Chapter 22 of 80
VI. · 2
Bruscamente se aproximó un mujik, medio ebrio, con el capote desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.
—Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser chatas—dijo el mujik—. ¡Oh, qué hermosuras!
—Entra, puesto que has venido.
—Entraré, preciosa—y descendió al cafetín.
Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.
—Escuche usted, barin[15]—le gritó la joven cuando nuestro héroe volvía ya la espalda.
—¿Qué?
—Querido barin, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks para echar un trago, amable caballero.
Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks.
—¡Ah! ¡Qué bueno es usted!
—¿Cómo te llamas?
—Pregunte usted por Duklida.
—¡Qué desfachatez!—dijo bruscamente una de las mujeres que se encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de cabeza—. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza.
Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.
«¿En dónde he leído yo—pensaba Raskolnikoff alejándose—, que se concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama cobarde!»—añadió al cabo de un instante.
Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la muestra de un café: «¡Hola! El Palacio de Cristal. Poco ha me habló de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí, leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...»
—¿Tienen ustedes periódicos?—preguntó entrando en un salón muy espacio[86]so y bastante bien decorado, donde había poca gente.
Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro personas, sentadas a una mesa, bebían Champagne. Raskolnikoff creyó reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía distinguirlo bien.
«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo.
—¿Quiere usted aguardiente?—preguntó el mozo.
—Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco días, te daré buena propina.
—Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente?
Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se puso a buscar.
—Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas. Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo... ¡Ah! Aquí está.
Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros números.
Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada la camisa.
El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con satisfacción y franqueza. Por efecto del Champagne que había bebido, tenía el moreno rostro bastante enrojecido.
—¡Cómo! ¿Usted aquí?—exclamó con asombro y con el tono que hubiera usado para saludar a un antiguo camarada—. ¡Si ayer mismo Razumikin me dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su casa...
Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación.
—Me han hablado de su visita—contestó—; usted buscó mi bota. Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día. ¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante Pólvora, y él no hacía caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh?
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