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Plato
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Chapter 10 of 10

EL BANQUETE ó DEL AMOR. · 9

—Voy á obedecerte, respondió Alcibiades. Pero tú has de hacer lo siguiente: si digo alguna cosa que no sea verdadera, si quieres me interrumpes, y no temas desmentirme, porque yo no diré á sabiendas ninguna mentira. Si á pesar de todo no refiero los hechos en órden muy exacto, no te sorprendas; porque en el estado en que me hallo, no será extraño que no dé una razon clara y ordenada de tus originalidades.

Para hacer el elogio de Sócrates, amigos mios, me valdré de comparaciones. Sócrates creerá quizá que yo intento hacer reir, pero mis imágenes tendrán por objeto la verdad y no la burla. Por lo pronto digo, que Sócrates. se parece á esos Silenos, que se ven expuestos en los talleres de los estatuarios, y que los artistas representan con una flauta ó caramillo en la mano. Si separais las dos piezas de que se componen estas estátuas, encontrareis en el interior la imágen de alguna divinidad. Digo más, digo que Sócrates se parece más particularmente al sátiro Marsias. En cuanto al exterior, Sócrates, no puedes desconocer la semejanza, y en lo demás escucha lo que voy á decir. ¿No eres un burlon descarado? Si lo niegas, presentaré testigos. ¿No eres tambien tocador de flauta, y más admirable que Marsias? Este encantaba á los hombres por el poder de los sonidos, que su boca sacaba de sus instrumentos, y eso mismo hace hoy cualquiera que ejecuta las composiciones de este sátiro; y yo sostengo que las que tocaba Olimpos son composiciones de Marsias, su maestro. Gracias al carácter divino de tales composiciones, ya sea un artista hábil ó una mala tocadora de flauta el que las ejecute, sólo ellas tienen la virtud de arrebatarnos tambien á nosotros y de darnos á conocer á los que tienen necesidad de iniciaciones y de dioses. La única diferencia que en este concepto puede haber entre Marsias y tú, Sócrates, es que sin el auxilio de ningun instrumento y sólo con discursos haces lo mismo. Que hable otro, aunque sea el orador más hábil, y no hace, por decirlo así, impresion sobre nosotros; pero que hables tú ú otro que repita tus discursos, por poco versado que esté en el arte de la palabra, y todos los oyentes, hombres, mujeres, niños, todos se sienten convencidos y enajenados. Respecto á mí, amigos mios, si no temiese pareceros completamente ébrio, os atestiguaria con juramento el efecto extraordinario, que sus discursos han producido y producen aún sobre mi. Cuando le oigo, el corazon me late con más violencia que á los coribantes; sus palabras me hacen derramar lágrimas; y veo tambien á muchos de los oyentes experimentar las mismas emociones. Oyendo á Pericles y á nuestros grandes oradores, he visto que son elocuentes, pero no me han hecho experimentar nada semejante. Mi alma no se turbaba ni se indignaba contra sí misma á causa de su esclavitud. Pero cuando escucho á este Marsias, la vida que paso me ha parecido muchas veces insoportable. No negarás, Sócrates, la verdad de lo que voy diciendo, y conozco que en este mismo momento, si prestase oidos á tus discursos, no lo resistiria, y producirias en mí la misma impresion. Este hombre me obliga á convenir en que, faltándome á mí mismo muchas cosas, desprecio mis propios negocios, para ocuparme de los de los atenienses. Así es, que me veo obligado á huir de él tapándome los oidos, como quien escapa de las sirenas[27]. Si no fuera esto, permaneceria hasta el fin de mis dias sentado á su lado. Este hombre despierta en mí un sentimiento de que no se me creeria muy capaz y es el del pudor. Sí, sólo Sócrates me hace ruborizar, porque tengo la conciencia de no poder oponer nada á sus consejos; y sin embargo, despues que me separo de él, no me siento con fuerzas para renunciar al favor popular. Yo huyo de él, procuro evitarle; pero cuando vuelvo á verle, me avergüenzo en su presencia de haber desmentido mis palabras con mi conducta; y muchas veces preferiria, así lo creo, que no existiese; y sin embargo, si esto sucediera, estoy convencido de que seria yo aún más desgraciado; de manera que no sé lo que me pasa con este hombre.

