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The ConsciousLibrary

Chapter 31 of 80

VII. · 3

—¿Qué?—gritó Catalina Ivanovna.

—¡No tiene calzado!—y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los pies desnudos de la niña.

—¡Cállate!—replicó con tono irritado Catalina Ivanovna—: demasiado sabes que no tiene calzado...

—¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!—dijo gozosamente Raskolnikoff.

Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado[97] por Catalina Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una extensión de treinta pasos.

—Es asombroso que esté todavía vivo—murmuró en voz baja el doctor dirigiéndose a Raskolnikoff.

—¿Qué le parece a usted?—preguntó este último.

—Caso perdido.

—¿No hay esperanza?

—Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá de seguro dentro de cinco a seis minutos.

—Sángrele usted, sin embargo.

—Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada.

Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada. Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El médico accedió encogiéndose de hombros.

Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar. El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.

En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana, atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo:

—Ahí viene; la he encontrado por la calle.

Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano, aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de paja, adornado con una pluma brillantemente roja.

Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros. Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka, estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas pa[98]labras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos. Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se quedó cerca de la puerta.

Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.

—¡Qué va a ser de ellos!—interrumpió la mujer con amargura mostrando sus hijos.

—Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del Altísimo—replicó el eclesiástico.

—¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!

—Eso es un pecado, señora, un pecado—observó el sacerdote moviendo la cabeza.

—¿Y esto no es un pecado?—replicó vivamente Catalina Ivanovna mostrando al moribundo.

—Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material.

—Usted no me comprende—replicó con tono irritado Catalina Ivanovna—. ¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna! ¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para nosotras!

—Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado, señora, un gran pecado.

Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del eclesiástico la pusieron hecha una furia.

—¡Eh, batuchka! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta, hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de perdón! Además, le he perdonado.

Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba ensangrentado.

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VII. · 3 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library