Chapter 62 of 80
IV. · 2
—En el momento en que se hace intervenir a la divina Providencia, no hay más que hablar—replicó con tono agrio Raskolnikoff.
—¡Dígame usted lo que tenga que decirme!—exclamó Sonia angustiada—. ¿Otra vez con palabras encubiertas?... ¿Ha venido usted sólo a atormentarme?
No pudo contenerse y se puso a llorar. Durante cinco minutos el joven la contempló con expresión sombría.
—Tienes razón, Sonia—dijo en voz baja.
Se había operado en él un brusco cambio; su fingida serenidad, el tono áspero que afectaba hacía un momento, había desaparecido de pronto. Ahora, apenas se le oía.
—Te dije ayer que no vendría a pedir perdón, y casi con excusas he comenzado mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me acusaba, Sonia.
Quiso sonreír; pero, por más que hizo, su fisonomía permaneció triste. Bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. De repente creyó advertir que detestaba a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por tan extraño descubrimiento, levantó súbitamente la cabeza y contempló de hito en hito a la joven. Esta fijaba en él una mirada ansiosa, en la cual había amor. El odio desapareció instantáneamente del corazón de Raskolnikoff. No era eso, ha[206]bíase engañado sobre la naturaleza de sus sentimientos; aquello sólo significaba que había llegado el minuto fatal.
De nuevo ocultó su rostro entre las manos y bajó la cabeza; palideció, se levantó, y después de haber mirado a Sonia, fué maquinalmente a sentarse en el lecho sin proferir palabra.
La impresión de Raskolnikoff era entonces exactamente la misma que había experimentado en pie, detrás de la vieja, cuando había sacado el hacha del nudo corredizo, diciendo: «No hay un instante que perder».
—¿Qué tiene usted?—preguntó Sonia sobrecogida.
El joven no pudo responder. Había contado con explicarse en muy otras condiciones y no comprendía lo que pasaba por él. Sonia se aproximó suavemente a Raskolnikoff; se sentó a su lado en la cama, y esperó sin dejar de mirarlo. El corazón le latía como si fuera a romperse. La situación se hacía insoportable. Raskolnikoff volvió hacia la joven su rostro, mortalmente pálido, y movió los labios con esfuerzo para hablar. Sonia estaba aterrada.
—¿Qué tiene usted?—repitió apartándose un poco de él.
—Nada, Sonia; no te asustes; esto no vale la pena. Verdaderamente, es una tontería—murmuró con aire distraído—. ¿Por qué he venido a atormentarte?—añadió de repente mirando a su interlocutora—. Sí, ¿por qué? No ceso de hacerme esta pregunta.
Se la había hecho quizá un cuarto de hora antes; pero en aquel momento era tal su debilidad, que apenas tenía conciencia de sí mismo; un temblor continuo agitaba su cuerpo.
—¡Cuánto sufre usted!—dijo la joven conmovida fijando los ojos en él.
—Esto no es nada. He aquí de lo que se trata, Sonia. (Durante dos segundos sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer?
Sonia esperaba inquieta.
—Te dije, al separarme de ti, que quizá te diría adiós para siempre; pero, que si venía hoy, sabrías quién fué el que mató a Isabel.
La joven se echó a temblar.
—Pues bien; ya sabes a lo que he venido.
—En efecto—dijo Sonia con voz temblorosa—; eso fué lo que me dijo usted ayer. ¿Cómo sabe usted eso?—añadió vivamente.
Sonia respiraba trabajosamente y el rostro se le ponía cada vez más pálido.
—Yo lo sé.
—¿Se le ha encontrado?—preguntó tímidamente después de un minuto de silencio.
—No, no se le ha encontrado.
Siguióse un corto silencio.
—Entonces, ¿cómo lo sabe usted?—preguntó con voz casi ininteligible.
Raskolnikoff se volvió hacia la joven y la miró con una fijeza singular.
—Adivina—dijo.
Sonia se estremeció convulsivamente.
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