Tal es la impresion que produce sobre mí y tambien sobre otros muchos la flauta de este sátiro. Pero quiero convenceros más aún de la exactitud de mi comparacion y del poder extraordinario que ejerce sobre los que le escuchan; y debeis tener entendido que ninguno de nosotros conoce á Sócrates. Puesto que he comenzado, os lo diré todo. Ya veis el ardor que manifiesta Sócrates por los jóvenes hermosos; con qué. empeño los busca, y hasta qué punto está enamorado de ellos; veis igualmente que todo lo ignora, que no sabe nada, ó por lo ménos, que hace el papel de no saberlo. Todo esto ¿no es propio de un Sileno? Enteramente. El tiene todo el exterior que los estatuarios dan á Sileno. Pero abridle, compañeros de banquete; ¡qué de tesoros no encontrareis en él! Sabed, que la belleza de un hombre es para él el objeto más indiferente. No es posible imaginar hasta qué punto la desdeña, así como la riqueza y las demás ventajas envidiadas por el vulgo. Sócrates las mira todas como de ningun valor, y á nosotros mismos como si fuéramos nada; y pasa toda su vida burlándose y chanceándose con todo el mundo. Pero cuando habla sériamente y muestra su interior al fin, no sé si otros han visto las bellezas que encierra, pero yo las he visto, y las he encontrado tan divinas, tan preciosas, tan grandes y tan encantadoras, que me ha parecido imposible resistir á Sócrates. Creyendo al principio que se enamoraba de mi hermosura, me felicitaba yo de ello, y teniéndolo por una fortuna, creí que se me presentaba un medio maravilloso de ganarle, contando con que, complaciendo á sus deseos, obtendria seguramente de él que me comunicara toda su ciencia. Por otra parte, yo tenia un elevado concepto de mis cualidades exteriores. Con este objeto comencé por despachar á mi ayo, en cuya presencia veia ordinariamente á Sócrates, y me encontré solo con él. Es preciso que os diga la verdad toda; estadme atentos, y tú, Sócrates, repréndeme si falto á la exactitud. Quedé solo, amigos mios, con Sócrates, y esperaba siempre que tocara uno de aquellos puntos, que inspira á los amantes la pasion, cuando se encuentran sin testigos con el objeto amado, y en ello me lisonjeaba y tenia un placer. Pero se desvanecieron por entero todas mis esperanzas. Sócrates estuvo todo el dia conversando conmigo en la forma que acostumbraba y despues se retiró. A seguida de esto, le desafié á hacer ejercicios gimnásticos, esperando por este medio ganar algun terreno. Nos ejercitamos y luchamos muchas veces juntos y sin testigos. ¿Qué podré deciros? Ni por esas adelanté nada. No pudiendo conseguirlo por este rumbo, me decidí á atacarle vivamente. Una vez que habia comenzado, no queria dejarlo hasta no saber á qué atenerme. Le convidé á comer como hacen los amantes que tienden un lazo á los que aman; al pronto rehusó, pero al fin concluyó por ceder. Vino, pero en el momento que concluyó la comida, quiso retirarse. Una especie de pudor me impidió retenerle. Pero otra vez le tendí un nuevo lazo; despues de comer, prolongué nuestra conversacion hasta bien entrada la noche; y cuando quiso marcharse, le precisé á que se quedara con el pretexto de ser muy tarde. Se acostó en el mismo escaño en que habia comido; este escaño estaba cerca del mio, y los dos estábamos solos en la habitacion.

Hasta aquí nada hay que no pueda referir delante de todo el mundo, pero respecto á lo que tengo que decir, no lo oireis, sin que os anuncie aquel proverbio de que los niños y los borrachos dicen la verdad; y que además ocultarun rasgo admirable de Sócrates, en el acto de hacer su elogio, me pareceria injusto. Por otra parte me considero en el caso de los que, habiendo sido mordidos por una vívora, no quieren, se dice, hablar de ello sino á los que han experimentado igual daño, como únicos capaces de concebir y de escuchar todo lo que han hecho y dicho durante su sufrimiento. Y yo que me siento mordido por una cosa, aún más dolorosa y en el punto más sensible, que se llama corazon, alma ó como se quiera; yo, que estoy mordido y herido por los razonamientos de la filosofía, cuyos tiros son más acerados que el dardo de una vívora, cuando afectan á un alma jóven y bien nacida, y que le hacen decir ó hacer mil cosas extravagantes; y viendo por otra parte en torno mio á Fedro, Agaton, Eriximaco, Pausanias, Aristodemo, Aristófanes, dejando á un lado á Sócrates, y á los demás, atacados como yo de la manía y de la rabia de la filosofía, no dudo en proseguir mi historia delante de todos vosotros, porque sabreis excusar mis acciones de entonces y mis palabras de ahora. Pero respecto á los esclavos y á todo hombre profano y sin cultura poned una triple puerta á sus oidos.

