Skip to content
The ConsciousLibrary

Chapter 1 of 143

Introducción · 1

Obras de Aristóteles Metafísica 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 Patricio de Azcárate

[ Patricio de Azcárate ]

Aristóteles· Metafísica

Aparte y por cima de los datos de los sentidos y de la conciencia, hay todo un mundo que jamás conocerá el hombre perfectamente; pero en cuyo seno, sin embargo, le es dado penetrar. La experiencia nos da a conocer cualidades, fenómenos y cambios de todos géneros, pero todo esto es contingente, variable y accidental, y tales conocimientos no pueden constituir una ciencia verdadera. ¿Y es posible que en la naturaleza no haya más que cualidades, movimientos, sin base y sin principio? La razón no puede admitirlo, porque la razón nos precisa a referir necesariamente estas cualidades un ser, o a lo que se llama una sustancia. La razón atribuye el movimiento a una causa, y en medio de todos los cambios y del flujo perpetuo de la naturaleza, descubre principios inmutables y necesarios.

¿Pero cuál es esta sustancia que concibe la razón? ¿Es espiritual o material? ¿Cuáles son sus atributos? ¿En qué concepto se la puede considerar como principio? ¿No hay en el mundo más que una sola sustancia, un solo ser? Y por otra parte, ¿la causa de toda producción y de toda destrucción es una o múltiple, es inherente a cada ser o es independiente de él?, ¿no hay más que un solo motor?, ¿cuál es el fin del movimiento que comunica a los seres y qué relaciones unen al mundo con este motor único y eterno, si existe realmente? Tales son las principales cuestiones que plantea Aristóteles, y cuya solución da sucesivamente. La tarea es inmensa y difícil; y Aristóteles, que no lo ignora, no aspira ni siquiera a resolver completamente todos los problemas que suscita la cuestión de los principios, porque, en su opinión, esto equivaldría a querer penetrar en la esencia divina, en Dios mismo. Pero el hombre, sin pretender descubrir todos los secretos del universo, como aquél que tiene en su mano las leyes y los movimientos, y que, principio y fin de todas las cosas, sabe el principio, el fin y la extensión de [8] todo lo que existe, puede, sin embargo, aspirar a conocer la verdad en los limites del poder concedido a su inteligencia. Se le ha dado el mundo como objeto de sus meditaciones, y es indigno del hombre, como dice Aristóteles, el no procurar la adquisición de conocimientos que puede alcanzar. Podrá errar en sus indagaciones, pero, así y todo, su trabajo no será perdido, porque su inteligencia se elevará con este estudio, la verdad habrá levantado alguna punta del velo que la cubre, pues es imposible, dice Aristóteles, que aquella se oculte por completo.

Esta es la tarea, tan noble y tan digna del hombre, que Aristóteles ha emprendido, y el resultado de sus indagaciones prueba, por lo menos en parte, que no exageraba el poder del genio humano.

Se ha dicho, y se repite aún, que lo que principalmente ha faltado a la antigüedad, ha sido el método. Si al decir esto se quiere dar a entender que las obras de los antiguos no presentan esa regularidad en la forma y ese encadenamiento entre las partes que distinguen a las obras modernas, y particularmente a las producciones del espíritu francés, seguramente se dice una verdad. Pero si Aristóteles, porque a él es a quien principalmente se dirige este cargo, si Aristóteles, repito, no procede siempre en la apariencia con un orden y una simetría perfecta; si en él aparecen las cuestiones muchas veces reproducidas o abandonadas contra lo que era de esperar, o interrumpidas en su desenvolvimiento para reaparecer más adelante, o sólo indicadas, y a veces enteramente omitidas cuando el curso de las ideas parece reclamarlas y exigir su desarrollo; si el método, por último, se muestra apenas en la superficie, no por eso puede decirse que no existe; y antes bien, él es el que dirige, el que inspira sin cesar el pensamiento, el que da esa unidad que no puede desconocerse, por poco que se intente romper la cubierta exterior y penetrar en el fondo de las cosas.

