobre mi memoria, Agaton, replicó Sócrates, si habiéndote visto presentar en la escena con tanta seguridad y calma, rodeado de comediantes, y recitar tus versos sin la menor emocion, mirando con desembarazo á tan numerosa concurrencia, creyese ahora que habias de turbarte delante de estos pocos oyentes.

—¡Ah! respondió Agaton, no creas, Sócrates, que me alucinan tanto los aplausos del teatro, que pueda ocultárseme que para un hombre sensato el juicio de unos pocos sabios es más temible que el de una multitud de ignorantes.

—Seria bien injusto, Agaton, si tan mala opinion tuviera formada de tí; estoy persuadido de que si tropezases con un pequeño número de personas, y te pareciesen sabios, los preferirias à la multitud. Pero quizá no somos nosotros de estos sabios, porque al cabo estábamos en el teatro y formábamos parte de la muchedumbre. Pero suponiendo que te encontrases con otros, que fuesen sabios, ¿no temerias hacer algo que pudiesen desaprobar? ¿Qué piensas de esto?

—Dices verdad, respondió Agaton.

—¿Y no tendrias el mismo temor respecto de la multitud, si creyeses hacer una cosa vergonzosa? Entónces Fedro tomó la palabra y dijo:

—Mi querido Agaton, si continúas respondiendo á Só crates, no se cuidará de lo demás, porque él, teniendo con quien conversar, ya está contento, sobre todo si su interlocutor es hermoso. Sin duda yo tengo complacencia en oir á Sócrates, pero debo vigilar para que el Amor reciba las alabanzas, que le hemos prometido, y que cada uno de nosotros pague este tributo. Cuando hayais cumplido con el dios, podreis reanudar vuestra conversacion.

—Tienes razon, Fedro, dijo Agaton, y no hay inconveniente en que yo hable, porque podré en otra ocasion entrar en conversacion con Sócrates. Voy, pues, á indicar el plan de mi discurso, y luego entraré en materia.

—«Me parece, que todos los que hasta ahora han hablado, han alabado, no tanto al Amor, como á la felicidad que este dios nos proporciona. ¿Y cuál es el autor de tantos bienes? Nadie nos lo ha dado á conocer. Y sin embargo, la única manera debida de alabarle es explicar la naturaleza del asunto de que se trata, y desenvolver los efectos que ella produce. Por lo tanto, para alabar al Amor, es preciso decir lo que es el Amor, y hablar en seguida de sus beneficios. Digo, pues, que de todos los dioses, el Amor, si puede decirse sin ofensa, es el más dichoso, porque es el más bello y el mejor. Es el más bello, Fedro, porque, en primer lugar, es el más jóven de los dioses, y él mismo prueba esto, puesto que en su camino escapa siempre á la vejez, aunque ésta corre harto ligera, por lo ménos más de lo que nosotros deseariamos. El Amor la detesta naturalmente, y se aleja de ella todo lo posible, mientras que acompaña á la juventud y se complace con ella, siguiendo aquella máxima antigua muy verdadera que lo semejante se une siempre á su semejante. Estando de acuerdo con Fedro sobre todos los demás puntos, no puedo convenir con él en cuanto á que el Amor sea más anciano que Saturno y Japet. Sostengo, por el contrario, que es el más jóven de los dioses, y que siempre es jóven. Esas viejas querellas de los dioses, que nos refieren Hesiodo y Parménides, si es que son verdaderas, han tenido lugar bajo el imperio de la Necesidad, y no bajo el del Amor; porque no hubiera habido entre los dioses ni mutilaciones, ni cadenas, ni otras muchas violencias, si el Amor hubiera estado con ellos, porque la paz y la amistad los hubieran unido, como sucede al presente y desde que el Amor reina sobre ellos. Es cierto, que es jóven y además delicado; pero fué necesario un poeta, como Homero, para expresar la delicadeza de este dios. Homero dice que Ate es diosa y delicada. «Sus piés, dice, son delicados, porque no los posa nunca en tierra, sino que marcha sobre la cabeza de los hombres[14].» »Creo que queda bastante probada la delicadeza de Ate, diciendo que no se apoya sobre lo que es duro, sino sobre lo que es suave. Me serviré de una prueba análoga para demostrar cuán delicado es el Amor. No marcha sobre la tierra, ni tampoco sobre las cabezas, que por otra parte no presentan un punto de apoyo muy suave, sino que marcha y descansa sobre las cosas más tiernas, porque es en los corazones y en las almas de los dioses y de los hombres donde fija su morada. Pero no en todas las almas, porque se aleja de los corazones duros, y sólo descansa en los corazones delicados. Y como nunca toca con el pié ni con ninguna otra parte de su cuerpo sino en lo más delicado de los séres más delicados, necesariamente ha de ser él de una delicadeza extremada; y es, por consiguiente, el más jóven y el más delicado de los dioses. Además es de una esencia sutil; porque no podria extenderse en todas direcciones, ni insinuarse, desapercibido, en todas las almas, ni salir de ellas, si fuese de una sustancia sólida; y lo que obliga á reconocer en él una esencia sutil, es la gracia, que, segun comun opinion, distingue eminentemente al Amor; porque el amor y la fealdad están siempre en guerra. Como vive entre las flores, no se puede dudar de la frescura de su tez. Y, en efecto, el Amor jamás se detiene en lo que no tiene flores, ó que las tiene ya marchitas, ya sea un cuerpo ó un alma ó cualquiera otra cosa; pero donde encuentra flores y perfumes, allí fija su morada. Podrian presentarse otras muchas pruebas de la belleza de este dios, pero las dichas bastan. Hablemos de su virtud. La mayor ventaja del Amor es que no puede recibir ninguna ofensa de parte de los hombres ó de los dioses, y que ni dioses ni hombres pueden ser ofendidos por él, porque si sufre ó hace sufrir es sin coaccion, siendo la violencia incompatible con el amor. Solo de libre voluntad se somete uno al Amor, y á todo acuerdo, concluido voluntariamente, las leyes, reinas del Estado, lo declaran justo. Pero el Amor no sólo es justo, sino que es templado en alto grado, porque la templanza consiste en triunfar de los placeres y de las pasiones; ¿y hay un placer por cima del Amor? Si todos los placeres y todas las pasiones están por bajo del Amor, precisamente los domina; y si los domina, es necesario que esté dotado de una templanza incomparable. En cuanto á su fuerza, Marte mismo no puede igualarle, porque no es Marte el que posee el Amor, sino el Amor el que posee á Marte, el Amor de Venus, como dicen los poetas; porque el que posee es más fuerte que el objeto poseido; y superar al que supera á los demás, ¿no es ser el más fuerte de todos?