Luego que, amigos mios, se mató la luz, y los esclavos se retiraron, creí que no debia andar en rodeos con Sócrates, y que debia decirle mi pensamiento francamente. Le toqué y le dije:

—Sócrates, ¿duermes?

—No, respondió él.

—Y bien, ¿sabes lo que yo pienso?

—¿Qué?

—Pienso, repliqué, que tú eres el único amante digno de mí, y se me figura que no te atreves á descubrirme tus sentimientos. Yo creeria ser poco racional, si no procurara complacerte en esta ocasion, como en cualquiera otra, en que pudiera obligarte, sea en favor de mí mismo, sea en favor de mis amigos. Ningun pensamiento me hostiga tanto como el de perfeccionarme todo lo posible, y no veo ninguna persona, cuyo auxilio pueda serme más útil que el tuyo. Rehusando algo á un hombre tal como tú, temeria mucho más ser criticado por los sabios, que el serlo por el vulgo y por los ignorantes, concediéndotelo todo. A este discurso Sócrates me respondió con su ironía habitual:

—Mi querido Alcibiades, si lo que dices de mí es exacto; si, en efecto, tengo el poder de hacerte mejor, en verdad no me pareces inhábil, y has descubierto en mí una belleza maravillosa y muy superior á la tuya. En este concepto, queriendo unirte á mí y cambiar tu belleza por la mia, tienes trazas de comprender muy bien tus intereses; puesto que en lugar de la apariencia de lo bello quieres adquirir la realidad y darme cobre por oro[28]. Pero, buen jóven, míralo más de cerca, no sea que te engañes sobre lo que yo valgo. Los ojos del espíritu no comienzan á hacerse previsores hasta que los del cuerpo se debilitan, y tú no has llegado aún á este caso.

—Tal es mi opinion, Sócrates, repuse yo; nada he dicho que no lo haya pensado, y á tí te toca tomar la resolucion que te parezca más conveniente para tí y para mí.

—Bien, respondió, lo pensaremos, y haremos lo más conveniente para ambos, así sobre este punto como sobre todo lo demás.

—Despues de este diálogo, creí que el tiro que yo le habia dirigido habia dado en el blanco. Sin darle tiempo para añadir una palabra, me levanté envuelto en esta capa que me veis, porque era en invierno, me ingerí debajo del gastado capote de este hombre, y abrazado á tan divino y maravilloso personaje pasé junto á él la noche entera. En todo lo que llevo dicho, Sócrates, creo que no me desmentirás. ¡Y bien! despues de tales tentativas permaneció insensible, y no ha tenido más que desden y desprecio para mi hermosura, y no ha hecho más que insultarla; y eso que yo la suponia de algun mérito, amigos mios. Sí, sed jueces de la insolencia de Sócrates; pongo por testigos á los dioses y á las diosas; salí de su lado tal como hubiera salido del lecho de mi padre ó de mi hermano mayor.

Desde entónces, ya debeis suponer cuál ha debido ser el estado de mi espíritu. Por una parte me consideraba despreciado; por otra, admiraba su carácter, su templanza, su fuerza de alma, y me parecia imposible encontrar un hombre que fuese igual á él en sabiduría y en dominarse á sí mismo, de manera que no podia ni enfadarme con él, ni pasarme sin verle, si bien veia que no tenia ningun medio de ganarle; porque sabia que era más invulnerable en cuanto al dinero, que Ajax en cuanto al hierro, y el único atractivo á que le creia sensible nada habia podido sobre él. Así, pues, sometido á este hombre, más que un esclavo puede estarlo á su dueño, andaba errante acá y allá, sin saber qué partido tomar. Tales fueron mis primeras relaciones con él. Despues nos encontramos juntos en la expedicion contra Potidea, y fuimos compañeros de rancho. Allí veia á Sócrates sobresalir, no sólo respecto de mí, sino respecto de todos los demás, por su paciencia para soportar las fatigas. Si llegaban á faltar los víveres, cosa muy comun en campaña, Sócrates aguantaba el hambre y la sed con más valor que ninguno de nosotros. Si estábamos en la abundancia, sabia gozar de ello mejor que nadie. Sin tener gusto en la bebida, bebia más que los demás si se le estrechaba, y os sorprendereis, si os digo que jamás le vió nadie ébrio; y de esto creo que teneis ahora mismo una prueba. En aquel país el invierno es muy riguroso, y la manera con que Sócrates resistia el frio es hasta prodigiosa. En tiempo de heladas fuertes, cuando nadie se atrevia á salir, ó por lo ménos, nadie salia sin ir bien abrigado y bien calzado, y con los piés envueltos en fieltro y pieles de cordero, él iba y venia con la misma capa que acostumbraba á llévar, y marchaba con los piés desnudos con más facilidad que todos nosotros que estábamos calzados, hasta el punto de que los soldados le miraban de mal ojo, creyendo que se proponia despreciarlos. Así se conducia Sócrates en el ejército.

