Chapter 2 of 10
EL BANQUETE ó DEL AMOR. · 1
Me considero bastante preparado para referiros lo que me pedís, porque ahora recientemente, segun iba yo de mi casa de Faléreo[1] á la ciudad, un conocido mio, que venia detrás de mí, me avistó, y llamándome de léjos:—¡Hombre de Faléreo! gritó en tono de confianza; ¡Apolodoro! ¡no puedes acortar el paso?—Yo me detuve, y le aguardé.—Me dijo: justamente andaba en tu busca, porque queria preguntarte lo ocurrido en casa de Agaton el dia que Sócrates, Alcibiades y otros muchos comieron allí. Dícese que toda la conversacion rodó sobre el amor. Yo supe algo por uno, á quien Fenix, hijo de Filipo, refirió una parte de los discursos que se pronunciaron, pero no pudo decirme el pormenor de la conversacion, y sólo me dijo que tú lo sabias. Cuéntamelo, pues, tanto más cuanto es un deber en tí dar á conocer lo que dijo tu amigo. Pero, ante todo, dime: ¿estuviste presente á esa conversacion?—No es exacto, y ese hombre no te ha dicho la verdad, le respondí; puesto que citas esa conversacion como si fuera reciente, y como si hubiera podido yo estar presente.—Yo así lo creia.—¿Cómo, le dije, Glaucon; no sabes que há muchos años que Agaton no pone los piés en Atenas? Respecto á mí aún no hace tres años que trato á Sócrates, y que me propongo estudiar asíduamente todas sus palabras y todas sus acciones. Antes andaba vacilante por uno y otro lado, y creyendo llevar una vida racional, era el más desgraciado de los hombres. Me imaginaba, como tú ahora, que en cualquier cosa debia uno ocuparse con preferencia á la filosofía.—Vamos, no te burles, y dime cuándo tuvo lugar esa conversacion.—Éramos muy jóvenes tú y yo; fué cuando Agaton consiguió el premio con su primera tragedia, al dia siguiente en que sacrificó á los dioses en honor de su triunfo, rodeado de sus coristas.—Larga es la fecha, á mi ver; ¿pero quién te ha dicho lo que sabes? ¡es Sócrates?—No, ¡por Júpiter! le dije; me lo ha dicho el mismo que se lo refirió á Fenix, que es un cierto Aristodemo, del pueblo de Cidatenes; un hombre pequeño, que siempre anda descalzo. Éste se halló presente, y si no me engaño, era entónces uno de los más apasionados de Sócrates. Algunas veces pregunté á éste sobre las particularidades que me habia referido Aristodemo, y ví que concordaban.—¿Por qué tardas tanto, me dijo Glaucon, en referirme la conversacion? ¿En qué cosa mejor podemos emplear el tiempo que nos resta para llegar á Atenas?—Yo convine en ello, y continuando nuestra marcha, entramos en materia. Como te dije ántes, estoy preparado, y sólo falta que me escuches. Además del provecho que encuentro en hablar ú oir hablar de filosofía, nada hay en el mundo que me cause tanto placer; mientras que, por el contrario, me muero de fastidio cuando os oigo á vosotros, hombres ricos y negociantes, hablar de vuestros intereses. Lloro vuestra obcecacion y la de vuestros amigos; creeis hacer maravillas, y no haceis nada bueno. Quizá tambien por vuestra parte os compadecereis de mí, y me parece que teneis razon; pero no es una mera creencia mia, sino que tengo la seguridad de que sois dignos de compasion.
Tú siempre el mismo, Apolodoro; hablando mal siempre de tí y de los demás, y persuadido de que todos los hombres, excepto Sócrates, son unos miserables, principiando por tí. No sé por qué te han dado el nombre de Furioso; pero sé bien que algo de esto se advierte en tus discursos. Siempre se te encuentra desabrido contigo mismo y con todos, excepto con Sócrates.
¿Te parece, querido mio, que es preciso ser un furioso y un insensato, para hablar así de mí mismo y de todos los demás?
Déjate de disputas, Apolodoro. Acuérdate ahora de tu promesa, y refiéreme los discursos que pronunciaron en casa de Agaton.
Hé aquí lo ocurrido poco más ó ménos; ó mejor es que tomemos la historia desde el principio, como Aristodemo me la refirió.
Encontré á Sócrates, me dijo, que salia del baño y se habia calzado las sandalias contra su costumbre. Le pregunté á dónde iba tan apuesto.
—Voy á comer á casa de Agaton, me respondió. Rehusé asistir á la fiesta que daba ayer para celebrar su victoria, por no acomodarme una excesiva concurrencia; pero dí mi palabra para hoy, y hé aquí por qué me encuentras tan en punto. Me he embellecido para ir á la casa de tan bello jóven. Pero, Aristodemo, ¿no te dará la humorada de venir conmigo, aunque no hayas sido convidado?
—Como quieras, le dije.
—Sígueme, pues, y cambiemos el proverbio, probando que un hombre de bien puede ir á comer á casa de otro hombre de bien sin ser convidado. Con gusto acusaria á Homero, no sólo de haber cambiado este proverbio, sino de haberse burlado de él[2], cuando despues de representar á Agamemnon como un gran guerrero, y á Menelao como un combatiente muy débil, hace concurrir á Menelao al festin de Agamemnon, sin ser convidado; es decir, presenta un inferior asistiendo á la mesa de un hombre, que está muy por cima de él.
