Chapter 14 of 80
I. · 5
—Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las leyes.
—¡Si no debo nada a nadie!
—Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio, protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a usted para tomarle declaración.
—Pero desde el momento que se trata de mi patrona...
—¿Qué importa que sea la patrona de usted?
El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores. ¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas? Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel momento todo su ser.
En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta, inmediata, puramente instintiva.
De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría. El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida sonrisa.
—Y di tú, bribona—gritó el ayudante (la señora de luto se había retirado ya)—, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada? ¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras! ¡Estás empeñada en dar con tus huesos[56] en la cárcel! Te he advertido ya diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me agota la paciencia!
El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba, y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír.
—Ilia Petrovitch—comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería inoportuna, se detuvo.
Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada podía contenerlo.
En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña, a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas reverencias y esperaba que se la dejase hablar.
—En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor capitán—se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)—. No, señor, no hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que, como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el dvornick, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta, y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco. ¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos, señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha armado todo el escándalo.
—¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...
—¡Ilia Petrovitch!—volvió a decir en tono significativo el jefe de la Cancillería.
El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente la cabeza.
—Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra, respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo!
Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro; pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho dando saltitos.
—¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba, el huracán!—dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a su ayudante—. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te has disparado. Te he oído desde la escalera.
—¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?—repuso negligentemente Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa—. Ese caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es citado ante el comisario y se[57] escandaliza porque enciendo un cigarro en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está. ¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna?
—Pobreza no es vicio, amigo mío—replicó Nikodim Fomitch—. Sabemos perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha podido contenerse—prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff—; pero se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento le llamábamos «el oficial pólvora...»
—¡Qué regimiento aquél!—exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado.
Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos.
—Perdóneme usted, capitán—comenzó a decir en tono melifluo, dirigiéndose a Nikodim Fomitch—. Póngase usted en mi lugar. Estoy pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.
—Eso no es de mi incumbencia—observó de nuevo el jefe de la Cancillería.
—Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique—...replicó Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch, aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera absorto en sus papeles—. Permítanme ustedes que les diga que vivo en casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.
—No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no tenemos tiempo de escuchar—interrumpió groseramente Ilia Petrovitch; pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo hablar.
—Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus; yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento, continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma! ¿Qué les parece a ustedes?
—Todos esos pormenores patéticos no nos interesan—replicó con insolencia Ilia Petrovitch—. Tiene usted que prestar la declaración y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver con ellos.
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