Pero ved aún lo que hizo y soportó este hombre valiente[29] durante esta misma expedicion; el rasgo es digno de contarse. Una mañana vimos que estaba de pié, meditando sobre alguna cosa. No encontrando lo que buscaba, no se movió del sitio, y continuó reflexionando en la misma actitud. Era ya medio dia, y nuestros soldados lo observaban, y se decian los unos á los otros, que Sócrates estaba extasiado desde la mañana. En fin, contra la tarde, los soldados jónios, despues de haber comido, llevaron sus camas de campaña al paraje donde él se encontraba, para dormir al fresco (porque entónces era el estío), y observar al mismo tiempo si pasaria la noche en la misma actitud. En efecto, continuó en pié hasta la salida del sol. Entónces dirigió á este astro su oracion, y se retiró.

¿Quereis saber cómo se porta en los combates? En esto hay que hacerle tambien justicia. En aquel hecho de armas, en que los generales me achacaron toda la gloria, él fué el que me salvó la vida. Viéndome herido, no quiso de ninguna manera abandonarme, y me libró á mí y libró á mis compañeros de caer en manos del enemigo. Entónces, Sócrates, me empeñé yo vivamente para con los generales, á fin de que se te adjudicara el premio del valor, y este es un hecho que no podrás negarme ni suponerlo falso, pero los generales, por miramiento á mi rango, quisieron dármele á mí, y tú mismo los hostigastes fuertemente, para que así lo decretaran en perjuicio tuyo. Tambien, amigos mios, debo hacer mencion de la conducta que Sócrates observó en la retirada de nuestro ejército, despues de la derrota de Delio. Yo me encontraba á caballo, y él á pié y con armas pesadas. Nuestras tropas comenzaban á huir por todas partes, y Sócrates se retiraba con Laques. Los encontré y los exhorté á que tuvieran ánimo, que yo no les abandonaria. Aquí conocí yo á Sócrates mejor que en Potidea, porque encontrándome á caballo, no tenia necesidad de ocuparme tanto de mi seguridad personal. Observé desde luego lo mucho que superaba á Laques en presencia de ánimo, y ví que allí, como si estuviera en Atenas, marchaba Sócrates altivo y con mirada desdeñosa[30], valiéndome de tu expresion, Aristófanes. Consideraba tranquilamente ya á los nuestros, ya al enemigo, haciendo ver de lejos por su continente que no se le atacaria impunemente. De esta manera se retiraron sanos y salvos él y su compañero, porque en la guerra no se ataca ordinariamente al que muestra tales disposiciones, sino que se persigue más bien á los que huyen á todo correr.

Podria citar en alabanza de Sócrates gran número de hechos no ménos admirables; pero quizá se encontrarian otros semejantes de otros hombres. Mas lo que hace á Sócrates digno de una admiracion particular, es que no se encuentra otro que se le parezca, ni entre los antiguos, ni entre nuestros contemporáneos. Podrá, por ejemplo, compararse á Brasidas[31] ó cualquiera otro con Aquiles, á Pericles con Nestor ó Antenor; y hay otros personajes entre quienes seria fácil reconocer semejanzas. Pero no se encontrará ninguno, ni entre los antiguos, ni entre los modernos, que se aproxime ni remotamente á este hombre, ni á sus discursos, ni á sus originalidades, á ménos que se comparen él y sus discursos, como ya lo hice, no á un hombre, sino á los silenos y á los sátiros; porque me he olvidado decir, cuando comencé, que sus discursos se parecen tambien perfectamente á los silenos cuando se abren. En efecto, a pesar del deseo que se tiene por oir á Sócrates, lo que dice parece á primera vista enteramente grotesco. Las expresiones con que viste su pensamiento son groseras, como la piel de un impudente sátiro. No os habla más que de asnos con enjalma, de herreros, zapateros, zurradores, y parece que dice siempre una misma cosa en los mismos términos; de suerte que no hay ignorante ó necio que no sienta la tentacion de reirse. Pero que se abran sus discursos, que se examinen en su interior, y se encontrará desde luego que sólo ellos están llenos de sentido, y en seguida que son verdaderamente divinos, y que encierran las imágenes más nobles de la virtud; en una palabra, todo cuanto debe tener á la vista el que quiera hacerse hombre de bien. Hé aqui, amigos mios, lo que yo alabo en Sócrates, y tambien de lo que le acuso, porque he unido á mis elogios la historia de los ultrajes que me ha hecho. Y no he sido yo sólo el que se ha visto tratado de esta manera; en el mismo caso están Carmides, hijo de Glaucon, Eutidemo, hijo de Diocles, y otros muchos, á quienes ha engañado tambien, figurando querer ser su amante, cuando ha desempeñado mas bien para con ellos el papel de la persona muy amada. Y así tú, Agaton, aprovéchate de estos ejemplos: no te dejes engañar por este hombre; que mi triste experiencia te ilumine, y no imites al insensato que, segun el proverbio, no se hace sabio sino á su costa.