—Tengo temor, dije á Sócrates, de no ser tal como tú querrias, sino más bien segun Homero; es decir, una medianía que se sienta á la mesa de un sabio sin ser convidado. Por lo demás, tú eres el que me guias y á tí te toca salir á mi defensa, porque yo no confesaré que concurro allí sin que se me haya invitado, y diré que tú eres el que me convidas.
—Somos dos[3], respondió Sócrates, y ya á uno ya á otro no nos faltará qué decir. Marchemos.
Nos dirigimos á la casa de Agaton durante esta plática, pero antes de llegar, Sócrates se quedó atrás entregado á sus propios pensamientos. Me detuve para esperar, pero me dijo que siguiera adelante. Cuando llegué á la casa de Agaton, encontré la puerta abierta, y me sucedió una aventura singular. Un esclavo de Agaton me condujo en el acto á la sala donde tenia lugar la reunion, estando ya todos sentados á la mesa y esperando sólo que se les sirviera. Agaton, en el momento que me vió, exclamó:
—¡Oh, Aristodemo! seas bien venido si vienes á comer con nosotros. Si vienes á otra cosa, ya hablaremos otro dia. Ayer te busqué para suplicarte que fueras uno de mis convidados, pero no pude encontrarte. ¿Y por qué no has traido á Sócrates?
Miré para atrás y ví que Sócrates no me seguia, y entónces dije á Agaton que yo mismo habia venido con Sócrates, como que él era el que me habia convidado.
—Has hecho bien, replicó Agaton; ¿pero dónde está Sócrates?
—Me seguia y no sé qué ha podido suceder.
—Esclavo, dijo Agaton, llégate á ver dónde está Sócrates y condúcele aquí. Y tú, Aristodemo, siéntate al lado de Eriximaco. Esclavo, lavadle los piés para que pueda ocupar su puesto.
En este estado vino un esclavo á anunciar que habia encontrado á Sócrates de pié en el umbral de la casa próxima, y que habiéndole invitado, no habia querido venir.
—¡Vaya una cosa singular! dijo Agaton. Vuelve y no le dejes hasta que haya entrado.
—Nó, dije yo entónces, dejadle.
—Si á tí te parece asi, dijo Agaton, en buen hora. Ahora, vosotros, esclavos, serviduos. Traed lo que querais, como si no tuvierais que recibir órdenes de nadie, porque ese es un cuidado que jamás he querido tomarme. Miraduos lo mismo á mí que á mis amigos como si fuéramos huéspedes convidados por vosotros mismos. Portaos lo mejor posible, que en ello va vuestro crédito.
Comenzamos á comer, y Sócrates no parecia. A cada instante Agaton queria que se le fuese á buscar, pero yo lo impedí constantemente. En fin, Sócrates entró despues de habernos hecho esperar algun tiempo, segun su costumbre, cuando estábamos ya á media comida. Agaton, que estaba solo sobre una cama al extremo de la mesa, le invitó á que se sentara junto á él.
—Ven, Sócrates, le dijo, permite que esté lo más próximo á tí, para ver si puedo ser partícipe de los magnificos pensamientos que acabas de descubrir; porque tengo una plena certeza de que has descubierto lo que buscabas, pues de otra manera no hubieras dejado el dintel de la puerta.
Cuando Sócrates se sentó, dijo:
—¡Ojalá, Agaton, que la sabiduría fuese una cosa que pudiese pasar de un espíritu á otro, cuando dos hombres están en contacto, como corre el agua, por medio de una mecha de lana, de una copa llena á una copa vacía! Si el pensamiento fuese de esta naturaleza, seria yo el que me consideraria dichoso estando cerca de tí, y me veria, á mi parecer, henchido de esa buena y abundante sabiduría que tú posees; porque la mia es una cosa mediana y equívoca, ó, por mejor decir, es un sueño. La tuya, por el contrario, es una sabiduría magnífica y rica en bellas esperanzas como lo atestigua el vivo resplandor que arroja ya en tu juventud, y los aplausos que más de treinta mil griegos acaban de prodigarte.
—Eres muy burlon, replicó Agaton, pero ya examinaremos cuál es mejor, si la sabiduría tuya ó la mia; y Baco será nuestro juez. Ahora de lo que se trata es de comer.
Sócrates se sentó, y cuando él y los demás convidados acabaron de comer, se hicieron libaciones, se cantó un himno en honor del dios, y despues de todas las demás ceremonias acostumbradas, se habló de beber. Pausanias tomó entonces la palabra:
—Veamos, dijo, cómo podremos beber, sin que nos cause mal. En cuanto á mí, declaro que me siento aún incomodado de resultas de la francachela de ayer, y tengo necesidad de respirar un tanto, y creo que la mayor parte de vosotros está en el mismo caso; porque ayer érais todos de los nuestros. Prevengámonos, pues, para beber con moderacion.
—Pausanias, dijo Aristófanes, me das mucho gusto en querer que se beba con moderacion, porque yo fuí uno de los que se contuvieron ménos la noche última.
—¡Cuánto celebro que esteis de ese humor! dijo Eriximaco, hijo de Acumenes; pero falta por consultar el parecer de uno. ¿Cómo te encuentras, Agaton?
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