Chapter 12 of 80
I. · 3
—¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y hoy precisamente!—se dijo, presa de la más viva ansiedad—. ¡Señor, haced que esto acabe lo más pronto posible!
En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente.
—Voy yo mismo a meterme en la bo[53]ca del lobo... Pues bien, tanto peor, me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al polvo de la calle, se advertirán menos las manchas.
Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner riéndose otra vez.
—Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo único que puede haber son conjeturas, suposiciones y nada más.
Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, no le impedía temblar.
—¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo.
Al abatimiento siga la hilaridad.
—No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan... ¡Esto es miedo!
Le dolía la cabeza a causa del calor.
—Es un lazo que se me tiende, lo sé. Se valen de la astucia para atraerme, y cuando esté allí descubrirán de repente sus baterías—continuaba diciéndose al tiempo que se aproximaba a la escalera—. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna tontería.
Ya en la escalera pensó que los objetos robados en casa de la usurera estaban mal ocultos en el sitio que los había puesto.
—Quizá me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia.
Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdición, por decir así, con tal cinismo, que esta preocupación le detuvo apenas un minuto.
—¡Con tal de que se acabe pronto!
Al llegar a la esquina de la calle que había doblado la víspera, dirigió furtivamente una mirada inquieta a la casa; pero al punto volvió la vista.
—Si me interrogan quizá confiese—pensaba al aproximarse a la oficina.
Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisaría en el cuarto piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes de que la policía se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven había sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin importancia, y de esto había transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar en el patio vió a un mujick con un libro en la mano, que bajaba una escalera situada a la derecha.
—Debe de ser un dvornik; por consiguiente, es aquí donde se encuentra la oficina.
Subió al azar; no quería preguntar a nadie.
—Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo—pensaba mientras subía al cuarto piso.
La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el día, lo cual hacía que el calor fuera sofocante. Subían y bajaban los dvorniks con sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de policía e individuos de uno u otro sexo, que sin duda tenían asuntos en la oficina. La puerta de la comisaría estaba también abierta de par en par.
Raskolnikoff entró y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos mujicks. Allí, como en la escalera, el calor era asfixiante. Además, el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza que daba náuseas. Después de una corta espera decidióse a entrar en el departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeñas y bajas. El joven estaba cada vez más impaciente por saber a qué atenerse. Nadie hacía caso de él. En la segunda habitación trabajaban varios escribientes, vestidos poco más o menos como él estaba. Todos tenían extraño aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de ellos.
—¿Qué se le ofrece?
El joven mostró la citación enviada por la comisaría.
—¿Es usted estudiante?—preguntó el escribiente después de haber ojeado el papel.
—Sí, antiguo estudiante.
El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija.
—De éste nada he de saber, porque todo le es igual—pensó Raskolnikoff.
—Diríjase usted al jefe de la Cancille[54]ría—añadió el escribiente señalando con la mano la última dependencia.
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