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The ConsciousLibrary

Chapter 54 of 80

IV. · 6

Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?

«Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la locura»—pensó—. ¡Lee!—gritó de repente con acento irritado.

Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la pobre «loca».

—¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?—murmuró con voz ahogada.

—Quiero que leas—insistió él—; bien le leías a Isabel...

Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de leer y no pudo articular la primera sílaba.

«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa. Faltaba el aliento a su pecho oprimido.

Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía, sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos, no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer, sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff... Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19.

«Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús—: Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.»

La joven hizo aquí una pausa para[166] triunfar de la emoción que hacía temblar de nuevo su voz...

«Dícele Jesús—: Tu hermano resucitará. Marta dijo—: Yo sé que resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que crea en Mí, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente. ¿Crees tú en esto? Ella le dijo:»

(Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.)

«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has venido al mundo.»

Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear, apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó leyendo hasta el versículo 32.

«Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus pies y le dijo—: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y turbóse y dijo—: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron—: Señor, ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces—: Mirad cómo le amaba; y algunos dijeron—: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, hacer que éste no muriese?»

Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era, efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también, dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza.

«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús—: Quitad la piedra. Marta, hermana del muerto, le dice—: Señor, hiede ya, que es de cuatro días.»

Sonia subrayó la palabra cuatro.

«Jesús la respondió—: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto, y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta—: ¡Padre mío, gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz—: ¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús—: Desatadle y dejadle ir.

»Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El.»

La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se levantó.

—Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro—dijo en voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.

Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se levantó y se acercó a Sonia.

—He venido para hablarte de una cosa—dijo en alta voz, frunciendo el entrecejo.

La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza particular, expresaba una resolución feroz.

—Hoy—prosiguió—, he renunciado a todo género de relaciones con mi madre[167] y con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre los míos y yo está ya consumada.

—¿Por qué?—preguntó asombrada Sonia.

Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una especie de terror.

—Ahora no tengo en el mundo más que a ti—respondió él—. Partamos juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos juntos.

Le relampagueaban los ojos.

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IV. · 6 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library