Chapter 34 of 80
VII. · 6
—Escucha, Razumikin—dijo Raskolnikoff—. Quiero hablarte con franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario... He dado allí todo mi dinero... y además de eso hace un instante he sido besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien... en una palabra, he visto allí también a una joven... con una pluma color de fuego, pero divago; estoy muy débil, sostenme... Aquí está la escalera.
—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?—preguntó Razumikin alarmado.
—La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira...
—¿Qué he de mirar?
—¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija?
Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la habitación de Raskolnikoff había luz.
—Es extraño.
—Estará quizá en ella Anastasia—observó Razumikin.
—No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy temprano; pero, ¿qué importa? Adiós.
—¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos.
—Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.
—¿Qué te pasa, Rodia?
—Nada. Subamos y tú serás testigo...
Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff tenía quizás razón.
—Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla—dijo para sí.
Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación.
—¿Qué es esto?—exclamó Razumikin.
Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en el umbral como petrificado.
Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media hora.
La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos. Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos, llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se tambaleó y cayó desvanecido al suelo.
Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.
—No es nada, no es nada—dijo a la madre y a la hermana—. Esto es un desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua! Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí.
Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia obligándola a inclinarse sobre el sofá para comprobar que, en efecto, su hermano volvía en sí.
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