Chapter 13 of 80
I. · 4
Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto, denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía lo que este funcionario le dictaba.
La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud expectante.
Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó sobre él una rápida ojeada y dijo:
—Espere usted un poco—y siguió dictando a la señora de luto.
El joven respiró con más libertad.
—Indudablemente no se me llama para aquello. Poco a poco recobraba valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo.
—La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme... es un mal que no haya aire aquí—añadió—; se ahoga uno y mi razón vacila...
Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad; vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en francés y se quedó tan satisfecho.
—Tome usted asiento, Luisa Ivanovna—dijo a la señora lujosa, que permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al lado.
—Itch danke—respondió la señora sentándose y ahuecando con un ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.
Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro, guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho; pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada; sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra galoneada y se sentó en una butaca.
Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse.
Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la mirada del oficial, que éste se ofendió.
—¿Qué se te ofrece?—dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.
—Se me ha hecho venir... He sido citado—balbució Raskolnikoff.
—Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda—se apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus papelotes—. Entérese usted—y presentó un cuaderno a Raskolnikoff señalándole una parte de lo escrito—. Lea usted.
—¿Dinero? ¿Qué dinero?—pensó el joven sorprendido y alegre al mismo tiempo—. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir aquí?
Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...
—¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?—le preguntó el[55] ayudante, cuyo mal humor iba en aumento—. Se le cita a usted a las nueve y son más de las once.
—Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora—replicó vivamente Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se abandonaba con placer—; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo, aquí me tienen ustedes.
—¡No grite usted!
—No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy estudiante y no permito que se me hable de este modo.
Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su asiento y dijo:
—¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted insolente!
—También lo está usted—replicó Raskolnikoff con violencia—, y no contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta usted a todos al respeto.
Pronunció estas palabras con indecible satisfacción.
El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El fogoso ayudante se quedó con la boca abierta.
—Eso no le importa a usted—respondió levantando aún más la voz a fin de ocultar su cortedad—; preste la declaración que se le pide. Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro!
Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel, impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos veces, sin comprender nada.
—¿Qué es esto?—preguntó al jefe de la Cancillería.
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