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The ConsciousLibrary

Chapter 26 of 80

VI. · 6

—¿Te ha hablado?

—Sí.

—¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate.

Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero en medio de la escalera se detuvo.

—¡Por vida de...!—continuó casi en voz alta—. Habla con lucidez y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre? Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo—y se llevó el dedo a la frente—. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar—y echó a correr en busca de Raskolnikoff.

Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al Palacio de Cristal para interrogar cuanto antes a Zametoff.

Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua, contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.

—Sea, pues—dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la oficina de policía.

Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo».

—Después de todo, lo mismo da una solución que otra—pensaba avanzando lentamente por el muelle del canal—. Por lo menos, el desenlace depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!; quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...

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Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo, reflexionó un instante y entró en el pereulok. Después anduvo sin rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza y advirtió que estaba en la puerta de aquella casa. No había pasado por allí desde el día del crimen.

Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»—pensó el joven—. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey: está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos escalones y entró.

Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él; quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la ventana y se sentó en el poyo.

No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas. Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff, el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en extremo tales variaciones.

Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del visitante, continuaron su conversación.

Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad, Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana.

El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente, dirigiéndose a él, le dijo:

—¿Qué hace usted ahí?

En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido. Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.

—¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?—gritó el obrero encarándose con él.

Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.

—Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta—respondió.

—No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber subido acompañado del dvornik.

—Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?—prosiguió Raskolnikoff—. ¿No hay sangre?

—¿Cómo sangre?

—Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar de sangre.

—¿Quién eres tú?—gritó el obrero asustado.

—¿Yo?

—Sí.

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VI. · 6 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library