Despues de haber hablado de la justicia, de la templanza y de la fuerza de este dios, resta probar su habilidad. Tratemos de llenar en cuanto sea posible este vacío. Para honrar mi arte, como Eriximaco ha querido honrar el suyo, diré que el Amor es un poeta tan entendido, que convierte en poeta al que quiere; y esto sucede áun cuando sea uno extraño á las Musas, y en el momento que uno se siente inspirado por el Amor; lo cual prueba que el Amor es notable en esto de llevar a cabo las obras que son de la competencia de las Musas, porque no se enseña lo que se ignora, como no se da lo que no se tiene. ¿Podrá negarse que todos los seres vivos son obra del Amor bajo la relacion de su produccion y de su nacimiento? ¿Y no vemos que en todas las artes el que ha recibido lecciones del Amor se hace hábil y célebre, mientras que se queda en la oscuridad el que no ha sido inspirado por este dios? A la pasion y al Amor debe Apolo la invencion de la medicina, de la adivinacion, del arte de asaetear; de modo que puede decirse que el Amor es el maestro de Apolo; como de las Musas, en cuanto á la música; de Vulcano, respecto del arte de fundir los metales; de Minerva, en el de tejer; de Júpiter, en el de gobernar á los dioses y á los hombres. Si se ha restablecido la concordia entre los dioses, hay que atribuirlo al Amor, es decir, á la belleza, porque el amor no se une á la fealdad. Antes del Amor, como dije al principio, pasaron entre los dioses muchas cosas deplorables bajo el reinado de la Necesidad. Pero en el momento que este dios nació, del amor á lo bello emanaron todos los bienes sobre los dioses y sobre los hombres. Hé aquí, Fedro, por qué me parece que el Amor es muy bello y muy bueno, y que además comunica á los otros estas mismas ventajas. Terminaré con un himno poético.

El Amor es el que da «paz á los hombres, calma á los mares, silencio á los vientos, lecho y sueño á la inquietud.» Él es el que aproxima á los hombres, y los impide ser extraños los unos á los otros; principio y lazo de toda sociedad, de toda reunion amistosa, preside á las fiestas, á los coros y á los sacrificios. Llena de dulzura y aleja la rudeza; excita la benevolencia é impide el odio. Propicio á los buenos, admirado por los sabios, agradable á los dioses, objeto de emulacion para los que no lo conocen aún, tesoro precioso para los que le poseen, padre del lujo, de las delicias, del placer, de los dulces encantos, de los deseos tiernos, de las pasiones; vigila á los buenos y desprecia á los malos. En nuestras penas, en nuestros temores, en nuestros disgustos, en nuestras palabras es nuestro consejero, nuestro sosten, y nuestro salvador. En fin, es la gloria de los dioses y de los hombres, el mejor y más precioso maestro, y todo mortal debe seguirle y repetir en su honor los himnos de que él mismo se sirve, para derramar la dulzura entre los dioses y entre los hombres. A este dios ¡oh Fedro! consagro este discurso que ha sido ya festivo, ya serio, segun me lo ha sugerido mi propio ingenio.»