Habiendo cesado Alcibiades de hablar, la gente comenzó á reirse al ver su franqueza, y que todavía estaba enamorado de Sócrates.

Éste, tomando entónces la palabra dijo: imagino que has estado hoy poco expansivo, Alcibiades; de otra manera no hubieras artificiosamente y con un largo rodeo de palabras ocultado el verdadero motivo de tu discurso, motivo de que sólo has hablado incidentalmente á lo último, como si fuera tu único objeto malquistarnos á Agaton y á mí, porque tienes la pretension de que yo debo amarte y no amar á ningun otro, y que Agaton sólo debe ser amado por tí solo. Pero tu artificio no se nos ha ocultado; hemos visto claramente á donde tendia la fábula de los sátiros y de los silenos; y así. mi querido Agaton, desconcertemos su proyecto, y haz de suerte que nadie pueda separarnos al uno del otro.

—En verdad, dijo Agaton, creo que tienes razon, Sócrates; y estoy seguro de que el haber venido á colocarse entre tú y yo, sólo ha sido para separarnos. Pero nada ha adelantado, porque ahora mismo voy á ponerme al lado tuyo.

—Muy bien, replicó Sócrates; ven aquí á mi derecha.

—¡Oh, Júpiter! exclamó Alcibiades, ¡cuánto me hace sufrir este hombre! Se imagina tener derecho á darme la ley en todo. Permite, por lo ménos, maravilloso Sócrates, que Agaton se coloque entre nosotros dos.

—Imposible, dijo Sócrates, porque tú acabas de hacer mi elogio, y ahora me toca á mí hacer el de mi vecino de la derecha. Si Agaton se pone á mi izquierda, no hará seguramente de nuevo mi elogio ántes que haya yo hecho el suyo. Deja que venga este jóven, mi querido Alcibiades, y no le envidies las alabanzas que con impaciencia deseo hacer de él.

—No hay modo de que yo permanezca aquí, Alcibiades, exclamó Agaton; quiero resueltamente mudar de sitio, para ser alabado por Sócrates.

—Esto es lo que siempre sucede, dijo Alcibiades. Donde quiera que se encuentra Sócrates, sólo él tiene asiento cerca de los jóvenes hermosos. Y ahora mismo, ved qué pretexto sencillo y plausible ha encontrado para que Agaton venga á colocarse cerca de él.

Agaton se levantaba para ir á sentarse al lado de Sócrates, cuando un tropel de jóvenes se presentó á la puerta en el acto mismo de abrirla uno de los convidados para salir; y penetrando en la sala tomaron puesto en la mesa. Hubo entonces gran bullicio, y en el desórden general los convidados se vieron comprometidos á beber con exceso. Aristodemo añadió, que Eriximaco, Fedro y algunos otros se habian retirado á sus casas; él mismo se quedó dormido, porque las noches eran muy largas, y no despertó hasta la aurora al canto del gallo despues de un largo sueño. Cuando abrió los ojos vió que unos convidados dormían y otros se habian marchado. Sólo Agaton, Sócrates y Aristófanes estaban despiertos y apuraban á la vez una gran copa, que pasaban de mano en mano, de derecha á izquierda. Al mismo tiempo Sócrates discutia con ellos. Aristodemo no podia recordar esta conversacion, porque como habia estado durmiendo, no habia oido el principio de ella. Pero compendiosamente me dijo, que Sócrates habia precisado á sus interlocutores á reconocer que el mismo hombre debe ser poeta trágico y poeta cómico, y que cuando se sabe tratar la tragedia segun las reglas del arte, se debe saber igualmente tratar la comedia. Obligados á convenir en ello, y estando como á media discusion comenzaron á adormecerse, Aristófanes se durmió el primero, y despues Agaton, cuando era ya muy entrado el dia. Sócrates, viendo á ambos dormidos, se levantó y salió acompañado, como de costumbre, por Aristodemo; de allí se fué al Liceo, se bañó, y pasó el resto del dia en sus ocupaciones habituales, no entrando en su casa hasta la tarde para descansar.

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