Chapter 23 of 80
VI. · 3
—Es más charlatán...
—¿Quién? ¿Pólvora?
—No, Razumikin...
—Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted el Champagne?
—¿Por qué me lo habían de regalar?
—A título de honorarios. Usted saca partido de todo—dijo con sorna Raskolnikoff—. No se incomode usted, querido amigo—añadió dando un golpecito en el hombro a Zametoff—. Lo que le digo a usted es sin malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.
—Pero, ¿usted cómo sabe eso?
—Lo sé quizá mejor que usted.
—¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho mal en salir...
—¿Me encuentra usted raro?
—Sí. ¿Qué es lo que usted leía?
—Periódicos.
—Ha habido estos días muchos incendios.
—No me importan los incendios—repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff con aire singular y con sonrisa burlona—. No, no son los incendios lo que me interesa—continuó guiñando los ojos—. Pero confiese usted, querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.
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—No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...
—Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?
—He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso inclusive—respondió con cierto orgullo Zametoff.
—Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un hombre rico y muy guapo.
Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero sí sorprendido.
—¡Qué original es usted!—repitió con tono muy serio Zametoff—. Me parece que sigue usted delirando.
—¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la curiosidad?
—Sí.
—¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos? Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar, ¿no es eso?
—Vamos, diga usted.
—Usted cree haber levantado la liebre.
—¿Qué liebre?
—Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles relativos al asesinato de la vieja prestamista.
Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza. Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto se estuviesen mirando sin decir palabra.
—¿Sabe usted?—continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la exclamación de Zametoff—se trata de aquella misma vieja de la cual se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende usted ahora?
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