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The ConsciousLibrary

Chapter 24 of 80

VI. · 4

—¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?—dijo Zametoff casi asustado.

El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus propias barbas.

—O usted está loco, o...—comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si cruzara por su mente una idea repentina.

—O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase.

—No—replicó Zametoff—; todo eso es absurdo.

Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad, Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo.

De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber olvidado por completo la presencia de Zametoff.

—¿Por qué no toma usted el te?—dijo, al fin éste—. Va a enfriarse.

—¿Qué?... ¿el te?... Bueno.

Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona que tenía antes y continuó tomando el te.

—Los delitos de todo género son ahora muy numerosos—apuntó Zametoff—. Precisamente hace poco leí en la Moskovskia Viedomosti que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos, toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de billetes del Banco.

—¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!—respondió flemáticamente Raskolnikoff—. ¿De modo que usted supone que son estafadores?

—¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?

—¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso, tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la[88] asociación esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así. Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible.

—¿Que le tiemblan las manos?—replicó Zametoff—. Pues me parece muy natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran claramente.

Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff.

—¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted ahora—exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al jefe de la Cancillería.

—No tenga usted cuidado, se le descubrirá.

—¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana; luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese, escaparía a las investigaciones de ustedes.

—El hecho es que todos se conducen del mismo modo—respondió Zametoff—. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted. Usted, es claro, no iría a la taberna.

Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff.

—¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?—preguntó con tono malhumorado.

—Sí—replicó con energía el jefe de la Cancillería.

—¿Tiene usted mucho empeño?

—Sí.

—Pues bien, he aquí lo que yo haría—comenzó a decir Raskolnikoff, bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de temblar—. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo. Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso, levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido, y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos.

—Usted está loco—respondió Zametoff.

Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban. Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra. Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía, pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa confesión.

[89]

—¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?—dijo de repente; pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.

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VI. · 4 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library