Aristóteles en ninguna parte ha formulado expresamente su método; no traza al principio de su obra las líneas en que habrá de encerrar su pensamiento; pero, guiado por aquel profundo buen sentido que es el carácter propio de su genio, sigue un método del cual jamás se separa. Este método no es estrecho ni exclusivo; se presta a todas las formas del pensamiento; no es ni la mera experiencia, ni la dialéctica, ni el método histórico; es una cosa mejor; sigue a la vez y sucesivamente todos estos métodos. Aristóteles no es el teórico del método, es metódico, como se era elocuente en las primeras edades: el Ulises de Homero no tenía necesidad de conocer cómo y por qué sabía persuadir a los hombres.

Una cosa que ha llamado la atención con frecuencia, y que ha podido influir en el juicio general que se forma de la filosofía de Aristóteles, es el que, en un tratado que tiene por objeto la indagación de los principios más elevados de la ciencia, en un tratado sobre la filosofía primera, sobre el ser, sobre Dios, tome por punto de partida la experiencia sensible. A cada instante, Aristóteles se apoya en los datos experimentales; sin cesar. nos lleva a ellos, y hasta formula las leyes de la experiencia. Pero cuidemos [9] de no equivocarnos; si la experiencia de los sentidos está en el punto de partida, no está en todas partes, no se encierra en esto el pensamiento; aquella es tan sólo como una grada necesaria sobre la que es preciso apoyarse para subir más alto. La experiencia da la verdad, pero sólo una parte de la verdad; la experiencia no constituye la ciencia. Es esencialmente distinta de ella; la experiencia es, si se quiere, la condición, pero difiere de la ciencia tanto como difiere el albañil del arquitecto.

Todo debía inclinar a Aristóteles a despreciar el testimonio de los sentidos; así la autoridad de su maestro como las preocupaciones filosóficas contrarias a la certidumbre del mundo sensible esparcidas en su tiempo; pero su genio pudo más que las circunstancias, y uno de los principales caracteres de su doctrina es el regreso a la realidad y el restablecimiento de los sentidos en sus legítimos derechos. Sin embargo, Aristóteles sólo pide a éstos lo que pueden dar, lo que les corresponde, pero los abandona tan pronto como, lejos de servirle, pueden extraviarle. No se encierra, como se ha supuesto, en ese empirismo grosero, que pretende reducirlo todo a las nociones sensibles; lejos de ello, se dirige también al sentido íntimo, a este genio de la conciencia revelado por Sócrates y que inspiró a Platón, y a él pide los principios que los sentidos no pueden explicar.

En efecto, al lado de la experiencia de los sentidos, es preciso admitir una experiencia interior, la del pensamiento obrando sobre sí mismo, única que nos eleva a esos principios, a esas leyes del mundo, que los sentidos no pueden percibir. Es cierto que Aristóteles no ha distinguido expresamente estos dos modos de conocer, pero se sirve de ambos.

Una vez firme sobre esta base, entonces Aristóteles vuela y se lanza a esas regiones del pensamiento, tan atrevidamente recorridas antes de él por Platón. Si no toma de su maestro esas alas divinas que le llevaban al mundo de las ideas, su vuelo, no por ser mas regular, deja de ser menos audaz ni menos sublime. Una vez en estas alturas, ha podido exclamar, que Platón ha visto mal, que sus ojos han sido deslumbrados por la luz; pero de ninguna manera ha entrado en su plan el destruir este mundo de la inteligencia. Según él, como según Platón, la ciencia descansa en el conocimiento de lo general; y sólo posee verdaderamente la ciencia, a juicio de Aristóteles, el que conoce lo general, por más que en un caso particular aparezca menos hábil. El arquitecto construiría con más dificultad que el último de los albañiles un palacio; pero, sin embargo, el arquitecto forma los planos, y hace que se ejecuten.

