Chapter 53 of 80
IV. · 5
—El lo hace todo—murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo.
«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida, angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está loca!», repetía para sí.
Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.
—¿Quién te ha dado esto?—preguntó a Sonia desde el otro lado de la habitación.
La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo:
—Me lo han prestado.
—¿Quién?
—Isabel; se lo pedí yo.
«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.
Todo en casa de Sonia tomaba a sus[165] ojos un aspecto más extraordinario. Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo.
—¿En qué parte habla de Lázaro?—preguntó bruscamente.
Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio. Se había separado un poco de la mesa.
—¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia.
La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor.
—No está ahí... Está en el cuarto Evangelio—dijo secamente sin moverse de su sitio.
—Busca ese pasaje y léemelo—dijo, y después se sentó, apoyó los codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire sombrío, se dispuso a escuchar.
Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó el libro.
—¿Acaso no lo ha leído usted nunca?—preguntó, mirando al joven de soslayo.
—Sí... en mi niñez.
—¿No lo ha oído usted en la iglesia?
—Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo?
—No—balbució Sonia.
Raskolnikoff sonrió.
—Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre?
—Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de Requiem.
—¿Por quién?
—Por Isabel; la mataron a hachazos.
Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza se le iba.
—¿Tratabas a Isabel?
—Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios.
Use the ← → keys to move between chapters.