Chapter 11 of 80
I. · 2
Mas en vez de ejecutar esta resolución dejó caer la cabeza en las manos; empezó de nuevo el temblor, pero transido de frío se envolvió en su gabán de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo presente en su espíritu: «Es preciso arrojar esto cuanto antes en cualquier parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, quiso levantarse y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos dados a la puerta le sacaron de su abstracción. Era Anastasia quien llamaba.
—¡Abre si no te has muerto!—gritó la criada—. ¡Se pasa la vida durmiendo,[52] tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! ¡Abreme, te digo; son ya las diez dadas!
—Puede que no esté—dijo una voz de hombre.
—Es la voz del dvornik...—se dijo Raskolnikoff, y temblando se sentó en el sofá.
Le latía el corazón hasta hacerle daño.
—¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?—dijo Anastasia—. Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve. Abre, despiértate...
—¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el dvornik? Todo se ha descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean!
Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin levantarse del sofá. Anastasia y el dvornik aparecieron en el umbral. La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.
—Es una citación. Procede de la comisaría—dijo el dvornik.
—¿De qué comisaría?
—¡De cuál ha de ser! De la de policía.
—¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué?
—¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en boca.
El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor suyo y se dispuso a retirarse.
—Parece que estás peor—observó Anastasia, que no separaba los ojos de Raskolnikoff.
El dvornik volvió la cabeza.
—Desde ayer tiene fiebre—añadió la criada.
El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo.
—Quédate acostado—prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver que se disponía a levantarse—. Estás enfermo, no vayas. No es cosa urgente. ¿Qué tienes en las manos?
El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde, tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto, en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho quedándose luego dormido sin aflojar los dedos.
—¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un tesoro!...
Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que le era habitual.
Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?»
—¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo...
—No, voy allá, voy en seguida—balbuceó.
—¿Pero podrás bajar la escalera?
—Quiero ir.
—Allá tú.
Anastasia salió detrás del dvornik. Raskolnikoff se puso en seguida a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!»
Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las nueve y media de aquel mismo día.
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