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The ConsciousLibrary
Plato
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Chapter 12 of 39

· 12

Extranjero. -Lo que recuerdas es exacto. Voy, a mi vez, a recordarte la quinta forma del sofista. Es un atleta, en los combates de palabra, hábil en el arte de discutir.

Teetetes. -En efecto.

Extranjero. -En cuanto a la sexta forma, hemos vacilado. Sin embargo, la hemos definido diciendo, con cierta complacencia, que es un purificador de las opiniones que estorban la entrada de la ciencia, en el alma.

Teetetes. -Muy bien.

Extranjero. -¿No observas que, cuando un hombre parece poseer muchas ciencias y, sin embargo, no se le designa con el nombre de una sola, esto nace de que se forma, de él, un falso juicio? ¿No es claro que el que juzga de esta manera no es capaz de descubrir por dónde estos diferentes conocimientos se ligan al mismo arte, y que precisamente, por esta razón, da al que los posee muchos nombres, en lugar de uno solo?

Teetetes. –Hay, ciertamente, trazas de que así sucede.

Extranjero. -En la indagación que nos ocupa, procuremos que nuestra negligencia no nos haga caer en la misma falta. Volvamos a hablar primeramente de uno de los caracteres, que hemos atribuido al sofista. Hay, entre ellos, uno que nos lo ha mostrado tal cual es.

Teetetes. -¿Qué carácter?

Extranjero. -El de disputador, -hemos dicho-.

Teetetes. -Sí.

Extranjero. -¿Y qué? ¿No enseña igualmente a los demás a que lo sean?

Teetetes. -En efecto.

Extranjero. -En este caso, examinemos en qué materias pretenden los sofistas hacer hábiles a los demás para discutir. Comencemos nuestra indagación de esta manera: Dime, ¿es respecto de las cosas divinas, ocultas a la muchedumbre, sobre las que intentan enseñar a los demás a razonar?

Teetetes. -Sí, sobre estas cosas; por lo menos así se asegura.

Extranjero. -¿Intentan lo mismo con respecto a lo que hay de visible en la tierra, en el cielo, y a cuanto contienen una y otro?

Teetetes. -Sí.

Extranjero. –Además, sabemos que en las conversaciones particulares, cuando se trata de la generación y esencia de las cosas, sobresalen en esto de contradecirse a sí mismos, y en formar, a los demás, en este mismo arte.

Teetetes. -Es muy cierto.

Extranjero. –Pero, cuando se trata de las leyes y de todo lo concerniente a la política, ¿no se tienen por maestros en el arte de controvertir sobre estos puntos?

Teetetes. -Nadie querría oírles, si no se dieran el aire de maestros.

Extranjero. -Además, lo mismo respecto de todas las artes, que de cada una en particular, todas cuantas razones pueden oponerse a los que hacen profesión de sofistas, han sido consignadas, por ellos mismos por escrito; circulan de mano en mano, y están a disposición de quien quiera conocerlas.

Teetetes. -Creo que aludes a las obras, de Protágoras, sobre la palestra y las demás artes.

Extranjero. -Y a otras muchas, mi querido amigo. Pero, en fin, el arte de disputar, para decirlo de una manera general, ¿no se propone darnos el poder de razonar y de discutir sobre todas las cosas?

Teetetes. -Parece que muy poco puede faltar para abrazarlo todo.

Extranjero. -¿Y crees tú, ¡por los dioses!, querido mío, que esto sea posible? ¿Quizá vosotros, jóvenes, tenéis la vista más penetrante en esto, y nosotros, más entorpecida?

Teetetes. -¿En qué? ¿Qué quieres decir? No entiendo tu pregunta.

Extranjero. -Mi pregunta es la siguiente: ¿Es posible que un hombre lo sepa todo?

Teetetes. -Nuestra especie, ¡oh, Extranjero!, sería, entonces, demasiado dichosa.

Extranjero. -¿Cómo el que no sabe puede decir algo razonable, cuando contradice al que sabe?

Teetetes. -No es posible.

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