Experiencia de la conciencia, experiencia interna, désele éste o cualquier otro nombre, unida a la experiencia sensible; he aquí el primer grado del método de Aristóteles; pero este método también es experimental en otros conceptos. Al filósofo no basta consultar sus sentidos y su razona en torno de él se hacen observaciones, y en todos tiempos la humanidad ha observado; y el resultado de estas observaciones sucesivas, consignado en el lenguaje, constituye el sentido común. El filósofo no puede desdeñar el [10] sentirlo común, que es la expresión; por lo general exacta, aunque vaga, de la verdad; y Aristóteles, lejos de rechazar sus luces, por lo contrario las invoca, porque lo que principalmente desea es la ciencia, y la busca donde quiera que espera encontrar alguna parte de ella; él pide a la lengua y al pensamiento vulgar la definición de la filosofía; encuentra la verdad hasta en los versos de los poetas y hasta en los proverbios populares; y descorriendo el velo espeso que la cubre, la hace entrar en el dominio de la ciencia.

Sobre los poemas y los proverbios, expresión espontánea del pensamiento humano, se encuentran las meditaciones de los filósofos. La filosofía no nació la víspera de la época de Aristóteles; muchos hombres habían consagrado ya su tiempo al estudio de las grandes cuestiones de la naturaleza, habían trabajado en la ciencia y preparado sus progresos. Aristóteles no podía resignarse a creer que tantos sistemas sólo hayan sido productos estériles de la imaginación, sino que espera encontrar en ellos la verdad, o por lo manos, una parte do la verdad; y en su virtud pone manos a la obra, los analiza, los retuerce en todos sentidos, para arrancarles esta verdad tan deseada. Ecléctico, en la buena acepción de la palabra, no juzga que la verdad pueda ser el resultado de los esfuerzos de un solo hombre, pero tampoco cree, como ya hemos dicho, que ella se oculte por completo.

El método de Aristóteles, según se ve, es el mismo de la escuela moderna. La gloria de ésta consiste, no en haberlo inventado, pues que los genios más grandes yerran cuando quieren inventar, sino en haberle dado a conocer, y en haber presentado la teoría del mismo. Aristóteles ha practicado este método con sagacidad, con rectitud de miras, y en general, con una imparcialidad admirable. Compara las opiniones más opuestas, muestra sus relaciones, las completa, las desenvuelve las unas por medio de las otras; opone la escuela de Eléa a Pitágoras, Pitágoras a Platón, descubre el elemento de verdad que se encuentra en cada tino de ellos, y juzgando la doctrina bajo un punto de vista más elevado, y dominándola desde lo alto de su propio sistema, rechaza todo lo que es exclusivo, y sólo atiende a lo verdadero. Reconocido, como dice él mismo, a los que le han abierto el camino, y fortaleciendo su sistema con su asentimiento, sabe prescindir de ellos, y derribarlos cuando le estorban. No forma la ciencia con retazos tomados de aquí y de allá, sino que tiene un sistema fijo; a los materiales que él mismo ha preparado une algunos restos de los monumentos antiguos, y forma con ello un todo durable y permanente, que pueda resistir el empuje de los siglos. Exactitud de apreciación, elevación de miras, respeto al talento, aun cuando sus esfuerzos sean vanos, nada falta en este examen de los sistemas antiguos; siendo esta parte de la obra, sin duda alguna, uno de los más bellos trozos históricos que nos ha legado la antigüedad.

El método de Aristóteles, por consiguiente, es experimental, y a nuestros ojos éste es el gran fundamento de su gloria. No participamos en este punto de las preocupaciones de la Alemania filosófica, que echa en cara, casi [11] como si fuera un crimen, a Aristóteles el haber proclamado la autoridad de la experiencia. Es muy general en Alemania el considerar la observación como un mal procedimiento; se la admite como un medio de comprobación, pero no se la concede el poder de conducir por sí misma a la verdad. Allí se construye la ciencia a priori, y con un soberbio desden, que se parece mucho al que Platón tenía respecto al mundo sensible, se relega muy lejos la experiencia. Desde este punto de vista sistemático se ha echado en cara a Aristóteles el no haber penetrado desde luego en esas regiones superiores, que no puede explorar la experiencia, y el haberse apoyado en conocimientos experimentales para llegar a nociones supra-sensibles.

