Chapter 43 of 80
V. · 5
Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera.
—Obligado estoy a reconocer—respondió éste con calma—que, en efecto, existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se dejan cazar con él.
—¿Lo está usted viendo?
—¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el asesinato—añadió señalando a Razumikin—; ¿qué importa? ¿Acaso no está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones, las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué inquietarse? ¡Buscad al ladrón!
—¿Y si le encontramos?
—Peor para él.
—Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia?
—¿Y a usted qué le importa eso?
—Es una cuestión que interesa al sentimiento humano.
—El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su castigo, independientemente del presidio.
—¿De modo—preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo—, que los hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre?
—¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar honda tristeza en la tierra—añadió Raskolnikoff, acometido de súbita melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente.
Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de ello.
Todos se levantaron.
Porfirio Petrovitch volvió a la carga.
—Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta. Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una idea que se me ha ocurrido...
—¡Bueno!... diga usted su idea—respondió Raskolnikoff en pie, pálido y serio, frente al juez de instrucción.
—Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable... que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de quienes hablaba hace poco... ¿No es así?
—Es muy posible—respondió desdeñosamente Raskolnikoff.
Razumikin hizo un movimiento.
—Si eso fuese así, ¿no estaría usted de[137]cidido, ya para triunfar de dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad, no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo... a matar y a robar?
Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como antes.
—Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted—replicó Raskolnikoff con acento altanero de desafío.
—Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria; la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo de usted.
«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»—pensó Raskolnikoff con algo de desprecio.
—Permítame usted que le diga—respondió secamente—que yo no me creo ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género: por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si estuviese en lugar de ellos.
—¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?—dijo con brusca familiaridad el juez instructor.
Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin.
—¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta semana última?—saltó, de repente, desde su rincón Zametoff.
Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se dispuso a salir.
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