Chapter 25 of 80
VI. · 5
Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.
—Pero, ¿es eso posible?—dijo con voz que apenas podía ser entendida.
Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.
—Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted?
—No, de ninguna manera—se apresuró a decir Zametoff—. Usted me ha asustado para sugerirme esa idea.
—¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante Pólvora me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?—gritó al mozo levantándose y tomando la gorra.
—Treinta kopeks—respondió éste, acudiendo a la llamada del parroquiano.
—Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero tengo—, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes—: ¿los ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista.
Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas; pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción.
Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo. Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas sobre «cierto punto»; estaba despistado.
—Ilia Petrovitch es un imbécil—dijo por último.
Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada. Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos llamaradas verdaderas de cólera.
—¿De modo que has venido aquí?—dijo con voz tonante—. ¡Pues no se ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá! ¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad. Confiesa...
—Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero estar solo—respondió fríamente Raskolnikoff.
—¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al Palacio de Cristal? Confiésamelo en seguida.
—Déjame pasar—replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse.
Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a su amigo por el brazo, le dijo:
—¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave.
—Escucha, Razumikin—dijo sin levantar la voz y con tono en la apariencia muy tranquilo—; ¿qué he de hacer para que comprendas que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar a la gente? Te juro que todo esto[90] impide mi curación, teniéndome en una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!...
Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su amigo.
—Bueno. ¡Vete, con mil diablos!—dijo con voz que no había perdido toda vehemencia.
Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato gritó Razumikin:
—¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia, pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil, vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá Zosimoff... ¿vendrás?
—No.
—Pero esto es absurdo—replicó vivamente Razumikin—. ¿Qué sabes tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres. Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.
—No iré, Razumikin—contestó Raskolnikoff alejándose.
—Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese—le gritó su amigo—. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?
—Sí.
—¿Te ha visto?
—Sí.
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