No diremos nosotros con Bacon, que es preciso cortar las alas al genio; pero sí que el genio, por lo menos, no debe fiar demasiado en sus fuerzas; que ha de partir de la tierra, si quiere elevarse hasta los cielos, y tener siempre ante sus ojos esa tierra, si teme perderse en los espacios imaginarios. Es cierto que el hombre y el mundo sólo son seres relativos, comparados con el ser, con la sustancia eterna; pero no lo es menos, que sólo por medio del hombre y del mundo sensible podemos elevamos hasta Dios, porque antes de llegar a la cima de la ciencia, es preciso pasar por los grados intermedios; y si los sistemas, que se dicen nacidos de esta intuición espontánea, superior a la experiencia, han llegado al descubrimiento de alguna verdad, lo deben indudablemente a la experiencia misma. Quizás tales sistemas disimulan los medios de que se han servido, a la manera que el albañil destruye el andamio en que se ha apoyado para construir un templo, dejando sólo para que lo admiremos el monumento; quizás han olvidado el penoso procedimiento, la serie de observaciones mediante las que han llegado a esas grandes verdades, que son superiores a la experiencia, y sin embargo, sépanlo o no, la experiencia es la que les ha conducido a tal resultado. Aristóteles, mejor que otro alguno, ha tenido derecho para despreciar las pequeñas precauciones, las observaciones que pueden parecer minuciosas al hombre de genio, y, sin embargo, no lo ha hecho; nadie ha observado ni descrito nunca con el cuidado escrupuloso que él lo ha hecho.

La dialéctica constituye también una parte importante del método de Aristóteles. En nuestros días no se ha visto en la dialéctica otra cosa que un arma peligrosa, buena a lo más para los sofistas, y origen de todos los extravíos de la Edad Media y de las sutilezas de la Grecia. Los sistemas antiguos, y en particular este que nos ocupa, han parecido tan sólo un vano producto de este fútil método. No tenemos la pretensión de restituir a la dialéctica la autoridad soberana que ha perdido para siempre; por sí sola no puede darnos a conocer la verdad, como con razón se ha dicho. Sentar un principio y deducir de él hábilmente todas las consecuencias, no es crear una ciencia; resta el demostrar a seguida la legitimidad del principio, y la dialéctica no puede hacerlo. Mas porque neguemos a la dialéctica la autoridad de un método exclusivo, no quiere decir esto que la proscribamos absolutamente. La verdad sin duda brilla por sí misma pero muchas veces [12] aparece nublada, tiene precisión de combatir y medir sus fuerzas con el error, y necesita, sobre todo en filosofía, en la que abundan tanto los sistemas falsos, asentarse en medio de ruinas y desembarazar el terreno, si no quiere quedar oscurecida, y hasta perecer. En la Grecia disputadora pulularon los sistemas; a ellos siguió el hastío, y fatigados de todas estas especulaciones, que se destruían las unas con las otras, hubo muchos que se echaron en brazos del escepticismo. ¿Cuál debía ser la misión del filósofo que pretendiese regenerar la ciencia y asentarla sobre nuevas e inquebrantables bases? ¿Debía simplemente dar a luz su sistema, y entregarle desnudo a los ataques de las doctrinas contemporáneas y del escepticismo? En este caso hubiera sucumbido muy pronto. El que se presenta como innovador, no debe temer la lucha, y, antes por lo contrario, debe provocarla. Aristóteles venía a hacer una revolución, tenía que destruir sistemas, y antes de edificar era preciso demoler, y por esta razón el dogma va siempre en él como escoltado por la crítica. Unas veces se arroja en medio de los sistemas opuestos, y apoyándose en sus propios principios, los destruye empleando una argumentación enérgica y vigorosa; sobre todo, ataca sin tregua a los sofistas, contra los cuales vuelve hábilmente las mismas armas de que ellos se sirven. Otras veces compara los principios de sus predecesores con los que él mismo ha establecido, y no para hasta convencerles de su impotencia y de su error. Pero no es esto solo; ataca su propio sistema, le somete a su inflexible análisis, expone las dificultades, las contradicciones, y hasta cierto punto le reduce a polvo; y cuando nos ve sin tener qué decir y sin esperanza, y cuando desesperamos de encontrar la verdad, en medio de las contradicciones que surgen por todas partes, hace que aparezca poco a poco la luz, que todo se concilie, que reine el orden allí donde sólo veíamos antes el desorden y el caos, y que el espíritu descanse en el seno de una admirable armonía.

