Chapter 10 of 80
I. · 1
Raskolnikoff estuvo mucho tiempo acostado. A veces salía de su somnolencia y observaba que la noche estaba muy avanzada; pero no se le ocurría la idea de levantarse. Luego notó que empezaba a amanecer. Echado boca arriba en el sofá, no había podido recobrarse de la especie de letargo en que se hallaba sumido. De pronto oyó gritos terribles y desesperados que sonaban en la calle: eran las mismas voces que daba todas las noches a las dos, bajo sus ventanas, la gente que salía de las tabernas.
Aquel ruido le despertó.
—¡Ah, son borrachos!—pensó—. Las dos—y sintió un brusco sobresalto, como si le hubiesen levantado con violencia del sofá—. ¡Cómo! ¡Las dos ya!—Se sentó en el diván y lo recordó todo.
En el primer momento creyó que se volvía loco. Sentía mucho frío, que procedía, sin duda, de la fiebre que le había asaltado durante el sueño. Ahora tiritaba de tal modo que le castañeteaban los dientes. Abrió la puerta y se puso a escuchar; todo dormía en la casa. Echó una mirada sobre su persona y en derredor suyo. ¿Cómo, el día antes, al entrar en su habitación, se le olvidó de cerrar la puerta con el pestillo? ¿Por qué se había echado en el sofá, no solamente sin desnudarse, sino hasta con el sombrero puesto? Este había rodado por el suelo. «Si alguno entrase aquí, qué pensaría? De seguro me creería borracho; pero...»
Se acercó a la ventana. Era ya día claro. El joven se examinó de pies a cabeza para ver si tenía alguna mancha en la ropa; pero no se podía fiar de una inspección hecha de aquel modo; siempre temblando, se desnudó y miró de nuevo su ropa con el mayor cuidado. Por exceso de precaución repitió este examen tres veces seguidas. No descubrió nada, excepto algunas gotas de sangre coagulada en la parte baja del pantalón, cuyos bordes estaban rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo, y doblando los bordes de aquella prenda hizo dos tiras. De repente se acordó de que la bolsa y los objetos que había tomado del cofre de la vieja seguían en sus bolsillos. No había pensado en sacarlos ni en ocultarlos en cualquier parte. No se le ocurrió tampoco momentos antes cuando examinaba su ropa. «¡Si parece imposible!»
En un abrir y cerrar de ojos se vació los bolsillos y puso su contenido sobre la mesa. Después de haberlos registrado bien, a fin de asegurarse de que no quedaba nada en ellos, lo llevó todo a un rincón del cuarto. En aquel sitio, la tapicería destrozada se destacaba de la pared, y allí fué, bajo el papel, donde metió las alhajas y la bolsa.
—Así, ni visto ni conocido—pensó con alegría, medio incorporándose; y, mirando como atontado el ángulo en que la tapicería estaba desgarrada, bostezaba más aún.
De pronto, el terror agitó sus miembros.
—¡Dios mío!—murmuró con desesperación—. ¿Qué es lo que me pasa?[51] ¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se esconden estas cosas?
A la verdad, no era aquél el botín de que había esperado apoderarse; su intento era apropiarse del dinero de la vieja; así es que la necesidad de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido.
—¿Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?—se decía—. ¿Es éste el modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razón.
Falto de fuerzas, extenuado, se sentó en el diván, acometido de fuerte temblor.
Maquinalmente tomó un gabán viejo de invierno hecho jirones, que se encontraba en una silla, y se tapó con él; le invadió inmediatamente un sueño mezclado de delirio y perdió la conciencia de sí mismo.
Cinco minutos después se despertó sobresaltado, y su primer movimiento fué examinar de nuevo sus vestidos.
—¿Cómo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo corredizo está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no haber pensado en ello! ¡Semejante pieza de convicción!
Arrancó la venda de tela, la redujo a trozos pequeños y los confundió con la ropa que tenía debajo de la almohada.
—Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar sospechas; por lo menos así lo creo—repetía en pie, en medio de la sala, con una atención que el esfuerzo hacía dolorosa, y miraba en derredor suyo para cerciorarse de que no había olvidado nada.
Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razón, hasta la más elemental prudencia, le abandonaba.
—¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, sí... así es, en efecto.
Los hilachos que había cortado del pantalón estaban en el suelo en medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase.
—¿Pero dónde tengo yo la cabeza?—exclamó como anonadado.
Entonces le asaltó una idea extraña; pensó que su traje estaba todo ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se había enterado de las manchas.
De repente se acordó de que la bolsa estaba también manchada de sangre.
Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba húmeda cuando la guardé.
En seguida dió la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontró manchas en el forro.
—La razón no me ha abandonado por completo; soy capaz todavía de reflexionar, puesto que he podido hacer esta observación—pensó gozoso, lanzando un suspiro de satisfacción—; todo ello ha sido un instante de fiebre que me ha privado momentáneamente del juicio.
Arrancó inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del pantalón. En aquel momento un rayo de sol fué a dar en la punta de la bota izquierda: al joven le pareció que había allí indicios reveladores. Se descalzó.
—¡En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota está llena de sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... ¿Pero qué hacer ahora de tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta bota, de estos trapajos y del forro del bolsillo?
Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos que le denunciaban y le comprometían.
—Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarán primero será en la chimenea. Si los quemase... ¿pero con qué? No tengo ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, lo mejor será tirarlo—repetía sentándose nuevamente en el diván—; pero en seguida, sin pérdida de tiempo.
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