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Plato
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Chapter 22 of 39

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Teetetes. -¿Por qué?

Extranjero. -Porque lo que llega a la existencia, llega siempre en la forma de un todo, de suerte que no se debe reconocer la existencia, ni la generación, como verdaderas, si no se ponen lo uno y lo todo en el número de los seres.

Teetetes. -Así es preciso que suceda.

Extranjero. -Además, lo que no es un todo, no puede ser más o menos, más o menos grande, porque lo que tiene cantidad, cualquiera que ella sea, a causa de esta cantidad misma, forma necesariamente un todo.

Teetetes. -Muy bien.

Extranjero. -¡Cuántas dificultades, sin número y sin fin, podrían suscitarse contra los que pretenden que el SER es dos o que el SER es uno!

Teetetes. -Bastante prueba son los razonamientos que acabamos de recorrer. No hay una dificultad que no dé origen a otra, y cuanto más se camina, mayor es el embarazo y mayor el extravío en tan oscura materia.

Extranjero. -Sin embargo, aun no hemos examinado las opiniones de todos los que han discutido sutilmente la cuestión del SER y del NO-SER. Pero lo dicho es suficiente. Ahora es preciso que nos dirijamos a los filósofos, que profesan doctrinas diferentes, para convencernos, por medio de un completo examen, que no es más fácil determinar la naturaleza del SER que la del NO-SER.

Teetetes. -Marchemos, pues, en busca de esos filósofos.

Extranjero. -Podría decirse, en verdad, que hay, entre ellos, un combate de gigantes, al ver que no se entienden acerca de la naturaleza de la esencia.

Teetetes. -¿Cómo?

Extranjero. -Los unos hacen descender sobre la tierra todo lo que el cielo y la región de lo invisible encierran, abrazando groseramente con sus manos las piedras y los árboles. Pegados a todos estos objetos, afirman que sólo existe esto que esta sometido al tacto y a los demás sentidos; confunden, al definirlos, el cuerpo y la ciencia; y si otro filósofo se atreve a decirles que existen seres sin cuerpo, no quieren escucharle y basta le desprecian.

Teetetes. -Las personas de que hablas son, en efecto, intratables, y yo mismo lo he experimentado ya muchas veces.

Extranjero. –Por esta razón, los que intentan combatirles, obran con prudencia, presentándoles la batalla desde una posición superior y se sitúan, a este fin, en el seno de lo invisible, obligándoles a reconocer ciertas IDEAS inteligibles e incorporales, como expresión de la verdadera esencia. En cuanto a los cuerpos y a esa pretendida realidad, que dichos filósofos únicamente admiten, los reducen a polvo con sus razonamientos y, en lugar de la existencia, sólo conceden que están en un perpetuo movimiento para llegar a ella. Los dos partidos, Teetetes, se entregan a interminables combates.

Teetetes. -Es cierto.

Extranjero. –Exijamos, de los dos, que nos den razón, a la vez, de su manera de ver acerca de la naturaleza de la esencia.

Teetetes. -Sí, pero ¿cómo conseguiremos que nos contesten?

Extranjero. -Respecto a los que hacen consistir la esencia en las IDEAS, no hay dificultad, porque son de un carácter más suave. Pero, respecto a los que reducen, como por fuerza, todas las cosas a los cuerpos, es difícil, si no imposible, el conseguirlo. He aquí, a mi ver, cómo es preciso conducirnos con ellos.

Teetetes. -Veamos.

Extranjero. -Lo mejor sería, si fuese posible, hacerles más complacientes en realidad, y si esto no se consigue, supongámoslo en nuestro lenguaje y así estarán dispuestos a respondernos de una manera más conveniente que la que acostumbran. Vale más entenderse con personas corteses que con gentes mal educadas. Y, sobre todo, no llevemos al exceso nuestros miramientos, porque nosotros únicamente buscamos la Verdad.

Teetetes. -Perfectamente dicho.

Extranjero. -Una vez hechos más tratables, exígeles que te respondan, y encárgate de trasmitirnos lo que te digan.

Teetetes. -Estoy conforme.

Extranjero. -Cuando hablan de un ser vivo y mortal, ¿dicen que tal ser es alguna cosa?

Teetetes. -Sin duda, lo dicen.

Extranjero. -Y ¿reconocen que es un cuerpo animado, en el que respira un alma?

Teetetes. -Sin duda.

Extranjero. -¿Colocan, pues, el alma entre los seres?

Teetetes. -Sí.

Extranjero. –Pero, ¿no dicen del alma que es una justa, y otra, injusta; ésta, sensata, y aquélla, insensata?

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