¿Pero para qué tanto trabajo? ¿Por qué buscar la ciencia por tan tortuosos caminos? Porque nada contribuye tanto a que brille un sistema como esta continua confrontación con las dificultades que está llamado a resolver. Es muy bueno que un principio esté apoyado en la observación, relacionado con la experiencia y la razón universal; pero es mucho mejor aún el hacerse cargo de todas las dificultades. Hay, como dice Aristóteles, métodos diversos según son distintos los espíritus. Para unos, basta enunciar los principios para que los admitan; otros, por lo contrario, exigen que se les demuestre {2} todo rigurosamente; no admiten los principios, si no los ponéis en la imposibilidad de negarles su adhesión. a éstos es conveniente demostrarles la verdad provista, por decirlo así, de todas las armas.

El preámbulo de la Metafísica es de una extensión inmensa, y a primera vista desproporcionada. Se compone nada menos que de los seis primeros libros, cuando la obra entera consta sólo de catorce. Pero el asombro cesa [13] tan pronto como se piensa en la marcha que habitualmente sigue el filósofo, y en el amplio método que acabamos de considerar, y desde el momento en que se reflexiona en las innumerables cuestiones de todas clases que impiden el acceso al problema ontológico. Por otra parte, la ontología, la ciencia del ser en tanto que ser, como la llama Aristóteles, acababa de nacer cuando salió a luz la Metafísica. Se trataba de darle fuerza y vida; no debía, por lo tanto, procederse con precipitación, ni podía tampoco parecer excesiva la precaución con que se caminara.

Era imposible, como se comprende fácilmente, que Aristóteles resolviese todas las cuestiones preliminares, sin exponer, por lo menos en parte, su propio sistema; y él así lo hace, aunque breve y accidentalmente. Todo lo que precede al libro séptimo realmente es tan sólo un preámbulo, incluso el libro sexto, en que Aristóteles trata, como dice, del ser que no pertenece a la ciencia. En el libro sétimo comienza Aristóteles a tratar verdaderamente del asunto que se propone, del estudio del ser en sí mismo del ser en tanto que ser. Los estrechos límites de nuestro trabajo no nos permiten hacer un análisis minucioso de esta parte; nos contentaremos con poner en claro aquellas verdades, en que el mismo Aristóteles ha creído deber insistir, y pueden servir principalmente para la inteligencia de su sistema. Los puntos que vamos a examinar son:

1º Objeto de la ciencia en general y de la filosofía en particular (Libros I y II);

2º Opiniones de los filósofos sobre los primeros principios de la filosofía (Libro I);

3º Límites de la ciencia del ser (Libros III, IV y VI);

4.º Valor y autoridad del principio de contradicción (Libro IV).

En cuanto a las dificultades que se exponen en el tercer libro, examinaremos algunas de ellas al tratar de las dos últimas cuestiones; de las otras nos ocuparemos en la segunda parte, en el estudio del ser, en la ontología propiamente dicha. El libro de las Definiciones (lib. V) περι των ποσαΧως, no será tampoco objeto de un extenso estudio; sólo cuidaremos recurrirá él cuando sea necesario para la inteligencia de los términos.