Cuando Agaton hubo concluido su discurso, todos los presentes aplaudieron y declararon que habia hablado de una manera digna del dios y de él. Entónces Sócrates, dirigiéndose á Eriximaco, dijo:

—Y bien, hijo de Acumenes, ¿no tenía yo razon para temer, y no fuí buen profeta, cuando os anuncié, que Agaton haria un discurso admirable, y me pondria á mí en un conflicto?

—Has sido buen profeta, respondió Eriximaco, al anunciarios que Agaton hablaria bien; pero creo que no lo has sido al predecir que te verias en un conflicto.

—¡Ah! querido mio, repuso Sócrates, ¿quién no se ve en un conflicto, teniendo que hablar despues de oir un discurso tan bello, tan variado y tan admirable en todas sus partes, y principalmente en su final, cuyas expresiones son de una belleza tan acabada, que no se las puede oir sin conmoverse? Me siento tan incapaz de decir algo tan bello, que lleno de vergüenza, habria abandonado el puesto, si hubiera podido, porque la elocuencia de Agaton me ha recordado á Gorgias, hasta el punto de sucederme realmente lo que dice Homero: temia que Agaton, al concluir, lanzase en cierta manera sobre mi discurso la cabeza de Gorgias[15], este orador terrible, petrificando mi lengua. Al mismo tiempo he conocido que ha sido una ridiculez el haberme comprometido con vosotros á celebrar á mi vez el Amor, y el haberme alabado de ser sabio en esta materia, yo que no sé alabar cosa alguna. En efecto, hasta aquí he estado en la inocente creencia de que en un elogio sólo deben entrar cosas verdaderas; que esto era lo esencial, y que despues sólo restaba escoger, entre estas cosas, las más bellas, y disponerlas de la manera más conveniente. Tenia por esto gran esperanza de hablar bien, creyendo saber la verdadera manera de alabar. Pero ahora resulta que este método no vale nada; que es preciso atribuir las mayores perfecciones al objeto, que se ha intentado alabar, pertenézcanle ó nó, no siendo de importancia su verdad ó su falsedad; como si al parecer hubiéramos convenido en figurar que cada uno de nosotros hacia el elogio del Amor, y en realidad no hacerlo. Por esta razon creo yo atribuís al Amor todas las perfecciones, y ensalzándole, le haceis causa de tan grandes cosas, para que aparezca muy bello y muy bueno, quiero decir, á los ignorantes, y no ciertamente á las personas ilustradas. Esta manera de alabar es bella é imponente, pero me era absolutamente desconocida, cuando os dí mi palabra. Mi lengua y no mi corazon es la que ha contraido este compromiso[16]. Permitidme romperlo, porque no me considero en posicion de poder hacer un elogio de este género. Pero si lo quereis, hablaré á mi manera, proponiéndome decir sólo cosas verdaderas, sin aspirar á la ridícula pretension de rivalizar con vosotros en elocuencia. Mira, Fedro, si te conviene oir un elogio, que no traspasará los límites de la verdad, y en el cual no habrá refinamiento ni en las palabras ni en las formas.

Fedro y los demás de la reunion le manifestaron, que podia hablar como quisiera.

—Permíteme aún, Fedro, replicó Sócrates, hacer algunas preguntas á Agaton, á fin de que con su asentimiento pueda yo hablar con más seguridad.

—Con mucho gusto, respondió Fedro, no tienes más que interrogar.

Dicho esto, Sócrates comenzó de esta manera.

—Te ví, mi querido Agaton, entrar perfectamente en materia, diciendo que era preciso mostrar primero cuál es la naturaleza del Amor, y en seguida cuáles son sus efectos. Apruebo esta manera de comenzar. Veamos ahora, despues de lo que has dicho, todo bello y magnífico, sobre. la naturaleza del Amor, algo más aún. Dime: ¿el Amor es el amor de alguna cosa ó de nada?[17]. No te pregunto si es hijo de un padre ó de una madre, porque seria una pregunta ridícula. Si, por ejemplo, con motivo de un padre, te preguntase si es ó nó padre de alguna cosa, tu respuesta, para ser exacta, deberia ser que es padre de un hijo ó de una hija; ¿no convienes en ello?

—Sí, sin duda, dijo Agaton.

—¿Y lo mismo seria de una madre?

Agaton convino en ello.

—Permite aún, dijo Sócrates, que haga algunas preguntas para poner más en claro mi pensamiento: un hermano, á causa de esta misma cualidad, ¿es hermano de alguno ó no lo es?

—Lo es de alguno, respondió Agaton.

—De un hermano ó de una hermana.

Convino en ello.

—Trata, pues, replicó Sócrates, de demostrarnos si el Amor es el amor de nada ó si es de alguna cosa.

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