Chapter 10 of 14
Sócrates – Hipotales – Ctesipo – Menexenes – Lisis · 10
—Pero en esté caso, el objeto colorado ¿será el mismo en cuanto al color que lo que es en sí mismo? [244]
—No te entiendo, dijo.
—Veamos, le respondí, otra explicación. Si se tiñesen de albayalde tus cabellos, naturalmente rubios, ¿serían blancos en realidad o en apariencia?
—En apariencia.
—Sin embargo, ¿la blancura se encontraría en los cabellos?
—Sí.
—Y no por esto serían blancos. De suerte que en este caso, a pesar de la blancura que se encuentra en ellos, tus cabellos no son, ni blancos, ni negros.
—Eso es cierto.
—Pero, amigo mío, cuando la vejez les haya hecho tomar este mismo color, ¿no serán de hecho semejantes a lo que se encontrará en ellos, es decir, verdaderamente blancos por la presencia de la blancura?
—No puede ser de otra manera.
—He aquí ahora la cuestión que te propongo: cuando una cosa se encuentra con otra, ¿se hace la misma que esta otra? ¿Sucede esto cuando se la une de una cierta manera, y no cuando se la une de una manera diferente?
—Esto ya lo entiendo mejor, dijo.
—Así pues, lo que no es, ni bueno, ni malo, ¿así puede no hacerse malo por la presencia del mal, como puede hacerse?
—Sí, ciertamente.
—Por consiguiente, cuando, a pesar de la presencia del mal, lo que no es malo, ni bueno, no se hace malo, es porque la presencia misma del mal le hace desear el bien; pero si se ha hecho malo, la presencia del mal igualmente le separa a la vez del deseo y del amor del bien, puesto que en este caso ya no es el ser que no es, ni bueno, ni malo, sino que es un ser malo incapaz de amar el bien.
—En efecto.
—Conforme a esto, podríamos decir que los que son [245] ya sabios, sean dioses u hombres, no pueden amar la sabiduría, así como no pueden amarla los que, a fuerza de ignorar el bien, se han hecho malos, porque, ni los ignorantes, ni los malos aman la sabiduría. Restan aquellos, que no estando absolutamente exentos, ni de mal, ni de ignorancia, no están, sin embargo, pervertidos hasta el punto de no tener conciencia de su estado, y que son aún capaces de dar razón de lo que no saben. Estos, que no son, ni buenos, ni malos, aman la sabiduría, mientras que los que son del todo buenos o del todo malos no pueden amarla. En efecto, hemos demostrado antes que lo contrario no es amigo de su contrario, ni lo semejante de lo semejante, ¿lo recordareis?
—Perfectamente.
—Creo que ahora, Lisis y Menexenes, hemos descubierto más claro que nunca lo que es el amigo y lo que no lo es. Diremos, pues, que con relación al alma, con relación al cuerpo, por todas partes, en fin, lo que no es, ni bueno, ni malo, es el amigo de lo que es bueno, a causa de la presencia del mal.
Ambos lo confesaron, y convinieron en que así era absolutamente. Yo mismo me consideré dichoso y me di por satisfecho, como el cazador que asegura su presa; mas después, yo no sé cómo, concebí una terrible sospecha de que no habíamos descubierto la verdad. Y como de repente y turbado, dije:
—¡Ah! Lisis y Menexenes, gran riesgo corremos de que lo dicho no sea más que un precioso sueño.
—¿Por qué? me preguntó Menexenes.
—Me temo, le respondí, que nos hemos llevado chasco en nuestros discursos sobre la amistad, como sucede a los charlatanes.
—¿Cómo?
—Lo vamos a ver bien pronto; el que ama, ¿ama alguna cosa o no? [246]
—Necesariamente alguna cosa.
—¿Lo ama por nada y en vista de nada, o lo ama por algo y en vista de alguna cosa?
—Por alguna causa seguramente y en vista de alguna cosa.
—Y esta cosa, en vista de la que él ama, ¿la ama, o bien no es amiga, ni enemiga suya?
—No puedo seguirte, me dijo.
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