Hay, según Aristóteles, dos maneras de conocer, la experiencia y la ciencia; la experiencia, que nos revela los hechos, y la ciencia que demuestra y enseña la razón de los hechos, su causa y su principio. La ciencia tiene grados. En primera línea se coloca, hasta por la opinión vulgar, la especulación pura. La ciencia, a la que debe dedicarse el hombre sólo por ella misma, independientemente de todo resultado práctico, y cuyo fin no es la utilidad ni el placer, tiene ciertamente un valor propio que no tienen las artes ni los oficios. En fin, si a los grados de la existencia [14] corresponden siempre los del conocimiento, la ciencia especulativa por excelencia es la ciencia de las primeras causas y de los primeros principios. Ahora bien, esta es la Filosofía en sí misma, la Ciencia de la verdad, la Ciencia del ser, la Teología, porque estos son los nombres que Aristóteles da sucesivamente a lo que nosotros llamamos Metafísica.

Después de haber desenvuelto de un modo admirable esta idea de la supremacía absoluta de la filosofía, después de haber demostrado que este ventajoso juicio nace de la opinión que se forma comúnmente de la filosofía y de los filósofos, Aristóteles pregunta cuáles son estos primeros principios, estas primeras causas, objeto de la ciencia que se propone tratar. Hay en su opinión cuatro causas primeras, cuatro principios primeros:

La sustancia, La forma, El principio del movimiento, La causa final

En efecto, bajo las diversas modificaciones que presenciamos, concebimos algo que persiste; hay, por ejemplo, una sustancia única invariable bajo la variabilidad de los fenómenos del alma. Pero esta sustancia no existe en el estado de sustancia pura sin forma, sin cualidades; porque no sería entonces más que una abstracción, y sólo el pensamiento puede separar la forma de la sustancia. A la sustancia es preciso, por consiguiente, unir la forma, como segundo principio, y por forma Aristóteles no entiende sólo lo redondo o lo cuadrado, sino que entiende por ella la esencia misma de los seres, lo que los hace ser lo que son. La forma del hombre no la constituyen los brazos, las piernas, una cabeza dispuesta de tal o cual manera; consiste en el alma, en aquello que hace que sea un ser racional, en aquello que le distingue de los animales. Hay, pues, seres, sustancias, no sustancias abstractas sin atributos ni cualidades, sino sustancias realizadas, sustancias, ya pensadoras, ya materiales, con tal forma o tal cualidad. Pero no por esto se da una explicación del universo, aunque se haya referido todo él a estos dos principios, porque si sólo existiesen la forma y la sustancia, el mundo sería un teatro sin vida, y todo permanecería en una perpetua inmovilidad. Cada ser se daría en él con su forma y su sustancia, pero inerte, sin acción sobre sí mismo, sin poder mudar su manera de ser, siendo eternamente lo que era en un principio. No es esto el mundo que tenemos a la vista, no es esto el hombre que forma parte del mundo. Todo cambia; una transformación sucede a otra; el hombre sucede al hombre, la planta a la planta, y un eterno movimiento anima a todo el universo. La naturaleza no se ha dado a sí misma el movimiento; no puede decirse (sirviéndonos del ejemplo de que en alguna parte de su obra se sirve Aristóteles), que el hombre ha sido puesto en movimiento por el aire, el aire por el sol, el sol por la Discordia y así hasta el infinito {3}, sino que es absolutamente necesario elevarse a la [15] concepción de un primer motor, inmóvil y causa eterna de todo movimiento; y este motor único es Dios. Por último, si estudiamos la naturaleza, veremos que nada es obra del acaso, que todo tiene un fin, porque la razón nos dice, que todo movimiento debe tener una dirección, un fin. Este fin es un cuarto principio. La causa final, como se la llama, es el bien, el bien de cada ser, el bien del universo, el bien absoluto, que es Dios bajo otro punto de vista.

Use the ← → keys to move between chapters.

Introducción · 1 · Metaphysics — Aristotle · The Conscious Library